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Si uno llega por avión a la ciudad de Los Mochis, en Sinaloa, los terrenos cercanos al aeropuerto nos parecerán un mosaico de espejos de agua; algunos son rectángulos simétricos; otros, poliedros irregulares.

Son granjas de camarón que, en los meses de agosto a diciembre, se convierten en una fuente de empleo para algunos lugareños, pues es la temporada de “cosecha”.

En esa época del año, los trabajadores llegan poco antes de las siete de la mañana. Los más experimentados llevan gorra para protegerse del Sol, camisa de manga larga y calcetines dobles o zapatos especiales para el agua. Apenas empieza a clarear el día, cada cual toma un palo largo de bambú con dos redes en cada lado, conocido como “choruco”; se introducen en el estanque, hombro con hombro, en una fila de 25 a 30 personas.

Es importante que todos estén bien alineados (el agua les llega a la cintura o al pecho, según la estatura de cada uno) y que caminen en sincronía, pues su movimiento agitará el fondo del estanque. Deben ser cuidadosos, pues sus pies pueden toparse con rocas y moluscos afilados que les produzcan lesiones. Conforme avanzan, las redes se van llenando de camarones.

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Al llegar al otro lado de cada estanque, los espera una tarja para depositar los camarones atrapados en las redes (unos 20 kilos, por lo común). Un tractor que remolca tinas de hielo recoge los camarones y éstos saltan en el agua helada de camino al camión, que los espera con contenedores (y más hielo) para llevarlos a las procesadoras.

México produjo 222,000 toneladas de camarón el año pasado, con un valor de entre 1,500 y 1,700 millones de dólares (mdd).

Más de la mitad de esa cantidad (56.8%, con valor de 750 a 990 mdd) se “cultivaron” en granjas de acuacultura, según el Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP).

La acuacultura (o acuicultura) se define como un conjunto de técnicas para la crianza, con fines comerciales, de especies como peces y crustáceos, en agua salada o dulce, que busca replicar las condiciones naturales de estas especies. En el mundo, el año pasado se produjeron entre 2.9 y 3.5 millones de toneladas, según estimaciones de la FAO, de lo cual de 75% a 80% fue producción originada en granjas de la región Asia-Pacífico. Los principales mercados son la Unión Europea, Estados Unidos, Vietnam, China, Japón, Corea y Canadá.

En México, la primera granja de camarones empezó a producir en 1982, luego de que el panameño Alexis Botacio Guillén capacitara a los sinaloenses en estas técnicas artesanales de crianza, recuerda Luis Campos, presidente de la Asociación de Productores de Ahome.

“En el pasado, estos campos sólo eran terrenos ejidales salitrosos, donde no crecía nada. Hoy estamos produciendo camarones, incluso de exportación”, afirma.

Ahome es uno de los municipios con mayor vocación para la acuacultura, pues cuenta con 120 kilómetros de litoral que permiten la formación de bahías, islas, esteros y lagunas. En suma, son 11,000 hectáreas disponibles para granjas, de las cuales ya se aprovechan 8,700, con 85 granjas, según datos de Acuacultores de Ahome.

Los estanques reciben agua del mar, la cual se bombea y distribuye a través de un sistema de canales que aprovisionan a las granjas durante el ciclo de crecimiento del camarón.

Una vez que se llenan los estanques, se realiza la “siembra”, es decir, se depositan las larvas de camarón, que son compradas a un precio de 5 dólares por millar a laboratorios que se dedican a la cruza de camarones. Sólo en Sinaloa, hay 22 empresas especializadas en esta labor reproductiva.

Estas larvas consumen alimento procesado hasta convertirse en camarones con un peso de alrededor de 20 gramos, lo que ocurre en agosto, y es entonces cuando empieza el periodo de cosecha. Cuando hay buenas condiciones, se logra que 50% de las larvas se conviertan en camarones.

“Las primeras cosechas se realizan para sacar algunos camarones del estanque y que los que quedan tengan espacio para crecer un poco más. Así, en la última cosecha puede haber camarones más grandes, quizá de unos 30 gramos, si hay suerte”, dice Ramsés Alonso Chávez Zazueta, presidente de la Junta Local de Sanidad Acuícola de Ahome.

Las cosechas finales ocurren en noviembre, de tal modo que, para diciembre, los estanques deberán quedar vacíos hasta marzo, lapso en el que los productores “preparan el suelo para la próxima siembra”.

Un acreedor particular

México es el séptimo productor de camarones en el mundo, y Sinaloa fue el mayor productor nacional en 2017, con 81,355 toneladas.

La acuacultura de camarón se realiza en 14 estados y evita que los camarones sean capturados en el mar y se afecte su ecosistema natural, lo que le da un valor añadido a esta actividad, expresa Genaro Bernal Cruz, presidente del Consejo Nacional de Fabricantes de Alimentos Balanceados y de la Nutrición Animal (Conafab). “Tomamos agua del mar y, cuando terminamos de usarla, la tratamos y la regresamos otra vez al mar. No consumimos agua potable en lo más mínimo. No contaminamos. Su desarrollo está en zonas casi vírgenes, aisladas de centros de población. Todos los alimentos [que se dan en los criaderos] son, en su mayoría, una dieta balanceada que puede tener proteína animal, preferentemente harinas de pescado y pastas de soya”, agrega.

El alimento procesado juega un papel importante en el funcionamiento de las granjas, pues sus productores son los principales financiadores de los acuicultores. “Hemos desarrollado la acuacultura haciendo labor de banca de desarrollo. El gobierno hace rato que dejó de invertir porque es una actividad de alto riesgo”, señala Bernal.

El directivo explica que el alimento representa 65% de la inversión requerida para producir camarones en las granjas, así que lo da a crédito a un plazo de cuatro o cinco meses, es decir, con compromiso de pago luego de la cosecha. Esto no ocurre en ninguna otra actividad, pues el alimento de pollo o cerdo tiene generalmente 30 días de crédito, afirma Bernal.

Los productores de alimento hacen contratos de habilitación y proveen el insumo necesario para todo el ciclo y, el día de las cosechas, se paga el monto acordado, con dinero o incluso en especie, con camarones. “Damos créditos en dólares; tomamos la cartera en dólares y esperamos a que salga el camarón para que nos paguen. Esperamos cuatro meses. Esa labor no la hace ningún banco en el país, ni el gobierno, ni la banca de desarrollo. La acuacultura ha crecido de la mano con la industria de alimentos balanceados, porque son inversiones millonarias las que se requieren para producir camarón”, asegura.

Tipo de cambio benévolo

La producción de camarón tiene una peculiaridad: el alimento se produce con componentes que están tasados en dólares, por ser commodities que cotizan en mercados internacionales. Mucho es de importación, y aun cuando, por ejemplo, el maíz se compre en México, se paga en dólares.

Algunos pensarían que esto implica comprar alimento que se produce con costos en dólares para alimentar camarones que se venden en pesos, pues sólo se exporta 17% de la producción; sin embargo, no es el caso para el camarón, pues su precio, se venda donde se venda, se cotiza en dólares en los mercados internacionales.

“Todo el sector que produce proteína animal compra en dólares y produce en pesos, a excepción del camarón: ése se factura en dólares; es una ventaja para el sector. La actividad es rentable, tiene buenos márgenes. La verdad es que, de otra forma, no hubiera subsistido”, explica el presidente de Conafab.

Los productores de Ahome estiman que la rentabilidad de una buena cosecha puede alcanzar un margen de 20%, de acuerdo con Chávez. Sin embargo, aclara, esos márgenes se dan únicamente si las granjas logran una densidad de producción de más de una tonelada de camarón por hectárea, algo que no siempre ocurre.

Crustáceos sin sistema inmune

Los camarones no tienen sistema inmune que les permita desarrollar resistencia a bacterias y enfermedades, ni pueden vacunarse como los pollos o los cerdos.

Uno de los riesgos es que un ave migratoria se detenga en un estanque, defeque y pueda contaminarlo con enfermedades como el Síndrome de Mortalidad Temprana (EMS, por sus siglas en inglés), Taura, Mancha Blanca o Síndrome de Cabeza Amarilla.

Si estos padecimientos no se previenen o no se tratan adecuadamente, la “siembra” de camarones puede terminar en una pérdida millonaria. Eso ya ocurrió en 2013, cuando los productores vieron cómo las larvas se convirtieron en camarones pálidos y moribundos por una atrofia en el hepatopáncreas (sistema digestivo del camarón), característica del AHPND o Mancha Blanca, un virus que se detectó en Asia en la década de 1990.

En 2013, la producción de camarón cultivado se redujo 60% en el país. Las enfermedades tienen vectores y a veces no se pueden evitar, aunque también importa el cuidado que la gente le pone a los estanques.

“El camarón consume oxígeno del agua y muchos creen que hacinarlos es la mejor forma de tener más camarones por hectárea, pero suele ocurrir que lo único que se logra es un contagio mayor de las enfermedades”, señala el ingeniero Rafael Peña, encargado de la planta de alimento para camarón de Grupo Acuícola Mexicano. “Se debe hacer una labor de información y profesionalización, sobre todo con los productores más pequeños”.

Iluminar la productividad

En 2009, México y Ecuador tuvieron una producción similar de camarones; sin embargo, hoy Ecuador se hace cargo de 60% de la producción camaronera de América Latina y exporta más de 500,000 toneladas a 50 países, según cifras de Ospesca. México apenas recupera los mismos niveles que tuvo hace casi 10 años.

La diferencia entre la acuacultura de los dos países es la electricidad, dice Luis Campos. Tecnificar las granjas permitiría tener una mayor densidad de camarones por hectárea y mejores condiciones para los empleados, que hoy viven a oscuras o con electricidad de generadores a partir de diésel.

La tecnificación implica, principalmente, dotar a los estanques de mecanismos para dar oxígeno al agua, a fin de evitar que los camarones se enfermen. “En el futuro, podríamos pensar en granjas que no sean a cielo abierto, replicar las condiciones de temperatura de Ecuador, cuya agua no tiene temporada fría, y tener más de uno o dos ciclos de cosecha, [algo] que hoy no se puede [hacer]”, señala Campos.

La dificultad mayor para que las granjas tengan electricidad son los costos. La Comisión Federal de Electricidad (CFE) sólo instala de manera obligatoria la infraestructura necesaria cuando hay poblados con una densidad determinada de habitantes.

“Si los productores instalan los postes, ellos mismos tienen que darles el mantenimiento o ceder esa infraestructura a la CFE. El problema es que eso es muy caro y, ante los riesgos de rentabilidad, no todos pueden correr con el costo de esa inversión”, explica Chávez, presidente de la Junta Local de Sanidad Acuícola de Ahome.

Adán Angulo Corrales es el responsable de la Granja Laguna de Oro, en Ahome, y explica que la falta de electricidad hace que, una vez que oscurece, las granjas sean un terreno expuesto a robos.

“Hay gente que tiene mucha necesidad y se mete con una atarraya [red de pesca] en la oscuridad al estanque, se roba 10 o 20 kilos y se los lleva para su consumo o para venderlo y subsistir. Es algo que se entiende” cuenta Adán. “Pero estar a oscuras es un riesgo para los veladores, porque ha pasado que llegan camionetas con 10 o 20 personas con atarrayas; entonces, no se llevan 10, sino 100 o 200 kilos”.

La inseguridad vulnera por varios frentes. “La cuestión de seguridad es un problema que afecta a toda la industria. Por ejemplo: el robo a transporte nos impacta. Si nos roban un camión con materia prima, no sólo es el costo que se traslada y se eleva, es que esa vitamina o ese maíz no llegará a tiempo para producir el alimento y el camarón no comerá lo que debe, no se desarrollará”, señala Bernal, de Conafab.

Potencial y pendientes

Hoy, en el mundo, 60% de los alimentos del mar ya se producen con acuacultura, que ayuda a preservar los ecosistemas naturales e incluso representa una vía para combatir el hambre, explica la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura (FAO).

“La flota marina de pesca de camarón está envejeciendo; para el pequeño pescador, cada vez es menos rentable vivir de esto”, señala Bernal. “Es más rentable la acuacultura que la pesca. El potencial de crecimiento es irreversible; la acuacultura va a seguir siendo mayor que la pesca natural”.

En opinión del representante gremial de los alimentos procesados, es posible que, si se mantienen medidas de sanidad e inocuidad, la producción de camarones se duplique en México durante los próximos 10 años.

Sin embargo, para que esto ocurra, Bernal advierte que se necesitan mecanismos como capacitación en manejo sanitario, apoyo tecnológico, inversión a fondo perdido, tasas blandas en crédito y electrificación.

La pregunta es si los productores podrán o querrán elevar la apuesta en un negocio de alto riesgo, o si el gobierno tomará la iniciativa para que el país alcance el potencial pleno en este campo.

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