A la Ciudad de México le está surgiendo, desde hace algunos meses, algo parecido al acné: tipos malencarados, grotescos, incultos e idiotas que circulan en camionetas lujosas. ¿Quiénes son? ¿Qué hacen aquí?

 

 

Apreciable Miguel Ángel:

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Alguna vez, un amigo alemán, Martin Spiewak, me dijo: “Sólo podría vivir en Hamburgo, en Berlín y en la Ciudad de México”.

Martin vivió en la Ciudad de México o, siendo precisos, muy cerca de ella, en Ciudad Nezahualcóyotl. Pero no hay imprecisión en esto: la vida de Martin se desarrollaba mayormente en la Ciudad de México a la que había acudido como consecuencia de un intercambio universitario.

Diría que los confines de Ciudad Universitaria eran el universo de Martin. Pero no es así. Mi amigo solía escapar de su rutina, sus estudios y de los inenarrables jardines del campus universitario para internarse en las zonas más tristes, alegres, agrestes y maravillosas de la Ciudad de México.

Entonces la colonia Condesa ni siquiera era una promesa; la Roma, una reliquia; Polanco, el mismo barrio insigne, pretencioso y adorable de siempre, y Coyoacán: ese accidente notable con los modos de un trozo de cristal hundido en la arena.

Martin se movió en esos sitios y en otros más. Alemán curioso, visitó Tepito, la Lagunilla, la Villa de Guadalupe, el barrio de Xochimilco. Procedente de una cultura que cuenta en su haber a Göethe, a Schiller, a Beethoven, a Händel, a Kant, a Marx, a Bach, a Nietzsche, Martin no parecía acusar recibo del caos y el desorden propios de la cultura de México, antípodas de la muy precisa, cuadrada y ordenada idiosincrasia alemana.

Sí, Miguel Ángel, de manera improbable, aunque no ilógica, Martin se enamoró de la Ciudad de México: de sus costumbres, de sus habitantes e incluso del caos en el que entonces –y aún hoy– se hallaba sumergida.

Liberado de las ataduras de su identidad, de un reloj tiránico y rutinas invariables en las que los autobuses sólo se detenían a determinadas horas, la gente no se miraba en el subterráneo y la impuntualidad era vista como un pecado mortal, Martin encontró que el caos y el desorden pueden no ser aberrantes sino, por el contrario, adorables.

El día que Martin me confesó que de todos los sitios del mundo que conocía sólo podría vivir en tres ciudades, dos de ellas alemanas y una la Ciudad de México, le pregunté casi alarmado: “¿Le dijiste a tus papás que vivías en Ciudad Neza?”. Su respuesta –la respuesta de un hombre honesto– estuvo provista de un dejo de vergüenza: la de aquel que ha mentido y, más aun, le ha mentido a sus padres: “No, no le dije a mis papás”.

Para entonces habían pasado muchos años de la aventura de Martin en la Ciudad de México y Ciudad Neza. No los suficientes, empero, como para olvidar aquellos tiempos en los que mi amigo dejó de ser él para ser con otros: unos muy distintos a su forma de ser, pensar y vivir.

Ordenar una ciudad no es una tarea sencilla, Miguel Ángel. Ordenar, por ende, la Ciudad de México, debe ser tan complicado como ponerle nombre y número a las estrellas, tan sólo para descubrir que cuando dicha clasificación ha concluido, miles han desaparecido y otras tantas más han surgido de la nada.

Dando tumbos, bandazos, a tropezones y caídas, la Ciudad de México –con su tráfico infernal, sus marchas de protesta, los ruidos distorsionantes y dañinos, la escasez de agua, su polución (hoy controlada) y sus obras eternas que aspiran a disolver el caos y en esa noble pretensión no hacen otra cosa más que intensificarlo– es otra de la que fue cuando vivió aquí mi amigo. Pero también la misma.

La Ciudad de México en la que vivimos hoy no es resultado de su naciente gestión aunque, ciertamente, usted haya tenido que ver en ello. Es el resultado improbable de 16 años de gobiernos de izquierda –a la que usted no pertenece si bien simpatiza con sus ideas–, algunas concesiones de la derecha y el apoyo ocasional de lo que podríamos denominar centro izquierda.

Caso no tiene mencionar nombres: son conocidas, para bien o para mal, aquellas personas que han edificado, deconstruido, reinventado, escupido, manchado y embellecido a la que alguna vez tuvo por nombre la Gran Tenochtitlan.

Mal que bien, bien que mal, esta ciudad marcha, avanza, se bebe unos tragos y se imagina moderna e impoluta tan sólo para que, a la mañana siguiente, luego de haberse dormido y soñado distinta, amanezca con resaca, con un terrible dolor de cabeza, pero también con una nueva edificación, un pensamiento distinto, una idea absurda y retorcida que la hacen lucir, no sé, diferente… Y quizá hasta bonita.

Es sólo que, y lamento mucho decirle esto si es que usted aún no se ha dado cuenta, a la Ciudad de México le está surgiendo desde hace algunos meses algo parecido al acné. No me refiero a los baches, a las obras sin concluir, a la basura que en mayor o menor medida arrojamos todos diariamente, o a los indigentes a los que castigamos de manera cotidiana con nuestra indiferencia.

Tampoco me refiero a los robos a casa habitación, a los secuestros, al asalto a transeúntes, a los asesinatos, a las violaciones, a cualesquier delito, mayor o menor, con los que desde hace mucho tiempo tenemos que lidiar los habitantes de la que se presume es la ciudad más grande del mundo.

No, Miguel Ángel, no me refiero a nada de eso. Me refiero a esos tipos malencarados, grotescos, incultos e idiotas que circulan en camionetas lujosas propias del campo, con placas de estados circunvecinos y que escuchan a todo volumen música de banda, especialmente la relacionada con las andanzas de ese cáncer llamado narcotráfico. Sí, esos tipos que como cualquier otro habitante de la Ciudad de México no respetan las reglas de tránsito, pero en cuyo comportamiento hay una actitud de soberbia y prepotencia sólo propia de quienes se saben poderosos y se suponen impunes.

Son narcotraficantes, Miguel Ángel, los mismos que asesinan, extorsionan, secuestran, torturan y violan en otras ciudades y estados del país. ¿Qué hacen aquí? No lo sé y no quiero saberlo, pero estoy seguro de que ni yo, ni usted, ni nadie los quiere en la Ciudad de México.

Dígame en qué, y le ayudo. Dígame cuándo, y mañana mismo pongo manos a la obra. Dígame dónde, y ahí estaré. Pero no lo ignore como parece que lo ignoran muchos habitantes de esta ciudad y sólo desvían la mirada cuando estos miserables, con su música de mierda y sus “hazañas” mal contadas, pretenden someternos con sus aspavientos, su presencia y sus modos rupestres y primitivos.

Aquí no pasan, Miguel Ángel, y si pasan nos morimos todos, pero jamás de rodillas porque la Ciudad de México será todo lo que quieran nombrarla, pero cobarde, ¡nunca! Y si llegara a darse el caso, le aseguro, la nuestra será una batalla fiera, cruenta, pero eternamente épica.

Es mi ciudad y la suya, Miguel Ángel, una ciudad de cerca de nueve millones de habitantes y más de 20 si se toma en cuenta el área conurbada. Una ciudad, si me permite una cita que en realidad es una paráfrasis de una canción de Joaquín Sabina, “invivible pero insustituible” en la que nadie quiere morir, pero a la que a todos desean volver.

Como mi amigo Martin, ese alemán que encontró en la Ciudad de México una forma de ser con otros, con los otros, con nosotros. Y que una noche perdida del final del invierno del año 2001, en un bar de la magnífica ciudad alemana de Weimar, en medio de tequilas y risas, me confesó: “No sólo podría vivir en la Ciudad de México… también podría morir ahí”.

 

Contacto:

@Andres_M_Tapia

Blog: http://asuntospendientesantesdemorir.com/

 

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