En artículo recientemente publicado, el pasado 14 de diciembre, en el servicio en línea ‘Hive’ de la revista Vanity Fair, Tina Nguyen hace una crítica lapidante del ‘Trump Grill’ de la Trump Tower (o Grille, como es referido por la periodista, se escribe en algunos lugares dentro del restaurante, menús, promociones, etc, como distintivo de ‘clase’) como ‘el peor restaurante de los Estados Unidos’. En este artículo menciona la definición que de Donald Trump hace Fran Lebowitz: ‘a poor person’s idea of a rich person’. Si bien Lebowitz es fiel a su ‘snob’ estilo neoyorquino de crítica social -y define muy atinadamente el mal gusto y vulgaridad que rodea todo lo relacionado con Trump-, creo que precisamente este tipo de definiciones son las que dieron a Trump la solidez con la que enfrento el proceso electoral del pasado 8 de noviembre.

Aunque hay un voto popular que favorece a Hilary Clinton por casi tres millones de votos -y que prácticamente es California-, la sociedad norteamericana está dividida prácticamente por la mitad, siendo lo más importante la ubicación geográfica de esas diferencias. Clinton con la mayoría de los votos urbanos, ‘cultos’, preparados de las costas este y oeste, Trump con la mayoría de los votos rurales, ‘incultos’, sin preparación académica o participación en las discusiones intelectuales de la teoría democrática. En la reciente película ‘Hell of High Water’, dos hermanos recurren a la vieja usanza del oeste de asaltar bancos para salvar una propiedad que el banco -abusivo, agiotista, insensible- va a confiscar ante la muerte de su madre. La película refleja crudamente el ánimo anticapitalista, antiestablishment, antipolitica de las zonas rurales de Texas y Oklahoma, devastadas por repetidas crisis económicas que han creado prácticamente pueblos fantasmas llenos de letreros de ‘se vende’, ‘liquidacion’, o ‘renegociamos tu deuda’, presentando un panorama desolador, sin esperanza, en el que la alternativa es joder al sistema para luego beneficiarse de él. Lo que hacen los políticos, o así lo entienden los vaqueros de la película, los empresarios y el ‘sistema’ en general.

Precisamente estos territorios y personas, desolados, desesperanzados, enojados con los centros financieros, urbanos que los han depredado, y que conservan como medio de subsistencia el orgullo de sus raíces, fueron los que otorgaron la fuerza que necesitaba Trump que en su ‘vulgaridad’ -concebida así desde el sofisticado mundo urbano de las ciudades y sociedad elitistas de los Estados Unidos-, arrojo y enérgica y cínica critica al sistema y sus representantes, reflejaba precisamente ese irrespeto que la soledad de la decadencia económica del middle west norteamericano tiene furiosamente arraigado el wasp subdesarrollado, subalimentado y pobre. En este contexto, cada critica a los rasgos de personalidad y sociales de Trump, desde la ‘arrogante’ óptica culta y preparada académicamente, se convierte en un punto de apoyo a favor del presidente electo refuerza las diferencias sociales, educativas y de principios de vida que precisamente hace que la población ‘subdesarrollada’ del middle west se identifique con el personaje, y aún lo glorifique como un tránsfuga social que con el éxito de sus cutres negocios restrega y recuerda agresivamente al establishment la existencia de la gran mayoría ‘comanche’ del centro agropecuario de los Estados Unidos.

Aunados a esta gran comunidad rural, y como migrantes hacia los centros urbanos por vía de la industrialización, está el otro sector que le dio el triunfo a Trump. Los trabajadores de fábricas automotrices, siderúrgicas, y complejos industriales del middle east, herederos de los mismos valores y principios de sus ancestros, familiares y nexos campesinos, igualmente subeducados y con la misma sensación de sobreexplotación por parte del gran capital y que fueron víctimas de los abusos financieros sistemáticos solapados por los intereses políticos y que tienen su máxima frustración en la crisis de 2008 que prácticamente quebró el sistema industrial de estados como Michigan y Pennsylvania. Enemigos puros del prototipo urbano de las capitales del conocimiento norteamericano.

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Esta división a la mitad, entonces, es una división que bien podría definirse como una ‘guerra civil’ por la vía de la política pero que, en su discurso inflamatorio, Trump está llevando peligrosamente al terreno de las acciones al ‘otorgar el permiso’ a sectores radicales y fundamentalistas alimentados por la furia antisistémica irracional a manifestar abiertamente sus ideas segregacionistas, racistas y chauvinistas. División creada por décadas de abusos de parte de los sectores ‘preparados’ de la sociedad norteamericana representados por banqueros, empresarios, políticos, que desde los centros urbanos, conectados a la realidad a través de sus computadoras y softwares, han destruido las oportunidades de distribución de riqueza, desplazando incluso el potencial laboral a favor de mano de obra más económica representada por los inmigrantes. El objetivo de llamar ‘violadores y criminales’ a los inmigrantes mexicanos, no era realmente definir a los inmigrantes de esta forma, sino llamar la atención agresivamente hacia este sector y liberar hacia el mainstream los susurros y las quejas subterráneas de café que el control ‘políticamente correcto’ de los urbanos mantenían contenidos.

Cada crítica desde una perspectiva social, académica, intelectual, se convierte así en puntos a favor para Trump, haciéndolo una figura más poderosa que se identifica a plenitud con el ciudadano promedio de estas vastas regiones de los Estados Unidos. Desde la portada de Time, hasta la crítica de Vanity Fair, se cumple el famoso concepto de Jesús Reyes Heroles: ‘todo lo que resiste apoya’. Tal vez lo más saludable para poder evaluar realmente la ideología -si acaso la hay- y el legado político de Trump, es dejar de criticarlo, aislarlo en su propia inercia, en su propia voz, escuchar lo que tiene que decir y finalmente dejar que sus acciones lo definan. En un dialogo inexistente en el que la voz del presidente electo sea la única, podremos dejar de apoyarlo indirectamente con nuestros ojos ‘académicos’, ‘intelectuales’, ‘liberales’, ‘sociales’ y que solo él se desenmascare como lo que es: un producto auténtico del establishment político, social y cultural que tanto aprendió a criticar como ardid mercadológico. Sólo entonces, tal vez se pueda rescatar el pudor de la democracia y el establishment norteamericano… y mundial, pues exactamente estas observaciones sobre Trump y las elecciones en Estados Unidos, son aplicables a la realidad mexicana, a sus personajes, a la degradación del sistema político mexicano que en los próximos dos años tratara de justificar su existencia y razón.

A ver si ambos sobrevivimos.

 

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