A cambio de su increíble crecimiento, China y sus habitantes padecen contaminación, tráfico, falta de seguridad alimentaria y pésima calidad de servicios médicos y educativos.

 

 

Será porque “el césped es siempre más verde al otro lado de la verja” que China y Estados Unidos miran a los respectivos patios traseros con creciente interés y mutuo desafío. Por cierto, el extraordinario ascenso económico de China y su progresiva influencia en la diplomacia mundial, cuestionando el orden existente y la posición de EU en el sistema de relaciones internacionales, representan un drama en el planteamiento global del siglo XXI.

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Los recientes viajes paralelos de los presidentes Obama y Xi Jinping por América revelan las coincidencias ente las agendas de Beijing y Washington, sus crecientes intereses políticos y económicos interdependientes y a la vez competitivos, sobre todo, considerando sus regiones adyacentes: por un lado, América Latina, y, por el otro, el Sureste Asiático.

A principio del mes, el encuentro entre Xi y Obama, que concluyó la gira del presidente chino por el continente, con viajes memorables a Trinidad y Tobago, Costa Rica y México, tenía el objetivo primario de suavizar las relaciones y  instaurar un vínculo de confianza mutua en un momento de alta hostilidad.

Sin embargo, la presencia de Xi en América Latina, que viene tan temprano en su presidencia, refleja no sólo el cambio de perspectiva en la política exterior de Beijing hacia el Occidente, con una estrategia más proactiva, amplia y global, sino el aumento de la confianza de las autoridades chinas en perseguir sus intereses estratégicos sin preocuparse por las reacciones de EU.

Hasta ahora, el interés de China en América Latina ha sido principalmente económico, concentrado en el desarrollo de la infraestructura y el acceso a los recursos naturales de la región. Pero los recientes cambios en las relaciones con el continente revelan que China está buscando ampliar sus esfuerzos más allá de lo puramente comercial, para poder equilibrar la creciente presencia americana en Asia.

Desde los primeros años del 2000, las relaciones económicas entre China y América Latina, el comercio y la inversión han crecido de forma exponencial: China se ha convertido en el principal socio comercial de Brasil y Chile, ha desarrollado fuertes relaciones económicas con países de toda orientación política, desde Colombia y Perú hasta Argentina y Venezuela.

Con una política rigorosamente pragmática, el viaje de este mes al Caribe y a México responde, sobre todo, a la necesidad china de encontrar nuevas fuentes de energía, firmes y fiables, para alimentar su propia economía: Trinidad y Tobago ofrece las mayores reservas de petróleo y gas del Caribe; Costa Rica es un importante actor en la energía renovable, mientras la atractiva industria petrolera de México es una joyas para los interés de Beijing.

Sin embargo, el ímpetu hacia el histórico patio trasero de EU es significativo, ya que los intereses económicos latinoamericanos son, en muchos aspectos, antagónicos con los de Beijing: si por un lado la demanda china de materias primas ha beneficiado a los países y a las empresas de América Latina, la magnitud y la competitividad de la industria china y su efecto en el mercado estadounidense ha puesto presión sobre el sector manufacturero de América Latina.

 

China-EU: ¿amigos o enemigos?

En los últimos años, animada por su éxito económico y por el opuesto descenso occidental, China ha empezado una política más agresiva y desafiante, que ha llevado a un rápido deterioro de las relaciones con EU, hasta crear el espectro de un posible conflicto entre titanes.

Por cierto, con el fin del bipolarismo de la Guerra Fría y con las reformas económicas de China, la relación entre Estados Unidos y China se convirtió en una controvertida alternancia de dependencia y desafío: por un lado, Washington depende del superávit comercial chino para financiar su déficit, mientras el crecimiento económico de Beijing se apoya en sus enormes exportaciones a EU.

A pesar de sus profundas diferencias, la relación entre Washington y Beijing se teje de forma muy peculiar en el mismo sistema económico en el cual la principal potencia mundial, EU, es también deudor, financiado por la mayor potencia en ascenso, China.

Al mismo tiempo, el crecimiento incontenible de China pone a EU enfrente a sus debilidades, planteando la posibilidad de que China eclipse América en el escario global de este siglo.

Ante la falta de reciproca confianza, generada por las diferencias en lo cultural, político y social, ambos estados han aumentado su fuerza militar y su capacidades defensivas para poder responder a una eventual ofensa de lo que es difícil clasificar como amigo o enemigo.

 

Retos del crecimiento económico chino

Por cierto, los últimos 30 años de China han sido marcados por un crecimiento económico sin precedentes, que ha convertido el país en la segunda economía del mundo, el segundo consumidor de energía y el primer exportador, con una tasa anual de crecimiento en las exportaciones mayor del 20%.

Hoy, frente a una deceleración del crecimiento chino en el primer trimestre de este año, la reacción hipocondríaca global impide que se cree un diálogo constructivo hacia el modelo de desarrollo chino, sobre todo en el occidente que interpreta China como una amenaza universal, independientemente de que se dirija hacia el crecimiento o no.

Aunque este alarmismo es absurdo, es evidente que la estrategia de desarrollo china, completamente basada en exportaciones e inversión estatal y con bajos niveles de consumo y salarios, no es sustentable. Las reformas que han llevado el progreso del país no han sido un movimiento homogéneo, en términos de sectores, tiempo y distribución geográfica.

La inmovilidad laboral entre zonas rurales y urbanas, característica típica del sistema chino, ha favorecido la brecha entre las diferentes regiones del país consagrando las enormes desigualdades sociales en el precio de un crecimiento tan descontrolado. Además, a pesar de que los salarios se han triplicado en la última década, sus niveles de crecimiento han sido mucho inferiores a la tasa de crecimiento de la productividad del país, llevando a un auge extraordinario del país, contra beneficios muy modestos para los trabajadores comunes.

China está enfrentando el enorme obstáculo de tener que adaptar su estructura social, sus valores confucianos y su historia comunista a un sistema opuesto a su larga tradición, es decir a un sistema capitalista: bicicletas y televisiones en blanco y negro han sido remplazadas por coches y plasmas, pero a pesar de un acceso más difuso a los bienes materiales, la gente hoy en día no se declara más feliz o más protegida que antes.

Para lograr el crecimiento de su país, los chinos han aceptado que su vida diaria fuera determinada por severas políticas de racionamiento de alimentos, de empleo exclusivo y escasas prestaciones de asistencia social, por un sistema de planificación altamente centralizado y una inmovilidad de capital y mano de obra que impidió una locación equitativa de recursos o el establecimiento de políticas de asistencia social: la contaminación, el tráfico, la falta de seguridad alimentaria y la pésima calidad de los servicios médicos y educativos siguen siendo pesadillas diarias por la población china.

La paradoja se expresa en el choque entre el afán hacia el hacerse rico propulsado por la mentalidad del dinero rápido, difundida por el enorme crecimiento de las ultimas décadas, y la persistencia de una ética anti-consumista que se muestra en la propensión de los chinos al ahorro: la población china no gasta, no quiere gastar, está acostumbrada a producir, no a consumir.

Su reticencia al consumo podría representar una falla en la aplicación del modelo capitalista en una sociedad orientada hacia a la producción masiva. De hecho, es la masa, reflejada en el Estado, el eje de la cultura china: hay muy pocos espacios para las iniciativas privadas, y el pilar para el fomento viene de la inversión pública maciza, sobre todo en la infraestructura. Al contrario, el sistema occidental se basa en políticas que miran al individuo: los recortes de impuestos, la asistencia social, las ayudas estatales para fomentar el espíritu empresarial.

La principal amenaza al auge chino no viene de la competencia con potencias extranjeras, sino por cuestiones internas: el primer reto llega de las pautas demográficas que revelan una creciente población anciana y una baja tasa de nacimiento en contraste con el paradigma típico de los países en desarrollo; segundo la inversión masiva estatal, esencial para garantizar la sobrevivencia del actual sistema, se hace cada día menos sustentable, revelando la necesidad de una alternativa.

 

 

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