Es un sinsentido lanzar al desempleo a gente que aún tiene mucho que ofrecer, personas cuyo único “error” es que cruzaron una barrera que fija el tiempo.

 

Los que critican los postulados de las teorías neoliberales olvidan la hermosura de las palabras de John Maynard Keynes con respecto al empleo. Su teoría sustenta que la finalidad última de la Economía es desarrollar las mejores políticas que propicien un alto nivel de empleo. Sostiene que todo individuo dispuesto a trabajar debe de encontrar un puesto, acorde a sus capacidades, en un tiempo razonable. Afirma que el desempleo es desmoralizador y representa un despilfarro económico, dado que la sociedad pierde lo que los desempleados podrían haber producido. El estado ideal, en la teoría keynesiana, se encuentra en el pleno empleo, que es cuando la mayoría de la gente se gana la subsistencia por medio de un trabajo productivo y tiene la capacidad de resolver sus problemas cotidianos gracias a su actividad económica.

Algo, evidentemente, está desastrosamente mal cuando la gente se agolpa ante una solicitud de empleo y la esperanza de obtenerlo se convierte en una gran desilusión. Peor, si ése es el sentimiento extendido en un sector específico de la población. El desempleo generalizado, que agobia al fragmento de la población que tiene más de 45 años, no sólo es alarmante, es lastimoso. La desocupación a gran escala de gente que está dispuesta, capacitada y ha demostrado que tiene las herramientas para desempeñarse en cierta posición, y aun así no encuentra empleo, es creciente. Pareciera que la vida laboral del individuo del siglo XXI tiene una caducidad cortísima.

PUBLICIDAD

En una situación, que raya en lo ridículo, parece que el mercado está castigando a personas que hicieron un esfuerzo por estudiar, obtener un grado universitario, que trabajaron y fueron capaces de alcanzar buenos resultados. Se siente como que el único error que se puede detectar es que estas personas cruzaron una barrera que fija el tiempo. Entonces encontramos a personas perfectamente sanas, fuertes, capaces y preparadas que están en una situación de desempleo de la que será difícil salir.

En los tiempos de la Gran Depresión en Estados Unidos, la tasa de desempleo aumentó a un 25% a medida que la producción se derrumbaba. Hoy, aunque las cifras oficiales nos indican que el porcentaje de la población económicamente activa aumenta, los reclutadores muestran, sin pudor, los prejuicios que tienen de entrevistar a una persona que sobrepasa los 40. ¿Cuándo dejó de ser valiosa la experiencia?

Si es lastimoso ver a un joven que sale al mercado laboral a buscar trabajo y no lo encuentra, también lo es ver a personas en plenitud física y mental, con habilidades probadas y resultados demostrables que engrosan las filas de desempleo por ser “viejos”. ¿No que los cuarenta son los nuevos treinta? La situación para este sector de la población se agrava, pues son personas que tienen obligaciones importantes que atender, es decir, son padres y madres de familia que tienen que enfrentar los gastos de sacar adelante a una familia. Es gente que desarrolló un nivel de vida y que lo perdió, en muchos casos, por cometer el pecado de cumplir años. Muchos optan por el subempleo.

El subempleo, en la teoría keynesiana, es también un desperdicio, ya que representa tener herramientas adormecidas que no son explotadas a su máxima capacidad. Encontramos a médicos manejando un taxi, a licenciados en gastronomía como meseros, a graduadas de maestría como secretarias, a personas que ocuparon puestos directivos, en posiciones operativas. No se trata de juzgar como indignas estas tareas; es sencillamente que personas con cierta preparación están subutilizando sus capacidades en ese tipo de actividades.

Otra forma de subempleo es cuando una persona desempeña una actividad que debería generar cierto salario y está ganando la mitad o menos, o cuando tiene que cumplir con horarios extendidos o se contrata en condiciones que están fuera de la ley. En esa condición se prefiere sacrificar prestaciones o ceder ante ciertas propuestas desventajosas, con tal de salir del grupo de desempleados. Los empleadores ajustan el precio a las condiciones de mercado. Al haber tanta oferta de empleados y tan poca demanda de gente para trabajar, el precio de las posiciones baja.

La situación que Keynes temía era que el sistema económico en el que vivimos parece capaz de permanecer en una situación crónica de actividad inferior a la normal durante un periodo considerablemente grande. Evidentemente, la afectación se deja sentir, la capacidad para generar empleos disminuye, la demanda agregada baja. Es decir, lo que este sector puede aportar a la economía, demandando y gastando en el mercado, se inhibe, y tarde o temprano la oferta generalizada se ve afectada; cada vez serán menos los que puedan adquirir productos. La economía se contrae.

El remedio al desempleo, según la teoría keynesiana, es incrementar el gasto público que compense la insuficiencia de la economía para generar empleos. Aunque hay otras formas. Un país que adormece a su talento tiene obligación de reactivarlo. Creo firmemente en que el emprendimiento es una solución factible. Sí, pero para ello se necesitan estrategias en las que se apoye al emprendedor, en vez de dejarlo solo en un mar de trámites interminables, de trampas y corrupción.

Me refiero a un segmento de personas que tienen la edad para generar planes de inversión y tienen las posibilidades para hacerlo florecer y convertirlo en un proyecto sustentable. Son individuos que ya estuvieron en el campo de batalla y que conocen las formas para trascender las debilidades, sortear los riesgos, sacar ventaja de las fortalezas y que bien merecen oportunidades. Vale la pena otorgarles apoyos.

Este sector de la población, que cuenta con todas las potencialidades, puede empezar a girar la rueda productiva de la economía y hacerla crecer. La caducidad laboral es un sinsentido cuando lanza al desempleo a gente que todavía tiene tanto que ofrecer. Si las autoridades restringen el gasto público en busca de salud económica, entonces que fomenten el emprendimiento, que apoyen al que quiere invertir y faciliten ese camino plagado de gestiones, engaños y corrupción. Sin duda, hemos olvidado la hermosura de las palabras de Keynes de que todo el que quiera y pueda trabajar debería de tener un empleo.

 

Contacto:

Correo: [email protected]

Twitter: @CecyDuranMena

Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

Siguientes artículos

uber
Así combate a Uber esta app de taxis en China
Por

La app Didi Kuaidi combate el fuego con fuego y obsequió 1.3 millones de viajes el lunes pasado en su intento por manten...