Por José Miguel Moreno

Cuando todavía la Gran Recesión de 2008 y 2009 daba sus últimos estertores, Agustín Carstens llegó al Banco de México (Banxico) a ejercer el cargo de gobernador. Corría el año de 2010 y llegaba tras haber estado al frente de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) durante la primera mitad del sexenio de Felipe Calderón, de diciembre de 2006 a diciembre de 2009. Como secretario de Hacienda, le estalló la gran crisis financiera de lleno. En su último año al frente de esa dependencia, la economía se contrajo 4.7%, la peor recesión desde la devaluación de 1995 (-6.2%), y se rompió el equilibrio presupuestario al registrar los Requerimientos Financieros del Sector Público un déficit de 4.1% del PIB, comparado con un saldo negativo de 0.8% en 2008. El golpe sobre el bienestar fue brutal: el número de mexicanos con un ingreso inferior a la línea de bienestar se elevó de 54.7 millones en 2008, a 59.6 millones en 2010, esto es, a 52% de los mexicanos.

Que México sorteara la fuerte convulsión que sufrió la economía mundial fue una tarea imposible, más, teniendo en cuenta que el epicentro se ubicó en Estados Unidos, con cuya economía tiene una fuerte interconexión e interdependencia. Sin embargo, su falta de previsión hizo que llegara algo tocado a Banxico: él, tanto desde su puesto de subdirector gerente del FMI, como desde el de secretario de Hacienda, desdeñó la posibilidad de una gran crisis financiera, al confiar que la autorregulación, la disciplina del mercado y la atomización y dispersión del riesgo generada por la innovación financiera, habían provisto al sistema financiero en su conjunto de una mayor capacidad de absorción de pérdidas y lo habían hecho más seguro y resistente a los shocks.

La tarea que tuvo que enfrentar Carstens en su puesto de gobernador fue más sencilla. Por un lado, gran parte de la tarea de la política monetaria destinada a estabilizar a los mercados financieros y a controlar los riesgos macroeconómicos de la crisis se operó durante 2008 y 2009. A finales de 2008, y ante la salida de capitales de los mercados emergentes hacia destinos más seguros y el derrumbe del precio del petróleo, Banxico elevó las tasas de referencia de 7.5% a 8.25%, con el fin de controlar la depreciación del peso, que, durante la etapa más álgida de la crisis, entre agosto de 2008 y marzo de 2009, se desplomó un 35%. Pero la masiva inyección de liquidez en las economías desarrolladas, con las tasas de interés mundiales deprimiéndose a niveles históricamente bajos, y con la rápida recuperación del precio del crudo, Banxico pudo adentrarse pronto en un ciclo de expansión monetaria que lo llevó a rebajar la tasa de interés de 8.25%, a principios de 2009, a 4.5%, a finales de ese mismo año, en tanto el peso se apreciaba un 19% desde su nivel más débil del año. A su vez, Banxico había pactado con la Reserva Federal de Estados Unidos una línea swap de divisas para proveer de dólares al sistema financiero mexicano.

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Segunda mitad de Calderón

Cuando Carstens llegó a Banxico, la calma ya se había restablecido, en buena medida, en los mercados financieros. Y, por el lado macroeconómico, también se había logrado un marco de relativa estabilidad: la inflación, que, a finales de 2008, se había disparado a 6.83% como consecuencia del impacto de la depreciación del peso mexicano, había regresado a 3.57% un año más tarde, dentro del rango objetivo de Banxico de entre 2% y 4%, y cerca de su objetivo central, de 3.0%. Y la economía mexicana, tras el colapso de 2009, empezaba a tomar aire, beneficiada por la recuperación estadounidense, el rebote de los precios del petróleo y una favorable base de comparación.

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Cuando Carstens llegó a Banxico, la calma ya se había restablecido, en buena medida, en los mercados financieros. Foto: Diego Omar Uriarte Quezada/LatinContent/Getty Images.

En consecuencia, las cosas marcharon bastante bien en la segunda mitad del mandato de Calderón, entre el primero de enero de 2010 y el 30 de noviembre de 2012, ya con Carstens en Banxico. La inflación promedio fue de 3.9% y se cumplió con la meta, para final de año, en 2011 y 2012; la expansión promedio del PIB fue de 4.4% durante los tres últimos años de Calderón; la mezcla mexicana cotizó a un precio promedio de 91.5 dólares y el peso mexicano, excluyendo los sobresaltos provenientes de Europa durante los veranos de 2011 y 2012, se negoció con estabilidad durante ese periodo. El último día de Calderón en Los Pinos, el peso cotizó en torno a los 13 pesos, el mismo nivel del primero de enero de 2010. Así las cosas, Agustín Carstens se limitó a sentarse de brazos cruzados: llegó a Banxico con la tasa de fondeo en 4.5%, y así la mantuvo durante tres años, hasta que Calderón dejó el cargo.

 

El mandato de Peña Nieto

La situación cambió con la llegada de Enrique Peña Nieto: en medio de la euforia por las reformas modernizadoras del Pacto por México y las expectativas de que México podría llegar a crecer en torno al 5% o 6%, los capitales afluyeron hacia el país y el peso se fortaleció, pasando de esos niveles cercanos a 13 pesos por dólar a otro de 12 pesos, durante mayo de 2013. Entre las perspectivas de que un marco económico más favorable a la competencia económica, junto con la apreciación del peso que contribuiría a menguar el ritmo de inflación, Banxico acometió, a lo largo de ese año, tres recortes de tasas por un total de un punto porcentual, para acabar el año en 3.5%.

Sin embargo, el escenario inicial de una recuperación económica más robusta no se cumplió: la hecatombe que sufrió el sector de construcción, como resultado de cambio en el modelo de vivienda y la gran crisis de las constructoras de casas, junto con la lentitud para ejercer el presupuesto en infraestructura, hizo que, durante el primer año de Peña Nieto, la economía apenas se expandiera un 1.4%. Ante la desaceleración de la economía y sin presiones inflacionarias preocupantes, Banxico prolongó el ciclo de expansión monetaria a mediados de 2014 llevando las tasas de interés a 3.0%, y se mantuvieron en ese nivel hasta finales de 2015, cuando empezó un ciclo de subidas de tasas, ante el inicio del proceso de normalización monetaria en Estados Unidos.

Pero, a mediados de 2014, comenzó el derrumbe de los precios del petróleo: la mezcla mexicana, que cotizaba en torno a los 100 dólares por barril, entró en una fuerte senda descendente, que la llevó a negociarse en 20 dólares, durante enero de 2016. El colapso de los precios del petróleo, junto con las bajas tasas de interés y el magro crecimiento económico, significó que el peso entrara en una dura senda de depreciación: de los 12 pesos a los que cotizaba en mayo de 2013, se negociaba en torno a los 17 pesos a finales de 2015, una caída de 30%. Sin embargo, la inestabilidad del peso y su impacto inflacionario se había contrarrestado con las reformas económicas. La inflación en 2015 cerró en un mínimo histórico de 2.13%.

El escenario cambió completamente en 2016. La debacle del petróleo empezó a pesar sobre la economía mexicana: uno, el boquete en las cuentas fiscales, junto con los graves problemas de Pemex, empezó a resquebrajar la credibilidad de México, lo que se vio reflejado en un fuerte deterioro en el riesgo país; y dos, y como consecuencia de lo anterior, el peso sufrió otro severo varapalo. México ya no se veía como un destino tan fiable y seguro como en el pasado. Ante esa situación, Carstens se vio en su primer episodio comprometido y reaccionó con decisión: en una acción coordinada con la SHCP, Banxico anunciaba un aumento en las tasas de interés de 50 puntos base (pbs), modificaba su estrategia de intervención cambiaria por una más discrecional, en tanto Luis Videgaray, entonces secretario de Hacienda salía con un importante recorte al gasto público.

Banxico continuó aumentando las tasas de interés, en una titánica labor por contener la depreciación del peso, en tanto la inflación repuntaba, derivado del encarecimiento del componente de mercancías, el más expuesto a la debilidad de la divisa mexicana.

Para colmo, el peso mexicano se convirtió en el “Trumpómetro” y cada vez que el entonces candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump, repuntaba en las encuestas, el peso se desvanecía.

Pero lo peor estaba aún por llegar. El 8 de noviembre, Trump se alzó con la victoria y su “America First” fue un verdadero huracán para el peso, que lo elevó en volandas desde los 18.32 pesos en el día de las elecciones, a los 22 pesos por dólar en la víspera de su toma de posesión.

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El peso caía cada vez que Donald Trump repuntaba en las encuestas de cara a las elecciones presidenciales de EU. Foto: Jabin Botsford/The Washington Post via Getty Images.

Para colmo, el control de la inflación, el único mandato que le exige Banxico, se le fue de las manos: el impacto negativo de la fuerte depreciación del peso sobre el componente de mercancías, aunado al llamado “gasolinazo”, hizo que la tasa anual pasara de 2.13%, en diciembre de 2015, a 6.66%, en el pasado mes de agosto, la más elevada desde 2001 y muy por encima del techo de 4% del rango objetivo de Banxico.

Banxico no perdió la calma. Carstens siempre se ha inclinado por las reglas frente a la discrecionalidad. Apenas hizo uso de la colosal muni¬ción de reservas internacionales que tiene en sus arcas para amortiguar la caída del peso, y no sorprendió con alzas de tasas fuera de reunión: prefirió deletrear a los mercados un mensaje claro sobre el ritmo de aumentos que llevaría. Banxico, desde diciembre de 2015, ha llevado la tasa de referencia desde 3% hasta su actual nivel de 7.0%, y es el banco central del mundo que más ha apretado las tuercas a la economía durante ese periodo. Su política, implacable, logró reconducir la situación.

El peso llegó a cotizar en torno a los 17.5 pesos por dólar, recuperando niveles no vistos desde mayo de 2016, mucho antes de las elecciones en Estados Unidos. La inflación, por otro lado, da síntomas de haber ya tocado techo y, aunque este año no se cumplirá la meta, es de prever que, tan pronto como comience 2018 y se absorba el shock del “gasolinazo”, los precios retornarán hacia el objetivo de Banxico.

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Banxico prolongó el ciclo de expansión monetaria a mediados de 2014, llevando las tasas de interés a 3.0%. Se mantuvieron en ese nivel hasta finales de 2015. Foto Susana Gonzalez/Bloomberg via Getty Images.

Ha logrado esto gracias a una agresiva política de restricción monetaria. Pero lo mejor del asunto es que, pese a la debacle del peso, el aumento de la inflación y el mayor costo del dinero, la economía no se ha descarrilado de su senda de crecimiento económico. De hecho, y pese a todas las adversidades, la economía mexicana ha preservado la tendencia que traía en el pasado reciente: durante la primera mitad de 2017, la economía se expandió 2.3%.

Por tanto, la política, ortodoxa de Banxico ha sido fundamental para recuperarse del golpe de credibilidad que sufrió México durante 2016, y el país ha sorteado el riesgo de una crisis de fin de sexenio. También ha contribuido el esfuerzo de saneamiento en las cuentas públicas llevadas por la SHCP, y aquí Banxico también ha sido crucial, a través de dos mecanismos: las coberturas petroleras, un mecanismo que Carstens promovió como secretario de Hacienda y ha seguido operando desde Banxico, y los remanentes de operación de Banxico, un dinero extra que ha obtenido el gobierno federal para acelerar su ajuste.

Si de algo se puede vanagloriar Carstens, es de que la Junta de Gobierno ha actuado de manera independiente y, en más de una ocasión, a contracorriente de las indicaciones que pudo lanzarle el gobierno federal. Pero, además, con Carstens como gobernador, se ha potenciado la trasparencia de Banxico, se ha incrementado la calidad y acervo de la información estadística, y se han mejorado sustancialmente las líneas y métodos de comunicación del banco central: al igual que en los bancos centrales más modernos, se publican las minutas de cada una de las reuniones y, desde 2014, el gobernador ha comparecido y dado explicaciones sobre su política al poder legislativo de forma periódica.

Asimismo, deja el sistema financiero mexicano saneado. Y a eso precisamente va a trabajar al Banco de Pagos Internacionales (BIS por sus siglas en inglés): a defender Basilea III, el nuevo marco regulatorio que se levantó tras la Gran Crisis Financiera, a proteger los criterios de capitalización, liquidez y apalancamiento establecidos, a supervisar los riesgos macroprudenciales y a vigilar que se cumplan las reglas en cada jurisdicción.

Además, el BIS se caracteriza por poseer uno de los mejores departamentos de análisis, y por sus publicaciones de muy buena calidad. Ellos fueron de los pocos que se mostraron críticos antes de la Gran Crisis Financiera, y sus comentarios eran más cautelosos y precavidos. Afortunadamente, esa lección también la tiene bien aprendida Agustín Carstens.

 

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