La segunda potencia económica mundial, hoy ya enseña los dolores que la aquejan; sin embargo, su maquinaria aún es poderosa e invade todos los mercados internacionales. ¿Hasta cuándo?, es la pregunta que el mundo se hace.

 

Hay un momento inevitable en el que los ojos de los turistas se enfocan en la línea irregular de los rascacielos que conforman el Pudong, el distrito financiero de Shanghai.

El Pudong alberga a la Bolsa de Valores de Shanghai (Shanghai Stock Exchange), el mayor mercado de valores de China, y al Centro Financiero Internacional de Shanghai (Shanghai World Financial Center); la paradoja y prueba fehaciente de que uno de los cinco países comunistas que restan en el mundo, es desde el año 2010 el exportador más grande del mundo, y desde el 2012 la segunda economía de todo el planeta.

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¿Creería alguien que esa región delimitada por el río Huangpu al oeste, el Mar de China Oriental al este y situado frente Puxi, la parte antigua de Shanghai, a principios de la década de 1990 era una zona casi desértica en donde de manera casi tímida se desarrollaba la agricultura y a la que sólo se podía acceder a través de ferries?

No, no se cree, pero es así.

Como tampoco se cree la visión que ofrece la avenida West Nanjing Road, el equivalente a Rodeo Drive de Beverly Hills, la Quinta Avenida de Nueva York o la calle Presidente Masaryk en la Ciudad de México.

Shanghai no es toda China ni todos los distritos son iguales al Pudong. Y los chinos que disponen del poder adquisitivo para comprar en dichas tiendas, si bien no son una minoría, tampoco representan una mayoría aplastante. Pero hecho de que “puedan” significa algo. Como también el que su fuerza laboral se cifre en cerca de 800 millones de personas; de ser muy lejos y por razones obvias (1,350 millones de habitantes de acuerdo censo de 2012) la número uno en el mundo, y que dicha legión se halle convenientemente dividida en un 34.8% en agricultura, 29.5 en la industria y 35.7 en servicios.

Un paseo en bicicleta por una zona cercana a West Nanjing Road nos descubre una Shanghai y una China pobres, de callejones que semejan vecindades y en los que los cables del alumbrado aún cuelgan de postes de madera como en cualquier otro país del mundo. Pero no es una pobreza que duela. “La gente tiene lo suficiente para comer”, dice Gin, un espigado chino que habla español fluido y funge de nuestro guía. Alguien lo cuestiona respecto a si en la actual China existe o no la pobreza. “Existe, por supuesto. Pero no la miseria”, responde.

The World Factbook, publicado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA por sus siglas en inglés), cifra en 13.4% a la población china viviendo en la llamada pobreza extrema, algo así como 175 millones de personas, de las cuales las zonas rurales aportarían cerca de 99 millones (7.3% de la población rural según estimaciones de 2011).

175 millones de personas es una cifra de tragedia en cualquier otro sitio del mundo, pero en China, donde todo es grande, y donde en 2011 cerca de 250 millones de trabajadores migrantes y sus familias fueron reubicados en zonas urbanas para que pudiesen hallar trabajo, la distribución equitativa del ingreso luce como una asignatura pendiente.

En México, en cambio, la economía número 11 del mundo (la 12 de acuerdo a The World Factbook, que ubica a la Unión Europea como la número 2, por arriba de China), y en donde el optimismo por las grandes reformas expresadas y emprendidas por el Presidente Enrique Peña Nieto mantiene extasiados a muchos políticos, a algunos empresarios y a ciertos periodistas, el mismo reporte de la CIA cifra en 51.3 al porcentaje de mexicanos viviendo en la pobreza extrema, algo así como más de 60 millones de personas.

China es fascinante. Aunque durante muchos años padeció el menosprecio del mundo cuando alguien descubría, en cualquier producto, una inscripción con la leyenda: Made in China.

Tu iPhone, iPad, tu computadora, los zapatos que llevas puestos, el libro que lees, hasta los utensilios con los que comes y cocinas, todo eso, y mucho más, está hecho, impreso, ensamblado o fabricado en China.

Bueno, pues sí, ese país, China, al que si le permites a tu imaginación metaforizar lo verás convertido en un dragón. Un dragón que vivió muchos años medio muerto, durmiendo y soñando. Y que hace poco tiempo, o quién sabe cuánto, despertó.

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