La competencia oficial se había llevado a cabo sin mayores contratiempos con la presentación de las primeras películas en competencia. La carrera por la Palma abrió de manera contundente con Nelyubov (o “Sin amor”) del cineasta ruso Andrei Zviaguintzev, una sombría y dura representación no solo de la Rusia contemporánea, sino de toda una generación de hombres y mujeres ahogados en sí mismos. La película presenta la historia de una pareja en crisis cuyo hijo, harto de la situación, huye de casa de manera intempestiva. Lo que viene es el infierno de la búsqueda que, en lugar de dar confort a los personajes, o al espectador, lo sume en una vorágine de descomposición personal.

La densa película rusa fue contrapesada por el encanto, quizá demasiado infantil de Wonderstruck,  la nueva obra del cineasta estadunidense Todd Haynes (Carol, 2015) basada en la novela homónima nos muestra la conexión que existe entre dos niños sordos, Ben (Oakes Fegley) en el Medio Oeste de EU a mediados de los 70 y Rose (maravillosa Millicent Simmonds) en la Nueva York de los años 20. Una delicada e híper artesanal elegía a Nueva York en dos tiempos distintos y con un mismo lenguaje: el silencio, pero no como un ruido blanco, sino como un espacio de nuevas oportunidades cinematográficas, tanto en la música como en diseño sonoro, pero toda esa riqueza se enfrenta a una historia tan sencilla que raya en la vacuidad.

Pero sin duda la nota del día vino al momento de proyectar Okja,  la película del cineasta sudcoreano Bong Jon Ho que dio pie a la controversia desde su inclusión en la competencia oficial por ser una película producida para Netflix, polémica que se vio incrementada por las amenazas de boicot de los exhibidores franceses así como de las declaraciones del presidente del jurado, el cineasta español Pedro Almódovar, sobre la incompatibilidad de ver una película digna de la Palma de Oro en, “una pantalla más chica que la butaca en la que se ve”.

En el pase de prensa matutino los aplausos y la rechifla (menor, pero sustancial) no se hicieron esperar cuando apareció la imagen de Netflix en pantalla, pero un error técnico al momento de proyectarse haría que el clamor dentro de la sala aumentara al punto de que el “refinado” publico cannoise llegase a sonar como la audiencia de cualquier cine de colonia popular. Rechiflas, mentadas, aplausos al unísono y vociferaciones de “complot” inundaron la sala y crearon uno de esos momentos de controversia que tanto gustan al festival, que en su edición 70 no podía pasar inmaculada de escándalo y barullo gratuito.

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