Por Hugo Salvatierra Arreguín

En lo alto de una pirámide del Pe­tén guatemal­teco, el mexi­cano Manuel Aldrete Terrazas y el fotógrafo italiano Fulvio Eccardi llegaron a la conclusión de que en 100 años la región, incluida la parte ubicada en Quintana Roo (QR) y Campeche, no había comercializado su propia goma de mascar, pues las comunidades sólo extraían el látex del árbol de chicozapote para convertirlo en goma natural (chicle).

Desde aquel lejano 1992, Aldrete estaba convencido de que algún día la zona tendría la capacidad de transformar la goma y obtener ganancias. Ese día llegó: con ayuda de un experto japonés desarrolló la fórmula de un chicle 100% natural y biodegradable que hoy consumen franceses, españoles, italianos, ingle­ses, suecos, húngaros, israelitas, ru­sos y hasta australianos, y que genera para los chicleros una utilidad de 3 millones de pesos (mdp). Chicza Rainforest, colectivo de organiza­ciones productoras de goma, es una muestra de que el modelo de empre­sa cooperativa puede funcionar y, además, generar ganancias.

Chicza también tiene un pro­grama social para los recolectores de la goma, con beneficios supe­riores a los de muchas empresas formales del país, tales como becas educativas, fondos de pensiones y atención médica. Además, organiza a grupos sociales de la región para que den estructura de negocio a las actividades con las que se ganan la vida, como hacer galletas y comer­cializar carbón vegetal.

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El resurgimiento

Aldrete nació en Chihuahua y es hijo de un industrial, por lo que creció entre troqueladoras, cortadoras de fierro y cables eléctricos. Estudió Sociología en la Universidad Nacio­nal Autónoma de México y Derecho en la Universidad Autónoma de Chi­huahua. Ha ocupado puestos como subdelegado en el Instituto Mexica­no del Café, en Oaxaca, además de que trabajó en la extinta Secretaría de la Reforma Agraria.

Comenzó a radicar en QR, debido a que en 1984 lo invitaron a partici­par en el Plan Piloto Forestal. Junto con los productores forestales de madera y la GIZ –Sociedad Alemana para la Cooperación Internacio­nal– intervino en el desarrollo de la primera sociedad civil forestal del país. También es consejero del Me­canismo de Donaciones Específica (DGM) del Banco Mundial.

Debido a la crisis del chicle, propiciada por la privatización de Impulsora y Exportadora Nacional (Impexnal), empresa estatal que proveía y apoyaba la comercializa­ción de productos mexicanos en el extranjero, el gobierno de QR invitó a Aldrete a participar, en 1993, en el Plan Piloto Chiclero, que consistía en hacer un diagnóstico de esta actividad, reestructurarla y darle rentabilidad.

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Un hit en Europa

Para crear una figura sustentable y generadora de dinero, se llevaron a cabo consultas y discusiones con los chicleros, hasta que un total de seis cooperativas integraron la Unión de Productores de Chicle Natural. Los involucrados se dieron a la tarea de diseñar el modelo de negocio que seguirían; conforme avanzó el proyecto, se sumaron más agrupaciones y para 2002, ya con 52 cooperativas y 2,000 producto­res afiliados, se creó el Consorcio Chiclero, que cuenta con un brazo productivo: Chicza Rainforest, que funciona como una integradora de cooperativas.

Un productor de chicle puede llegar a ganar hasta 14,000 pesos mensuales, con la opción de ocupar su tiempo disponible en otras actividades, como la agricultura, la ganadería o la silvicultura. Aldrete es director ejecutivo del Consorcio Chiclero y director general de Chic­za Rainforest.

El desarrollo de la fórmula de la goma de mascar tomó cuatro años, debido a que la estructura del chicle es muy sensible y cambia si la esencia orgánica, como podría ser la canela, viene de un lugar distinto al acostumbrado. Por eso decidieron ir con Hashimoto, un especialista radicado en Japón, quien estuvo dispuesto a desarrollar la formula­ción. Los cooperativistas tuvieron que fondear todo, pues las reglas del gobierno mexicano requerían visas de trabajo, contratos y concursos.

Actualmente, la empresa produce alrededor de 150 toneladas de chicle en forma natural y 100 en goma de mascar certificada 100% natural y biodegradable, desde una pequeña planta situada en Chetumal, QR. La goma de mascar viene en presen­taciones de 30, 15 y 4 gramos: los sabores para la temporada primave­ra-verano son menta, yerbabuena y limón; también hay canela y sabores suaves como el mixed berry (fresas, moras y frambuesas). Su precio es 10 veces más alto que el de una goma de mascar sintética.

En los últimos cuatro años, la inversión en infraestructura y maquinaria fue de 20 millones de pesos (mdp), de los cuales 6 mdp provinieron de instituciones gubernamentales como la Comisión Nacional Forestal (Conafor). La empresa también ha recibido capital de los Fideicomisos Instituidos en Relación con la Agricultura (Fira) del Banco de México.

Al ejecutar el plan de negocio, los cooperativistas se dieron cuenta de que no podrían competir con el chicle sintético, así que salieron en busca de socios que les ayudaran a establecer una plataforma de lanza­miento. En el puerto de Felixstowe, Reino Unido, tuvieron una plática con el señor John Wood, de John Wood Shipping, quien les dio la idea de crear una distribuidora y les ofreció en comodato un lugar en la oficina fiscal, dentro del muelle.

Bajo el nombre de Mayan Rain­forest, la nueva comercializadora comenzó a operar en 2005. Los primeros cinco años fueron para abrirse mercado y hoy su producto llega a sitios como Francia, España, Italia e Inglaterra, en Europa, así como a Israel, Rusia y Australia, entre otros lugares.

Una empresa tiene que ver la ma­nera de crecer suficientemente para satisfacer al consumidor objetivo, dondequiera que esté, aunque eso te haga mirar a Asia, a Europa o a Sudamérica, además debe hacer investigación para decidir cómo va a escalar orgánicamente.

“Si mi mercado fuerte está más allá de mis fronteras, vamos a intentarlo, no me puedo quedar a recibir migaja, esperando a que el mercado local me compre”, expone Ángel Méndez Mercado, especialista en finanzas de la Uni­versidad la Salle

Víctor H. Moctezuma, evange­lizador en jefe de iLab, una incu­badora de empresas innovadoras y sostenibles, añade: la estrategia de Chicza es “una manera de pensar en grande, pero estructurado”.

Los chicles de Chicza ya tienen cuatro años en Europa, donde una red de 17 socios, jóvenes emprende­dores de entre 30 y 40 años, ayuda a colocar el producto en supermer­cados y tiendas de productos orgánicos, saludables, veganos o gourmet. “Sin duda, el mercado europeo es líder. Es una estra­tegia comercial, fuimos a atacar el mercado más demandante de productos orgánicos con esta filosofía”, señala Aldrete.

En contraste, en México, Esta­dos Unidos y Canadá se distribuye desde hace apenas un año, y aquí el plan es encontrar comerciali­zadores regionales para sus pro­ductos. En Norteamérica, Chicza coloca 300,000 unidades, contra 3 millones en Europa.

El año pasado, Chicza tuvo una utilidad aproximada de 3 mdp, según Aldrete, de los cuales destinó alrededor de 1 mdp a programas productivos para impulsar empresas locales en la zona y crear fondos para becas educativas, de pensiones y de atención médica, entre otros.

 

Entre mujeres

Además de Chicza Rainforest, Chic­za tiene otro brazo que funciona similar a una agencia de desarrollo. “Utiliza su prestigio y su capacidad técnica y profesional para apoyar las iniciativas locales de otros grupos de campesinos que viven en las comu­nidades chicleras”, explica Aldrete.

En la región hay 10 mujeres que producen harina con el árbol de ramón, como ocurre con el maíz o el trigo para la producción de pan, pero hasta ahora sus ventas anuales son de unos 60,000 pesos. Al restar los costos de operación y repartir las ganancias, el beneficio es marginal y sólo sirve para subsistir.

Bajo la estructura de Chicza se está preparando a este grupo, para que desarrollen su plan de negocio y salgan al mercado con un producto más elaborado, un desarrollo de marca y una imagen previamente definidos. La idea es utilizar fondos de programas gubernamentales para instalar una pequeña fábrica que les permita industrializar la harina.

El consorcio también apoyó a un grupo de Calakmul, en Campeche, que se dedica a producir carbón vegetal con los residuos que quedan de la extracción de la madera, los cuales pueden generar incendios. El respaldo consistió en la fabricación de hornos de tierra que tienen una tapa metálica para regular el oxíge­no, evitar que quede polvo y hacer que el producto sea más sólido.

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Chicle duradero

En los últimos cinco años, la es­tructura de Chicza ha impulsado la reconversión de 4,000 hectáreas en forestales, propiedad de los habitan­tes de la zona. El proceso consiste en limpiar la maleza, rescatar la estruc­tura natural e introducir chicoza­pote, ramón y pimienta silvestre, los cuales serán explotados en un futuro. Este tipo de iniciativas tiene una duración de entre tres y cinco años e incluye el acompañamiento de programas gubernamentales; el consorcio contribuye con personal técnico y asesorías.

Parte de los 1.3 millones de hec­táreas de influencia de Chicza parti­cipan en el programa de Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación de Bosques (REDD+), incentivado por las Naciones Uni­das. Mediante la captura de bonos de carbono voluntario, diversas comunidades están recibiendo recursos, como Calakmul, Nuevo Becar, Valentín Gómez Farías (en Campeche), y Laguna Om y Caoba (en Quintana Roo).

Pero Aldrete no está satisfecho. “No es adecuado que los recursos bajen y se distribuyan si no es a tra­vés de una actividad productiva, no puedes tener gente sentada recibien­do recursos por bonos de carbono porque aparentemente cuida su selva”, puntualiza el originario de Chihuahua.

“Desafortunadamente, nosotros tendemos mucho al statu quo, pero podemos ser dependientes de un modelo que nos esté subsidiando”, coincide Méndez Mercado, de la Universidad la Salle.

 

Con seguridad social

Además, Chicza busca mejorar la vida de los cooperativistas. Por ejemplo, cada año otorga entre cin­co y 15 becas de 1,000 pesos men­suales a los hijos de los productores de chicle que van a la universidad. Para designar a los ganadores, un consejo abre la convocatoria y ana­liza la situación económica y el ren­dimiento académico del aspirante, quien al resultar ganador tiene que notificar con periodicidad que tiene calificaciones de entre 8 y 8.5.

Además, todos los chicleros tie­nen derecho universal a la medicina en el servicio privado. Si alguno tiene un accidente de trabajo o una enfermedad grave que amerite que sea internado, puede seleccionar el hospital de su preferencia. El trata­miento y la estancia se paga de un fondo solidario de la cooperativa.

También hay un fondo de de­función para dar un apoyo único a la viuda del fallecido para gastos de sepelio y “comenzar de nuevo”.

Incluso, actualmente está en proceso la constitución de un fondo para el retiro, el cual tendría que ser trasladado a la esposa en caso de muerte del trabajador.

“Es increíblemente eficiente que hagas que la comunidad se desa­rrolle, porque vas a generar riqueza además de consolidar la propia”, enfatiza Moctezuma, del iLab.

A su juicio, lo más sorprendente es que vayan con sus vecinos y les digan: “nuestros expertos les pueden brindar asesoría y capacitación para que ustedes lleguen a lo que noso­tros somos ahora”.

 

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