Hacia el final de su carrera, Cantinflas hablaba cada vez más como el político del que se burlaba.

 

 

Mario Moreno, el actor que dio vida a Cantinflas, siempre tuvo aspiraciones políticas o, mejor dicho, frustraciones, ya que sus intentos por ser el máximo líder del sindicato de actores en México fracasaron –siempre superado por otro gran ídolo, Jorge Negrete–. Aun así, Mario Moreno dejó una serie de discursos –a veces peroratas– en sus películas y entrevistas, en que mostraba la forma como veía el mundo, unas atinadas y otras más bien cursis, plagadas de demagogia.

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Uno de los más memorables es el que da frente al pleno de las Naciones Unidas como embajador de la República de los Cocos. En medio de las intrigas entre verdes (capitalistas) y colorados (comunistas), ese humilde personaje cargado de humanismo, de ideales de fraternidad y respeto, alzaba la voz del llamado tercer mundo y de las naciones no alineadas en contra de la hegemonía imperialista, de uno y de otro bloque. Décadas antes ya había tocado el tema internacional. En plena Segunda Guerra Mundial combatió al Japón imperial –México luchó en la guerra del Pacífico al lado de EU– en su película Un día con el diablo, en que enaltecía la libertad y la democracia.

En la vida real, la voz de Mario Moreno se parecía mucho a la de Cantinflas. Sin embargo, Mario lucía tímido cuando lo entrevistaban. Casi no miraba de frente a la cámara. Todo el tiempo bajaba los ojos, y cuando mucho volteaba a ver a su interlocutor. Las más veces parecía hablarle al cigarrillo que sostenía entre los dedos –era la época en que se podía fumar en la televisión–. Quizá ese cigarrillo, la mirada pizpireta y la sonrisa socarrona eran los únicos atisbos del personaje cómico más entrañable del cine mexicano, que su creador, Mario Moreno, se permitía mostrar una vez que personificaba al hombre próspero de negocios.

Alguna vez, Eduardo Moreno me aseguró que su tío Mario estaba lejos de ser tímido. Cuando alguien se le acercaba en la calle para tomarse una foto o que le diera su autógrafo, lo hacía con gusto, pero siempre los dejaba esperando la frase chistosa o que hiciera alguna de sus gracias. Es más, según dicen, una vez alcanzada la fama ni siquiera volvió a bailar en público, fuera de sus películas, lo cual sucedía, religiosamente, una vez por año. Jamás en toda su carrera realizó más ni menos de un filme anual; todos éxitos de taquilla que superaban las ventas obtenidas por el anterior.

Su humor se basaba en el arquetipo de lo que el filósofo mexicano Samuel Ramos definía a principios del siglo pasado como el “peladito”, un vival cínico que encarna al macho, el cual, aseguraba Ramos, “asocia su concepto de hombría con el de nacionalidad, creando el error de que la valentía es la nota peculiar del mexicano”, y ese error convertía a Cantinflas, el personaje, en algo digno de risa cuando sus bravuconadas terminaban en una huida muy al estilo de las de otro vagabundo, Charlotte personificado por Charles Chaplin.

Claro que, a diferencia de éste, cuyo silencio lo hizo famoso, fueron las palabras –en exceso– las que le dieron vida a Cantinflas y lo colocaron en el Diccionario de la Real Academia Española como verbo (Cantinflear: hablar de forma disparatada e incongruente y sin decir nada). Justo a él, quien de niño, en el tercer grado del colegio, obtuvo un nota media (8 sobre 10) en la materia de lengua nacional y apenas un seis en civismo, una calificación que en México es como arañar la mediocridad.

Ambas calificaciones del niño perfilaban al personaje. Desestructurado en el habla y cínico en el actuar. O, quizás, el personaje perfilaba al mexicano prototípico, el que, según Mario Moreno, lo inspiró para crear a Cantinflas. Pero siendo él mismo parte del pueblo, ya lo traía dentro y eran una misma persona, que dejaría huella no sólo en el cine sino en los ruedos, y si quedara duda de esto y citando a Cantinflas, “que lo digan los monosabios que tienen que barrer la plaza”.

De cómo nació el personaje existen demasiados mitos de la época de las carpas, teatros cuasiambulantes y mal olientes que pulularon en la primera mitad del México del siglo XX, adonde iban quienes no tenían para pagar un boleto en un teatro. Mitos que el propio Mario Moreno nunca quiso desmentir, que si el apodo se lo puso un borracho anónimo que lo grito desde el fondo de una carpa, o que si alguna compañera, y que coinciden, eso sí, en que es la contracción de cantas e “inflas” (en mexicano dícese de la acción de beber alcohol).

El rasgo distintivo de Cantinflas, esto es, su habilidad con las palabras, nació durante una gira. Había un acto a beneficencia y le encargaron presentarlo. Pero antes que le permitieran pensar su discurso, lo aventaron al escenario y de los nervios habló sin decir nada. La gente estalló de risa y Cantinflas comprendió que el éxito daba sus primeros pasos. Pero también entendió que el humor en el idioma español se centra en el lenguaje y sus múltiples interpretaciones.

Hace algunos años, el crítico cinematográfico Fernando Bañuelos me explicaba –para un reportaje que escribí sobre el cómico–: “Tiene raigambre popular, viene desde abajo, fue un hombre que entendió muy bien su ascenso social.” Su forma de hablar, a decir del propio Bañuelos, es una forma de defenderse e interpretar las luchas verbales de los políticos mexicanos, en aquel entonces protagonizadas no sólo por los presidentes, diputados y gobernadores, sino también por personajes como Luis N. Morones y Lombardo Toledano, creadores, estos últimos, del sindicalismo mexicano, gremio al que a la postre pertenecería Cantinflas y que transformó su discurso y la narrativa de sus filmes.

De a poco dejaba de ser el cínico parlanchín para convertirse en un paladín del pueblo que transfería su falta de civismo al otro. Se volvió cada vez más moralizante, a veces como si estuviera siempre en campaña. Dio cátedra sobre lo que era la burocracia; el peladito se transformó en sacerdote que recitaba encíclicas dignas de la teología de la liberación, en heroico policía en dos ocasiones, en candidato a diputado, en barrendero y una serie más de oficios que repetían estereotipos y fórmulas gastadas que a pesar de todo seguían haciendo reír al público mexicano.

Hacia el final de su carrera, Cantinflas hablaba cada vez más como el político del que se burlaba. Si vemos con ojo crítico sus películas veremos que terminó por convertirse en el vínculo del discurso oficial del gobierno con la población. Parafraseando a Gramsci, era una especie de actor orgánico que terminó hasta de publicista de destinos turísticos, como en el caso de Acapulco en la película El Bolero de Raquel.

En una de sus últimas entrevistas, Mario Moreno aseguraba categórico que su personaje era “muy humano” y por eso todas sus películas tenían ese mensaje social. Durante esa misma entrevista, realizada en 1992 en Houston, Texas, Moreno hablaba pausado, lento, medía sus palabras y evitaba a toda costa que se pudiera pensar que bromeaba; nunca miró a la cámara, salvo en un momento cuando le preguntan en que sueña: “Mario Moreno y Cantinflas, que son lo mismo, sueñan en que haya un mundo más humanizado, donde podamos vivir en paz y con tranquilidad todos los seres del mundo…”

 

 

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