La discografía de Miles Davis es apenas del tamaño de su relevancia en la historia no sólo del jazz, sino de la tradición musical universal. Aquí una selección especial, con cinco discos que suelen pasar desapercibidos por quienes escuchan sólo “piezas maestras” como el Kind of Blue o el Bitches Brew.

 

Antes que nada, vale aclarar que hacer una selección de sólo cinco discos de Miles Davis, el trompetista de jazz por antonomasia, es una de las cosas más ociosas  del mundo, como ocioso es preguntar sobre “los cinco discos que te llevarías a una isla desierta” o tan  solo cinco discos del año, etcétera. Es imposible, lo sabemos; la música es muy basta y variada como para mencionar sólo cinco trabajos. Es asunto exclusivo de melómanos, si se quiere. Sin embargo, las listas y selecciones, más allá de ser un ejercicio meramente lúdico y ambiguo, delimitado muchas veces por el gusto, sesgo y apreciación de quien la hace o redacta, suelen acercarnos con obras que poco habíamos escuchado o de plano desconocíamos.

La historia de Miles es de muchos conocida: Miles estuvo ahí en casi todas las épocas trascendentes dentro de la evolución del jazz como género musical y expresión cultural de la segunda mitad del siglo pasado; sufrió el racismo y lo revirtió con creces a través de su obra y sus declaraciones, volviéndose icónico, excéntrico, dictador y autodestructivo en ocasiones, pero sobre todo visionario y siempre excelente músico.

Sabemos también que Miles Davis consideraba a la trompeta una extensión más de su cuerpo, y que su personalidad sostenía de forma consciente, los embates de haber sido un individuo que ha aportado tanto a la música,  amasando una leyenda y devoción sin precedentes. Como aquella anécdota de 1987, en donde Miles arremetió a pregunta expresa de una dama de clase alta, que departía en una reunión en la Casa Blanca, quien le preguntó que “qué méritos reunía para estar en ese lugar aquella noche”, a lo que el músico de Alton, Illinois, contestó abruptamente y sin aspavientos: “he cambiado el rumbo de la música unas cinco o seis veces. Ahora, dígame usted: ¿qué ha hecho de importancia, aparte de ser blanca?”.

Miles no se andaba con rodeos y cambiaba de dirección cada que le apetecía. Estuvo en pleno apogeo del be bop, al lado de su máxima figura, Charlie Parker. Es autor del revolucionario y sencillamente hermoso Kind of Blue de 1959, considerado para demasiada gente como “el disco de jazz por antonomasia”. Lo cual es complicado, porque tiene otros discos a esa altura de importancia, como el ya mencionado Bitches Brew, psicodélico, oscuro y completamente abrasivo. O como In Silent Way del 69, o aquel jazz-funk abigarrado, de cara al final de su carrera en Tutu (1986).

Es complicado, estamos hablando de 50 años de carrera en cerca de, sí, poquísimo más de 50 discos. Más algunos bootlegs oficiales formidables (su etapa en vivo de finales de los ochenta tiene cosas fabulosas), además de recientes reediciones, lados b y rarezas que han extendido considerablemente el acervo del autor del en su momento exótico Sketches of Spain (1959), el sosegado y sensual Nefertiti de 1967, o de la mejor etapa Cool de finales de los cuarenta e inicios de los cincuenta.

Los siguientes cinco discos suelen esconderse de “las listas definitivas”, por ventas, olvido o por su inconsistencia. Sin embargo, en ellos se encuentran figuras y sonidos de un Miles irrepetible, exuberante y desbordado de talento, que no es el de los acordes ya clásicos y convencionales del Kind of Blue o el Milestone.

Su primera adicción a la heroína en los cincuenta, su accidente en su Ferrari en el 72, su pasión por la pintura y su manera tan extraña de dirigir a los músicos, han puesto a Davis (fallecido en septiembre del 91), en el ojo del huracán como toda una personalidad de la cultura pop moderna. No obstante, más allá de la persona, está el músico, ahí están los discos, listos para ser escuchados. Si no te han contado de las maravillas y delicias de obras como Milestones (1958), A Tribute to Jack Johnson (1970) o Filles de Kilimanjaro (1968), es hora de descubrir esos discos de Miles que por su extensión y desinterés masivo se nos esconden.

5.- Miles Ahead (Sony, 1957)

Tras las sesiones del ahora mítico The Birth of Cool del 57, ese mismo año Miles se mete a la grabación de este disco, que es una chulada de arreglos. Este es un disco muy especial, porque resulta algo así como el puente entre ese genial pero muy clásico Birth of Cool, y ver a lo lejos lo que se estaba cocinando para grabar Kind of Blue, la gran obra maestra. Es precisamente donde Davis comienza a trabajar con más “músicos blancos”, en esta ocasión con el el pianista y arreglista Gil Evans (no confundir con el no menos fabuloso Bill Evans del Kind of Blue, también blanco, también pianista). Este disco mantiene ese sonido de Big Band, es grande desde el principio hasta el final, sumamente elegante y refinado, un tantito cursi si se quiere pero con mucha precisión y gusto.

Tema Recomendado: “Miles Ahead”.

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4.- Workin’ with the Miles Davis Quintet (1959, OJC Records). En 1959, Miles Davis estaba cambiando el rumbo del jazz con discos muy tonales e introspectivos, entrándole con dulzura y elegante fraseo al llamadao jazz modal. Digamos que fue la primera etapa prolífica fuerte en cuanto a la creatividad decantada en discos por parte de Miles se refiere.

Lo que escuchamos en Workin´… es un álbum no oficial, con la alineación del quinteto clásico de Miles Davis, y con los no menos espectaculares John Coltrane en el sax tenor, Red Garlan al piano y Phillie Joe Jones en la batería. Este es el tercero de una serie de cuatro discos que tienen un elemento en particular: la lógica del conjunto en vivo, sus tonos y entendimiento al interpretar y frasear fue llevada al estudio y no al revés, como se tenía acostumbrado. Se dice con frecuencia que este disco es el ejemplo perfecto de cuando la excepción se convirtió en norma, por primera vez en la obra de Miles.

Tema recomendado: “It Never Entered My Mind”.

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3.- Sorcerer (1967, Sony).

A finales del 64, Miles pudo darle forma al segundo gran quinteto de su carrera, con el cual pasaría la estafeta del jazz cool, con fraseos más largos y dinámicos de improvisación, a una exploración roquera y ácida, derivada también de la influencia de Herbie Hancock y Wayne Shorter. En este disco escuchamos el refinamiento, elegancia y equilibrio del quintero en plena forma, con los primeros coqueteos a unas tonalidades más sofisticadas y ciertos atrevimientos “salvajes” en los solos. Es también el primer disco donde comenzamos a percibir de forma más clara, la pasión de Davis por la cultura negra africana y el voodoo.

En general, Sorcerer sugiere acordes relajados, tranquilos y hasta cierto punto clásicos, pero las rupturas y las experimentaciones están cada vez más sugeridas. Es un disco raro de Miles, de alguna manera: es íntimo y disfrutable de primeras de oídas, pero a su vez es un poco inconsistente, se cae con temas que no son para nada malos, pero que quedan desgarbados de la obra completa. Su falta de cohesión es su color y, por ende, se vuelve especial. El tema vocal que viene en el disco ha sido criticado en exceso, porque rompe el tono del disco de forma abrupta (“Nothing Like You). Sorcerer es, sin embargo, de menos muy intrigante. Lo que vendría para Miles después de este disco, sería una vorágine de experimentación, acidez, fusiones y extremos loquísimos, que no bajarían de ritmo y vértigo, por lo menos hasta el final de la primera mitad de los setenta.

Tema recomendado: “Vonetta”.

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2.- Get Up with It (Sony, 1974).

Para 1970, Miles había revolucionado una vez más a la música con el arriesgadísimo y obra maestra del jazz-rock por excelencia: el Bitches Brew, Toda una revolución. La música de los dos primeros años venideros a ese disco, son los más “locos”, por ponerlo en términos burdos: su música es caótica, frenética, oscura, hasta cierto grado psicótica, sobre todo lo grabado en el 72. Discos como el Black Beauty o el Live-Evil están impregnados de ese free jazz-rock con teclados solares, electrónicos y deschavetados que convierten a esa época una de las favoritas de muchas. Sus contrapartes aún más espesas, son los excelentes conciertos grabados en Agharta y Pangea, ambos del 75.

Para 1974, año en que salió el Get up with It, Miles Davis ya había recaído fuertemente en las drogas, especialmente enla cocaína, y estaba a punto de abandonar el mundo de la música por cerca de cinco años, tras su accidente automovilístico que le dejaría diversas complicaciones y dolencias posteriores.

Set up with It es originalmente un álbum doble,que recopila diferente sesiones de Miles, entre 1970 y 1974, en donde escuchamos a su ya mencionada alineación de lujo, más músicos de la talla de John McLaughlin, el fabuloso pianista Keith Jarrett o Steve Grossman, que desfilaron por la banda dentro de dicho periodo. El disco ha sido catalogado en muchos círculos puristas como una obra menor, mas en contraste, Lou Reed (q.e.p.d) o Brian Eno lo llegaron a considerar en algún momento, un disco fuera de serie y esencial para sus carreras.

De los ocho temas que componen este enigmático trabajo, hay uno que es sumamente especial, y de hecho es la parte fuerte e inicial, casi por lo que vale toda la pena escucharlo: “He Loved Him Madly”, un tema homenaje al recién fallecido pianista, Duke Ellington, en ese año. Un tour sonoro verdaderamente bizarro e hipnótico, que en la versión en vinil del disco ocupa los poco más de 32 minutos del Lado A del mismo. Una pieza sosegada, introspectiva si se desea y especialmente emotiva, que coquetea de forma discreta con elementos del ambient o el paisaje sonoro, sin serlo propiamente. Este álbum suele vérsele como el condensador de toda la carrera importante de Miles: el surfeo entre el jazz, el rock, el funk, la fusión africana y de Oriente Medio, el free, el soul y la psicodelia. Todo en un disco inconexo y emotivo. Una suerte de primer  cierre de la mejor etapa de Miles Davis. Tras su regreso, a la víspera de los ochenta, ya nada sería igual.

Tema recomendado: “He Loved Him Madly”.

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1.- Miles! Miles! Miles-Live Japan 81 (Columbia, 1992).

El regreso de Miles Davis incorporó a jóvenes funk-jazz a su sonido cromado, como sus trajes, y una ecualización difícil de bajos gordos, atiborrados de “slaps”, súper virtuosos, guitarras de solos fríos y metálicos, con baterías pulcras y “ponchadas”. Parecía que había perdido onda y que su adhesión a los sonidos de moda comenzaban a parecer trillados. Sin embargo, Miles, pese a sus dificultades y evidente deterioro en sus capacidades físicas, soltaba de vez en vez pequeñas líneas especiales, las necesarias, con trabajos, pero aún geniales. Uno de los pocos discos en vivo de esa época con ese decoro y consistencia.

Tema recomendado: “Jean-Pierre”.

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