En los últimos años se está viviendo una corriente de populismo en el ámbito político a nivel mundial. Es la primera vez en la historia reciente que se vive una situación como ésta en Estados Unidos y la Unión Europea, con un alcance profundo y con el riesgo de traspasar las estructuras más superficiales del entramado social y económico.

Cuando la situación económica y social no está equilibrada (crisis, desigualdad social, corrupción, injusticia, precariedad laboral) surgen corrientes populistas que nacen de la población (clases populares) y van permeando al ámbito político a través de dirigentes que saben aprovecharlo.

Esto lo hemos visto en Latinoamérica con Hugo Chávez, Evo Morales o en su día Perón. Pero en los últimos años se ha ido implantando en países desarrollados.

En Estados Unidos, con el ascenso político de Donald Trump o Bernie Sanders, en Francia con el de Marine Le Pen –sucesora política e hija del fundador del partido ultraderechista Frente Nacional, Jean-Marie Le Pen– y también Jeremy Corbin en Reino Unido o Pablo Iglesias en España de la mano del partido político de nueva creación Podemos.

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En las últimas semanas vimos cómo Reino Unido decidía mediante un referéndum su desconexión en el medio plazo de la Unión Europea. El llamado Brexit. Este acontecimiento es quizá la más clara consecuencia de una corriente política y social que nos envuelve y comienza a arraigarse en una población cada vez más indignada con la clase política y empresarial más tradicional, también llamada “el establishment”, o lo que Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero definieron en España como “La Casta”.

Las razones esgrimidas en la campaña del “leave” en el Brexit fueron: el incremento de la inmigración hacia Reino Unido derivada de la guerra en Siria, la mala situación económica en muchos países de la Unión o la apelación a un sentimiento patriótico en el que se definía al grupo de los 27 como un opresor de la libertad de los ciudadanos británicos. Todos ellos argumentos populistas que no tuvieron en cuenta las consecuencias económicas y políticas que tendría una separación.

 

¿Cuál es el principal factor que define al populismo?

Ser una corriente que se orienta a las clases populares y con menor formación de una sociedad; se basa más en factores emocionales que racionales y, por tanto, sus consecuencias pueden ser negativas para la economía y para la convivencia social. No se debe confundir la protesta social, la democracia o la decisión mancomunada con el populismo. Definiremos populismo como la toma de decisiones de un grupo con base en teorías simplistas de solución a problemas complejos –desigualdad, inmigración, crisis de un modelo social– y con cierta ansia de venganza u odio hacia las ideas o modelos anteriores y hacia las élites beneficiadas de dichos modelos.

Una corriente populista arraigada en una sociedad es fácilmente transferible al mundo de la empresa. La idea de que hay soluciones fáciles a problemas complejos, miedo a lo desconocido y a lo nuevo o la agrupación de un colectivo en contra de un modelo establecido, se puede aplicar tanto a la sociedad como a la empresa.

El riesgo de que en países donde en las últimas décadas se habían tomado decisiones empresariales con base en la razón y la lógica económica pueda permear un cierto halo populista es alto. La mala noticia es el propio riesgo de que esto suceda. La buena, que no será un movimiento rápido y, por tanto, hay tiempo para tomar precauciones.

 

¿Puede afectar el populismo a la empresa?

Es difícil intuir cuando se están iniciando dinámicas populistas en una empresa debido a que no son movimientos tan claros como en el ámbito político y social. Los acercamientos al populismo en la empresa son mucho más sutiles y pueden afectar tanto al presidente del Consejo o al director general –tomando decisiones que agraden a los accionistas aunque no sean lo mejor para la empresa– como a directivos de diversas áreas que quieran agradar a sus jefes o sus pares aun sabiendo que esas acciones no lleven al beneficio común. Otro ámbito, más conocido por todos, en el que afectan claramente las tensiones populistas, es el ámbito de los sindicatos. Las decisiones populistas en estos grupos algunas veces llevan incluso a la quiebra de una compañía y, por tanto, al perjuicio de todos.

Si queremos mantener nuestra empresa a salvo de acciones populistas en cualquier ámbito debemos cuidar que siempre se tomen las decisiones con base en lo mejor para clientes, accionistas, empleados y sociedad en general. El beneficio a corto plazo de un accionista no puede perjudicar a los clientes de un negocio, y la decisión de un empleado o un grupo de empleados no puede ser negativa para los accionistas de la empresa y se debe mirar hacia fuera, hacia la sociedad, para no perjudicarla en aras de una mayor rentabilidad.

En muchas ocasiones, grupos de presión o dinámicas de trabajo perniciosas generan gran perjuicio en nuestras empresas. Debemos cortar de raíz estos comportamientos pensando siempre en el beneficio común a largo plazo.

 

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