Conoce la historia del hombre que sobrevivió al histórico accidente en la cordillera de los Andes, el viernes 13 de octubre de 1972.

 

 

 Para mí, este relato, más que platicarles una historia de vida o escribir de Carlos Páez, es el eterno reconocimiento y agradecimiento que Luis Valls siempre dará y tendrá con Carlos; él lo sabe bien y este blog es congruente.

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En el año 2004, por cuestiones de trabajo, contraté a Carlos para una conferencia en un laboratorio farmacéutico en la Ciudad de México. Fue sorprendente el éxito en la conferencia para 2,000 personas en Cancún. De ahí, y por circunstancias diferentes, fincamos una amistad que sigue al día hoy. En esas fechas, me ofreció que yo iniciara en México la venta de sus conferencias. Le tomé la palabra y de 2004 a 2005 se lograron colocar 23 conferencias.

Es ahí, en noviembre de 2005, donde se crea Speakersmexico.com y descubro el potencial que es vender conferencias a las empresas.

Hoy, ya han pasado ocho años de que Carlos me pone en este camino de empresa, que me apoyó con su historia, su amistad incondicional y es el asesor para emprender, a mis 46 años en ese momento, un negocio independiente. Le agradezco a Carlos esta frase de San Francisco de Asís que se convierte en mi filosofía empresarial:

“Empieza haciendo lo necesario, continúa haciendo lo posible y de repente estarás haciendo lo imposible.”

¡Gracias Carlos!

 

Accidente en los Andes

El viernes 13 de octubre de 1972, un avión uruguayo que llevaba 45 pasajeros a Chile, de los cuales muchos eran estudiantes y jugadores de un equipo de rugby, se estrelló en la Cordillera de los Andes. Doce murieron a causa de la caída, mientras los sobrevivientes tuvieron que soportar entre otras cosas la temible Cordillera, 30 grados bajo cero durante las noches, además del hambre.

Trataron de resistir con las escasas reservas alimenticias que poseían, esperando ser rescatados, pero su esperanza cayó al enterarse por una radio que se había abandonado la búsqueda.

Desesperados ante la ausencia de alimentos y agotada su resistencia física, se vieron obligados a alimentarse de sus compañeros muertos para poder seguir viviendo. Finalmente, hartos de las bajísimas temperaturas, los amenazadores aludes, angustiados por la continua muerte de sus compañeros y la lenta espera del rescate, dos de los rugbiers decidieron cruzar las inmensas montañas para así llegar a Chile.

De esta manera es cómo el 22 de diciembre de 1972, después de haber estado durante 72 días aislados de todo, el mundo se entera que 16 son los sobrevivientes que vencieron a la muerte en la Cordillera de los Andes.

Antes de seguir, vean este video donde están los testimonios de todos los sobrevivientes y estarán ya conectados con esta historia de vida y podrán seguir leyendo.

 

En la voz de Carlos

Es imposible en un blog de dos cuartillas compartir todas las experiencias que vivió Carlos en este accidente, pero me encontré un texto escrito en primera persona por él, que vale la pena leer sin prisa y con el alma bien puesta:

“En el mundo se producen anualmente 100,000 fuertes tormentas, 10,000 inundaciones o fuertes crecidas, miles de deslizamientos de tierras, más de 100 sismos destructores, cientos de incendios forestales, varias decenas de huracanes, ciclones, tifones y tornados, erupciones volcánicas y periodos de sequía.

“Pero sólo una vez, hace 40 años, un avión se estrelló en la Cordillera de los Andes, permitiéndonos Dios a un grupo de uruguayos sobrevivir para, parafraseando al gran poeta austriaco Rilke, demostrar que ‘el amor de un ser humano por otro es tal vez para cada uno de nosotros la prueba más difícil, el más elevado testimonio de nosotros mismos, la obra suprema de la que todas las demás sólo son preparativos’.

“Así, sobreviví al dolor de ver morir a quienes más quería —probablemente los mejores de nosotros—. Sobrevivir hasta casi desfallecer de hambre, ‘esa otra loba’ que nos acorraló en una jaula de montañas y nieve sin límites a la vista. Sobrevivir a la falta de respuestas físicas adecuadas para intentar luchar. Sobrevivir a la certeza de que ya nadie nos buscaba al cabo de diez días de habernos estrellado. Sobrevivir a la convivencia diaria con la muerte.

“Convivir a la intemperie sólo con la fe, que una vez más, movió montañas para cedernos nuevamente el paso a la vida que creíamos perdida. Sobrevivir para ser capaces de encontrar liderazgo, unión de grupo, solidaridad, toma de decisiones que eran la vida o la muerte, coraje y audacia para, en las condiciones más adversas, creer que no te podés dar por vencido ni aún vencido.

“Que trémulos de pavor había que sentirse valientes, porque todos dependíamos de todos y cada uno sabía que era responsable de la vida del otro. Que a pesar de todo, la vida era lo mejor que conocíamos y había que aferrarse a ella con uñas y dientes. No nos íbamos a echar a morir sin presentar batalla porque nos arrebataron todo, incluso las vidas de quienes amábamos, pero ninguna circunstancia pudo quebrarnos la fe. Una intangible muralla fue el escudo del alma para lograr el objetivo: VIVIR.

“Y en eso estamos los que un día nos estrellamos en un avión para morir en los Andes, y aprendimos que si se nos había regalado un día más después del accidente, era para llorar a nuestros muertos y rescatar a nuestros vivos.

“Así lo hicimos hace 40 años. Así lo volveríamos a hacer ahora en iguales circunstancias porque ante el desafío más alto que nos tocó vivir, justamente eso, ‘nos tocó vivir’, y lo logramos por nosotros mismos.

“Ni el dolor, ni el hambre, ni las inclemencias, ni la inmensidad de montañas y territorios sinfín nos hizo bajar los brazos, brazos que iban a volver a abrazar, a acariciar, a plantar semilla fecunda para que nuevos hijos reverenciaran la vida, la esencia misma del ser humano, acaso la mejor condición que poseemos para intentarlo todo. Aún aquello que parece imposible a la razón y a la lógica.

“Todos tenemos nuestras propias ‘cordilleras’, muchos en algún momento esperan que alguien lo recate, esperan que el jefe o la empresa les dé los recursos para sacar el proyecto adelante, cuando la realidad es que cada quien debe salir con y por sus propios recursos, no importa el tamaño de la montaña, hay que salir por propio pie.”

 

Así es amigos: una historia de liderazgo, trabajo en equipo, tolerancia a la adversidad y de salir adelante con tus propios recursos. Espero sea inspirador el mensaje que les escribo en este blog para seguir ¡ensanchando sus vidas!

Luis Valls

 

 

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