Los estados latinoamericanos deben tratar al cine como una industria de la mayor relevancia, ofreciéndole apoyos que se materialicen en un sector dinámico y robusto.

 

 

Por Andrés Arell-Báez, CEO de GOW Filmes

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Que el Estado debe intervenir en la economía es ya un hecho inobjetable. Desde la crisis de 2007 en Estados Unidos y los multimillonarios rescates otorgados a las instituciones financieras, el debate sobre si se debe usar o no al Estado como participante en la actividad económica de un país llegó definitivamente a su fin.

La discusión real es, entonces, qué sectores deben ser los merecedores del favor público. El cine, desde nuestra perspectiva, debe ser sin duda uno de ellos por diversas razones, que van desde su rentabilidad como actividad económica, hasta el impacto favorable que la realización de proyectos culturales posee en el desarrollo y avance de las naciones.

En Estados Unidos, por ejemplo, el cine es el sector industrial con mayor valor de exportación, incluyendo todo el complejo militar industrial, según Tom Rothman, legendario CEO de la 20th Century Fox. En España, la industria cultural, dentro de la que el cine tiene el mayor peso, aporta un 3% del PIB, equivalente a 32.000 millones de euros. Valor superior  al aporte de un sector altamente subsidiado como lo es el energético.

Por otro lado, hoy en día, un país que busque ser relevante en el panorama internacional debe contar con una industria cultural, especialmente cinematográfica, de mucha jerarquía. Bien lo dice el Ministerio de Asuntos Exteriores de Corea del Sur: “Aunque somos el número 11 entre los países más ricos, estamos más allá del número 60 en relevancia cultural. Durante el siglo XXI esta disparidad puede ser un factor negativo en negocios globales”. Brillante razonamiento que llevó al gobierno de ese país a crear ayudas al sector cinematográfico por 500 millones de dólares, casi el mismo monto que destina Francia por medio del Centro Nacional de Cinematografía a su industria.

Queda claro, con todo esto, que los estados latinoamericanos deben tratar al cine como una industria de la mayor relevancia, ofreciéndole apoyos que se materialicen en un sector dinámico y robusto. Según un estudio realizado por la Organización Mundial para la Propiedad Intelectual (Ompi), las industrias culturales en Europa generan hasta el 6%del PIB, en Estados Unidos hasta el 8%, mientras que en América Latina tan sólo llegan al 4%.

Es que bien lo dice Alba Liliana Acevedo Díaz: “Esto indica que expresiones como el cine, pueden llegar a generar más utilidades que otras industrias en las que usualmente se invierte más dinero y de las cuales no se obtienen las retribuciones esperadas”.

Lo mejor que se puede hacer, bajo esa premisa, es impulsar medidas que canalicen recursos hacia el cine, entendiendo este proceso de inversión como una dinámica a largo plazo que redundará tanto en beneficios económicos con en la proyección de la identidad nacional de un Estado. Ejemplo de lo anterior, lo constituye el caso australiano. El hecho de que estrellas como Nicole Kidman, Sam Worthington, Naomi Watts, HughJackman, Russel Crowe, Cate Blanchett, HeathLeadger, Chris Hemsworth, Geofrey Rush, Hugo Weawing, sean todas provenientes de tierras australianas, no es producto de la coincidencia.

Desde los años setenta, Australia fomentó la producción cinematográfica nacional por medio de incentivos impositivos del 125% real sobre los inversionistas en proyectos de cine. Eso llevó a que miles de empresarios y ahorradores, atraídos por el hecho de que aseguraban una ganancia del 25%, decidieran poner su capital en las distintas producciones, generando una industria poderosa y vibrante, que nos ha legado una enorme cantidad de profesionales de gran renombre a nivel mundial.

La implementación de una medida de este tipo en nuestra región, de manera temporal y con disminuciones graduales del beneficio tributario, incrementaría exponencialmente los recursos que el sector privado destina para la industria cinematográfica latina. De forma complementaria, se podría aplicar una cuota para el apoyo cinematográfico, tal y como se usa en Colombia, con la que un porcentaje menor de todas las boletas vendidas de cine en el país iría al gobierno, como medio de compensación por el esfuerzo fiscal.

Así, el esfuerzo del sector público se enfocaría en apoyar a los productores, pudiendo ellos encontrar de manera expedita los recursos necesarios para sus proyectos, llevándolos a contratar a todo el inmenso y variado personal que se requiere. Y es que todo hay que decirlo: una de las principales razones por las que el Estado debe consolidar una industria de cine radica en el impacto sobre el empleo que ésta tendría.

Según cifras del Ministerios de Cultura y de la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales de Colombia, en países con una industria consolidada, cada película genera hasta mil puestos de trabajos directos e indirectos. En América Latina, quien hasta ahora la está desarrollando, el impacto es más bajo, creando entre 100 y 300 plazas de trabajo, sin contar el sector de transporte, de hotelería y de alimentos.

Por último, el cine es la manifestación artística, la representación cultural y el generador de comportamientos más poderoso que se haya inventado el hombre. Marshall McLuhan lo decía ya en la década de los setenta: “Cuando vino el cine, la totalidad del modo de vida norteamericano se convirtió en un anuncio interminable en la pantalla. Todo lo que llevaban, comían o utilizaban los actores y actrices se convertía en un anuncio más eficaz que el que nadie hubiera soñado jamás”.

Es por eso que todo el mundo, durante gran parte del siglo XX, se ‘norteamericanizó’. Como bien dijo Upton Sinclair: “Gracias al cine, el mundo se unifica, es decir, se americaniza”, convirtiendo a los ciudadanos de otras latitudes en seres que Ignacio Ramonet considera “transculturales”: un hibrido irreconocible que poseen una mentalidad norteamericana y un cuerpo, para nuestro caso, latinoamericano.

Por eso, además de todas las razones económicas anteriores, es que debemos construir una poderosa industria del cine latina: para representarnos, identificarnos y para que soñemos a través de él, en nuestro idioma y bajo nuestra propia idiosincrasia. Es que muy bien lo dice Herbert Schiller: “Una nación cuyos medios masivos de difusión están dominados por el extranjero, no es una nación”.

 

 

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