Los narcotraficantes escalan en brutalidad. Los Chapitos, los hijos de Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera tienen tigres y les gusta alimentarlos con carne humana, viva o muerta.  Los integrantes de esa banda de narcotraficantes realizan experimentos con personas a las que inyectan el fentanilo fabricado en sus laboratorios. A las víctimas las observan y las dejan morir para probar la potencia de la sustancia. Los que resisten la tortura, mueren ejecutados.  Esto lo dijo el fiscal general de los Estados Unidos, Merrick Garland.  

Parece el argumento de una novela negra, de un thriller de terror, pero es parte de una situación por demás inquietante, un aviso muy ominoso. 

La DEA infiltró al cártel de Sinaloa desde hace ocho años y por ello se está presentando una de las acusaciones criminales más robustas de la historia reciente. 

La operación es de alto calibre porque las autoridades enfrentan a una organización violenta, muy violenta. El rango es grande y abarca indagatorias sobre la movilidad, fabricación y venta de sustancias prohibidas y de múltiples delitos. 

El eje es el fentanilo, porque al norte del río Bravo muere una persona cada ocho minutos a consecuencia del envenenamiento que produce esa droga.

En el Departamento de Justicia no tienen duda de que los responsables de la epidemia son los líderes del cártel de Sinaloa, quienes están asociados con empresas químicas y farmacéuticas chinas que les proporcionan los precursores necesarios para elaborar el fentanilo. 

Los funcionarios del Departamento de Justicia fueron cuidadosos con su contraparte mexicana. Recordaron a oficiales valientes que hacen su trabajo.

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Es un momento clave, una carretera que se bifurca y en la que se tendrán que tomar múltiples decisiones. Ya no hay margen para la desidia, porque las consecuencias pueden ser graves. 

Colombia alguna vez se vio envuelta en una situación similar, cuando el gobierno de los Estados Unidos determinó enfrentar, sin miramientos, al cártel de Medellín, que lideraba Pablo Escobar Gaviria. 

Ahora es similar, porque las acusaciones contra el cártel de Sinaloa muestran que ya se tomó la decisión de desmantelar a esa organización, donde lo ideal es contar con la colaboración de las autoridades mexicanas, pero se hará de todas formas. 

En principio hay un acuerdo de coordinación, donde se tuvo que admitir que una parte del fentanilo se fabrica en territorio nacional, pero a la vez, la Casa Blanca se comprometió a establecer mayores controles sobre el tráfico de armas.

Estamos ya en la guerra del fentanilo. Es imposible hacer pronósticos sobre su duración, pero es seguro que incidirá en la realidad de ambos países, en las rutinas de seguridad e, inclusive, en las relaciones de poder. 

Anne Milgram, la jefa de la agencia antidrogas no dejó dudas al decir que no se detendrán ante nada para garantizar la seguridad y la salud del pueblo estadounidense. 

Quieren que se extradite a Ovidio Guzmán López y no van a descansar hasta que se atrape a Jesús Alfredo y a Iván Archivaldo Guzmán Salazar. 

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