Hay quienes se dan por vencidos muy cerca de la meta, y muchos más se derrotan antes de iniciar el camino. Por eso te invito a que conozcas la motivadora historia de Rudy.

 

¿Se imaginan a un joven de 20 años, con dislexia, 1.68 metros de estatura y un peso de 75 kilogramos jugando en uno de los equipos más representativos del futbol americano colegial de Estados Unidos, y estudiando en una de las más reconocidas universidades de ese país?

Los que desconocen de este deporte se preguntarán ¿qué hay de extraordinario en eso? Pero los conocedores sabrán que es un logro increíble. Les voy a explicar rápidamente: los jugadores de futbol americano de la Asociación Nacional Atlética Colegial de Estados Unidos (NCAA, por sus siglas en inglés) pesan en promedio (general) 110 kilogramos y miden un promedio de 1.95 metros de estatura. Aclaro que son promedios generales, ya que se pueden encontrar jugadores entre 85 y 150 kilogramos y entre 1.85 y 2.10 metros, según sea su posición en el emparrillado.

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Además de jugar, este joven, sin tener dinero y con dislexia, logró una carrera profesional en la Universidad de Notre Dame (Indiana). No están para saberlo, pero el costo actual para estudiar en una universidad pública en Estados Unidos ronda los 13,000 dólares anuales, y en una universidad privada puede alcanzar los 26,000 en promedio, sin contar alojamiento, alimentación y transporte.

Como ven, no fue sencillo de lograr, pero lo hizo. La receta fue perseverancia, esfuerzo, dedicación, sacrificio y, sobre todo, un gran espíritu guerrero.

Hablo de Daniel Eugene Rudy Ruettiger, quien nació en una población (Joliet, Illinois) donde el único futuro que tenía era trabajar en la misma fundidora que sus padres y hermanos.

Rudy persiguió el sueño de su vida como pocos. Él deseaba con todo su ser jugar con los Irlandeses Peleadores de la Universidad de Notre Dame, equipo del que era fanático su padre. Lamentablemente tenía todo en contra: sus calificaciones eran bajas para aspirar a una carrera universitaria, sus habilidades atléticas eran pobres y su cuerpo era pequeño y delgado, sin mencionar que sus padres no podían costear la universidad.

Cada vez que Rudy hablaba de sus planes sobre ir a Notre Dame a jugar y estudiar, todas las personas a su alrededor, incluidos sus familiares, lo calificaban despectivamente de iluso y lo desanimaban, pero nunca abandonó la idea y el deseo de llegar.

Rudy había aceptado su realidad y empezó a trabajar en la fundidora, pero un lamentable accidente, que causó la muerte de su mejor amigo en la planta, lo impulsó a dejar todo lo que tenía por lograr su sueño. Dejó trabajo, familia y a su novia –con quien ya tenía planes de boda–, tomó un poco de ropa y, casi sin dinero, se fue a Indiana a buscar un lugar en la Universidad de Notre Dame, porque era la única forma de jugar con los Irlandeses Peleadores.

Se las arregló para estudiar en Holy Cross College, una filial de la Universidad de Notre Dame, y también para conseguir un trabajo en el área de mantenimiento en el estadio de la universidad. Durante sus horas de trabajo soñaba con pisar el campo, y un día salir de esos vestidores con el uniforme de los Irlandeses Peleadores.

Durante el tiempo que se preparó en Holy Cross College, para mejorar sus calificaciones, Rudy fue rechazado en tres ocasiones en Notre Dame, pero finalmente su tenacidad y dedicación dieron frutos. Logró su ingreso y obtuvo una beca.

El siguiente paso era formar parte del equipo de futbol americano; algo más complicado debido a su tamaño, poco peso y escasas habilidades atléticas. Pero gracias a su insistencia y al gran espíritu que demostró en los entrenamientos, el coach de la línea defensiva, Joe Yonto, lo admitió en el equipo de prácticas como ala defensiva. Yonto siempre sostuvo que Rudy tenía más empeño y corazón para estar en el campo que la mayoría de los jugadores.

Durante todo el tiempo que estudió la universidad, Rudy nunca fue convocado para estar en un juego, ni siquiera en la banca. Esa oportunidad le llegó gracias al apoyo de sus compañeros de quipo, en el último juego de su último año de elegibilidad. Rudy tendría la oportunidad de estar en la banca en un encuentro contra el Tecnológico de Georgia, para que lo vieran sus padres, hermanos y amigos.

Faltaba un minuto para terminar el encuentro y todo parecía indicar que Rudy no pisaría el campo de juego, pero de nueva cuenta la presión de sus compañeros ayudó a convencer al entrenador en jefe, Dan Devine, de meterlo faltando unos segundo.

Aunque el juego estaba más que decidido a favor de Notre Dame (24-3), la última jugada fue la gloria para Rudy, pues logró capturar al mariscal de campo del equipo contrario y firmar la victoria de su equipo.

Rudy fue levantado en hombros por sus compañeros, un hecho que marcó la historia de ese equipo, pues era el segundo jugador en la historia en ser llevado en hombros y desde entonces (1975) no ha vuelto a ocurrir.

El empeño, la dedicación y el corazón que puso Daniel Eugene Ruettiger para lograr jugar sólo unos segundos, a pesar de tener todo en contra, es uno de los mayores ejemplos de lo que puede hacer el ser humano cuando tiene un espíritu y fe inquebrantables. Rudy no sólo logró jugar con los Irlandeses Peleadores; en el caminó superó la dislexia y estudió una carrera universitaria, la cual estaba muy lejos de sus posibilidades.

La vida de Eugene Ruettiger llegó al cine con el título de Rudy, reto a la gloria. Actualmente es uno de los motivadores más conocidos en el planeta. Incluso ha estado en México inspirando a muchos con su vida.

A lo largo de los años he escuchado a muchas personas darse por vencidas cuando están muy cerca de la meta, y a muchas más derrotarse antes de iniciar el camino. Por eso, hoy quiero invitarlos a ver esta película, cuyo contenido motivacional puede dar ese impulso que necesitamos en nuestras vidas.

Aun cuando no lleguemos a la meta, estoy seguro que si ponemos todo el empeño y el corazón para alcanzar nuestros sueños, el camino recorrido nos dejará grandes y gratas experiencias.

 

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