Churchill: el estratega

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El estratega inglés se creció en los momentos decisivos de la Segunda Guerra Mundial y logró forjarse la reputación que lo acompañó hasta el fin de sus días.
En la entrega anterior se habló de un joven e indisciplinado Winston Churchill que, a los 26 años, ya había participado en 5 guerras —como soldado y cronista—, de su ascenso a la vida pública como funcionario, y de sus polémicas y contradictorias posturas políticas.

En esta conclusión de su semblanza se explica por qué, a pesar de haber sido clave para ganar la Segunda Guerra Mundial, perdió su última batalla política.

3 de julio de 1940, Mers el Kebir, Argelia.

Los nazis han tomado Francia desde junio y ésta se ha declarado «neutral» entre Alemania y el Reino Unido. Al derrotar al principal aliado de los ingleses y con media Europa ocupada, los alemanes ofrecen «un acuerdo de paz» a la nación británica, pues saben que no cuentan con recursos ni armas para continuar peleando.

Por si fuera poco, el nuevo Primer ministro inglés es un anciano de 65 años con problemas de alcoholismo, fumador empedernido, elitista y muy desprestigiado en la política por su extremo cinismo y su profundo desprecio por la izquierda.

Es tal la certeza de que los ingleses se rendirán en cualquier momento, que Hitler ha ordenado a casi medio millón de hombres que vuelvan a sus puestos de trabajo, que disminuya la fabricación de armas y se privilegie la producción industrial y alimentaria. Incluso establece su cuartel general en Tannenberg —para escapar del calor del verano— y desde ahí organizar su campaña contra la Unión Soviética: la última nación por vencer.

Sin embargo, el «anciano» inglés —quien al asumir su cargo sólo prometió a su pueblo «sangre, sudor y lágrimas»— responde como nadie se hubiera esperado: ordena destruir la flota francesa anclada en Mers el Kebir, para evitar que el gobierno provisional francés cediera sus armas a los alemanes y, con ello, da un giro radical al modo en que se había llevado la guerra hasta entonces.

 

El «bulldog» británico

«El éxito consiste en aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse.»

bullSin entrar en grandes detalles sobre las estrategias de ataque y defensa que implicó para cada nación la Segunda Guerra Mundial —para ello se necesitaría publicar varios libros—, Churchill tomó cuatro grandes decisiones para enfrentar la inminente invasión alemana:

1)  Eliminó de puestos clave a los políticos partidarios de la «negociación» y el «apaciguamiento», pues esa política había debilitado la imagen y la capacidad de acción del otrora imperio británico.

2)  Asumió el mando supremo y único de todas las fuerzas armadas de los aliados, así como de las estrategias de ataque y defensa —en detrimento de los demás ministros de Guerra, Marina y Fuerza aérea.

3)  Decretó que toda la industria del país se dedicara a fabricar armas, buques y aviones —a pesar de que esto los sumiría en la bancarrota, pues se cancelaría toda actividad comercial.

4)  Estableció un sistema para comunicarse de forma rápida y personal —por escrito— con el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, al margen de cualquier intermediario.

Debido al arrojo con que Churchill enfrentó a los nazis y la contundencia de sus discursos, los rusos le pusieron el apelativo de «el bulldog británico» que, tanto sus enemigos como sus aliados, adoptaron para referirse a él.

 

La batalla de Inglaterra

«Con el espíritu sucede lo mismo que con el estómago: sólo puede confiársele aquello que pueda digerir.»

Cuando Hitler vio frustrada su «negociación de paz» con el reino Unido, en agosto de 1940 planeó la invasión definitiva: la Operación Seelöwe —León Marino—, que consistía en debilitar la flota británica con los submarinos alemanes y a los aviones de la Royal Air Force con la Luftware, para que pudiera llegar una flota de desembarco —conformada por 41 divisiones de la Werhmacht: 700 mil hombres y millar y medio de vehículos militares— a las islas británicas.

Sin embargo, los nazis no contaban con las embarcaciones suficientes para movilizar esa cantidad de soldados y armamento. Por otro lado, por cuestiones económicas y por falta de tiempo, no se esmeraron en producir bombarderos de largo alcance y sólo contaban con aviones cuyo radio de acción se limitaba al sur del Reino Unido: apenas podían cargar una tonelada de bombas y eran muy vulnerables a los ataques de los cazas británicos.

A pesar de estos inconvenientes, los alemanes contaban con más armas, naves, aviones y soldados que los ingleses. Por ello les pareció muy temerario que Churchill los desafiara «hasta el último hombre». ¿En qué se basaba la confianza este hombre a quien parecía no angustiarle su situación?

 

El «amigo americano»

«Un diplomático es alguien que primero piensa dos veces antes de hablar y al final no dice nada»

Mientras los ingleses resistían los bombardeos y los ataques «de prueba» previos a la «gran invasión» alemana, Churchill mantenía una nutrida correspondencia con el presidente Roosevelt, quien, desde 1937, hizo pública su postura de no mantenerse neutral ante «la epidemia de violencia». Mientras tanto, Estados Unidos, por medio de un acuerdo comercial, proporcionó el armamento de infantería básico que necesitaba el Reino Unido.

Para fortuna de Churchill, Roosevelt fue reelegido en la presidencia y presentó ante el Congreso estadounidense la Ley de Préstamo y Arriendo, que le permitiría otorgar ayuda ilimitada a los países aliados contra el Tercer Reich. Como dicha ley significaba un gran beneficio para los estadounidenses —cobrar a largo plazo o con acuerdos políticos a las naciones beneficiadas—, no tardó más de tres meses en ser aprobada. Gracias a esa ley, Estados Unidos se convirtió en el mayor productor de armas en la historia y, además de reactivar su economía —deprimida desde 1929— también los ubicó como una de las principales potencias militares.

En marzo de 1941, Estados Unidos se involucró de lleno en la Segunda Guerra Mundial al embargar naves alemanas e italianas en todos sus puertos. Para diciembre de 1941, el «ataque» a Pearl Harbor fue el último pretexto que necesitaban los estadounidenses para también declararle la guerra a Japón, el aliado en Asia con que Hitler pretendía mermar las fuerzas americanas.

 

«La mejor defensa es el ataque»

«El problema de nuestra época es que las personas no quieren ser útiles sino importantes.»

A pesar de contar con menos armamento, los ingleses tuvieron varios factores a su favor. Por ejemplo: los caza británicos eran más rápidos y eficaces que los alemanes; si un piloto inglés era derribado, la mayoría de las veces era posible rescatarlo y reactivarlo en su puesto en muy poco tiempo. En cambio, los alemanes que eran derribados en territorio británico, si no morían en el combate, se convertían en prisioneros de guerra. Además de situaciones similares como ésta, el Reino Unido contaba con dos armas secretas:

1) el empleo del radar, con el que se logró detectar los ataques enemigos y enfrentarlos de forma oportuna

2) y más tarde: el descifrador de códigos Ultra, que permitió a los británicos interceptar y descifrar las órdenes de los alemanes a sus diversos puestos militares, buques, submarinos, etcétera.

Para cuando los nazis lograron descubrir por qué los británicos se anticipaban a sus movimientos con tanta certeza, las fuerzas alemanas ya estaban mermadas material y moralmente; luego que los aliados recibieron el apoyo absoluto de los Estados Unidos, la «gran invasión» resultó imposible.

 

Ganar la guerra: perder la credibilidad

«La salud es un estado transitorio entre dos épocas de enfermedad y que, además, no presagia nada bueno»

Aunque la amenaza alemana quedó superada en diciembre de 1941 y sólo era cuestión de tiempo para recuperar los territorios ocupados por los nazis, Churchill tuvo que enfrentarse a severas críticas por sus derrotas militares en Malasia, Birmania, Singapur —Asia— y Tobruck —África—, que siguieron pesando a pesar de sus triunfos posteriores.

Uno de los grandes errores de Churchill fue su empeño en establecer un acuerdo político con Estados Unidos para impedir que, al término de la guerra, los soviéticos se expandieran por Europa. Y logró justo lo contrario: la hegemonía de la URSS y los estadounidenses relegó al Reino Unido como una potencia menor.

En 1943, con 69 años de edad, Churchill empezó a tener accesos de ira e impulsos contradictorios —incluso durante conferencias internacionales— que lo marcaron como un líder en decadencia.

En febrero de 1945, hizo su última aparición pública como Primer Ministro durante la Conferencia de Yalta, donde se decidió la configuración política de Europa durante la posguerra.

 

«La democracia es el peor sistema de gobierno. Con excepción de todos los demás»

En julio de ese mismo año se disolvió el gabinete de guerra —que él precedía de forma totalitaria— y, debido a su discurso agresivo y exagerado contra los laboristas, perdió las elecciones.

Churchill no aceptó la derrota, pero prefirió alejarse de la política —como ya lo había hecho en los años 20— para dedicarse a pintar y escribir de nuevo. Publicó su Historia de la Segunda Guerra Mundial —en seis volúmenes— que fue un éxito comercial y, para negarse a pagar impuestos, creó un organismo en los Estados Unidos.

Cuando ya parecía un personaje jubilado de sí mismo, volvió a ocupar el cargo de primer ministro de 1951 a 1955. Pero con más de 70 años encima, su memoria y capacidad física al grado de ser conocido como «el Primer Ministro de la media jornada».

 

¿Un Premio Nobel político?

«Las palabras antiguas son las mejores, y las breves, las mejores de todas.»

En octubre de 1953, un año después de haber sido nombrado sir por la reina y con 79 años de edad, la Academia sueca le otorgó a Churchill el Premio Nobel de Literatura por «su maestría para narrar acontecimientos históricos, así como por su brillante oratoria en defensa de los derechos humanos».

Hasta la fecha, ha perdurado la idea de que Churchill recibió el galardón por motivos políticos, pero aunque era Primer Ministro cuando recibió el Nobel, Churchill ya había sido nominado al premio mucho antes de que la Segunda Guerra Mundial lo ubicara en el centro del mundo, pues desde muy joven sus crónicas de guerra y sus relatos le dieron relevancia internacional.

Churchill ganó el premio por encima de candidatos como el filólogo español Ramón Menéndez Pidal, el filósofo italiano Benedetto Croce y el narrador estadounidense Ernest Hemingway, quien lo recibió un año después.

Algunos los libros de Churchill que hasta la fecha se reimprimen, son: La Guerra del Nilo —mi viaje por África— (1899); Historia de los pueblos del habla inglesa (1958) y su célebre Historia de la Segunda Guerra Mundial (1953).

 

Escribir la historia

«La imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser. El humor los consuela de lo que son.»

Churchill con su nieto.

Churchill con su nieto.

Es fácil caer en la trampa de idealizar a un político tan peculiar, pero, tal vez quien lo mejor lo haya descrito fuera su esposa. En 1954, con motivo de su cumpleaños 80, Winnie Churchill declaró sobre su marido: «Winston no conoció la vida de la gente de a pie. Nunca viajó en autobús y sólo una vez en metro: durante la huelga general descendió de un vagón en South Kensington y empezó a deambular de uno a otro lado sin encontrar la salida, hasta que fuimos en su ayuda. Winston es egoísta, pero no lo hace a propósito: así es. Siempre tuvo la fuerza y la capacidad de vivir como él quería».

El «bulldog británico» alguna vez declaró —con el sarcasmo con que procuraba tomarse cualquier situación— las palabras que podrían haberle servido de epitafio: «Espero que la historia me trate bien… ya que pretendo escribirla».

Después de todo esto y con la perspectiva que da el tiempo, ¿qué piensa usted de Churchill?

 

[Gran parte de este artículo se publicó en la revista Algarabía, en octubre de 2012: www.algarabia.com]

 

El autor de esta nota cree que es natural que en la actualidad a Winston Churchill lo confundan con un personaje de ficción, pues «no es humano» haber salido inmune de tantos conflictos —armados y políticos—, cambiar el rumbo de la política Occidental, comer, fumar y beber en la cantidad en que lo hizo, y salir casi ileso de todo ello.

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