La carrera ya comenzó. La inteligencia artificial (IA) no es una ficción, es una realidad que está presente. Hay preocupaciones y a simple vista, se podría pensar que el ámbito académico es el más afectado. No obstante, esa sería una visión muy reduccionista. La inteligencia artificial está creciendo a niveles acelerados y se está convirtiendo en un tema de seguridad nacional. A medida que avanza la inteligencia artificial, muchas naciones están preocupadas por quedarse atrás y muchas instituciones buscan estar a la altura del reto.
Se entiende la urgencia. La inteligencia artificial está mejorando rápidamente. Tanto es así que este desarrollo acelerado podría remodelar la economía mundial, automatizar puestos de trabajo, impulsar la investigación científica e incluso cambiar la forma en que se libran las guerras. Los líderes políticos en el mundo quieren que las empresas de su país controlen la inteligencia artificial, y pretenden beneficiarse de su poder. Temen que si no construyen una poderosa plataforma de inteligencia artificial en casa, quedarán vulnerables y dependiendo de las creaciones de un país extranjero. A nadie le gusta estar en esa tesitura. Si esto es así, hay que poner manos a la obra.
La idea de que un país debe desarrollar su propia tecnología para servir a sus propios intereses, se está extendiendo. Las naciones que van un paso adelante, tienen preocupaciones en torno a lo que se debe hacer alrededor de la inteligencia artificial para que la herramienta no crezca como un monstruo de 100 cabezas que fomente el caos. Se trata de imaginar nuevas reglas del juego, de formar nuevas alianzas y de poner los puntos sobre las íes para estandarizar lo que serán las buenas prácticas en el manejo de esta creciente tecnología. Un código de buenas prácticas es una solución civilizada para los modelos de inteligencia artificial.
La Comisión Europea trabaja en el borrador de un código de buenas prácticas para proveedores de modelos de inteligencia artificial. Estados Unidos, tal vez el mejor posicionado en la carrera mundial en la materia, está utilizando la política comercial para aislar a China de los microchips clave. En Francia, el presidente ha elogiado a un proyecto de emprendimiento centrado en chatbots y otras herramientas que sobresalen en francés y otros idiomas distintos del inglés. Y, en Arabia Saudita, el príncipe heredero Mohammed bin Salman está invirtiendo miles de millones en el desarrollo de la inteligencia artificial y llegando a acuerdos con empresas como Amazon, IBM y Microsoft para convertir a su país en un nuevo e importante centro de negocios.
Lo cierto es que la inteligencia artificial forma parte de nuestra realidad y es necesario estar a la altura del desafío o corremos el riesgo de perder el control de nuestro futuro. En torno al desarrollo de la inteligencia artificial, las lecciones del pasado nos sirven. No me refiero a un pasado tan remoto, unos cuantos años bastan. Muchos países vieron cómo las principales empresas estadounidenses —Facebook, Google, Amazon— remodelaban sus sociedades, no siempre para mejor. Plataformas digitales han desarrollado precariatos —fuentes de trabajo con condiciones precarias— o han afectado la vida cotidiana de las personas. Pienso en empresas como Uber, Didi, Airbnb o Spotify que si hubieran tenido un código de buenas prácticas, se hubiesen evitado situaciones desventajosas y desequilibradas.
Hoy, queremos que la inteligencia artificial se desarrolle de manera diferente: más justa, más equitativa. El objetivo es capturar los beneficios de la tecnología. Todas las áreas del saber están convocadas, basta echar al vuelo la imaginación y pensar en sectores como la atención médica y la educación sin socavar la privacidad ni difundir información errónea.
La Unión Europea está liderando el impulso de la regulación. El año pasado, aprobó una ley para limitar el uso de la inteligencia artificial en los ámbitos que los responsables políticos consideraban los más riesgosos para los derechos humanos y la seguridad. Estados Unidos ha exigido a las empresas que limiten la propagación de los deep fakes. En China, donde la inteligencia artificial se ha utilizado para vigilar a sus ciudadanos, el gobierno está censurando lo que los chatbots pueden decir y restringiendo el tipo de datos con los que se pueden entrenar los algoritmos.
Las regulaciones de la inteligencia artificial son parte de una fractura más amplia de Internet, donde los servicios varían en función de las leyes locales y los intereses nacionales. No queremos un nuevo tipo de mundo tecnológico donde los efectos de la inteligencia artificial en tu vida pueden depender del lugar dónde vivas. Sería mejor tener un código de buenas prácticas que fuera universal. Aunque, podemos empezar por lo particular. ¿Cuáles son los primeros pasos?
Un código de buenas prácticas para modelos de negocios de inteligencia artificial debe centrarse en tres puntos nodales: transparencia, derechos y gestión de riesgos. Es urgente que nuestros códigos de buenas prácticas tengan en cuenta reglas vinculadas con derechos humanos en primera instancia y enseguida, con derechos de autor. Es imperioso que iniciemos identificando los riesgos potenciales para evaluarlos y preferentemente, para mitigarlos. Es primordial que haya transparencia que esté apoyada en la verdad, sustendada con datos duros y comprobables.
Lo que se busca, no es restringir el desarrollo y libertad de la inteligencia artificial. No, el objetivo final es que se generen directrices para dar un rumbo feliz, equitativo y justo. Para ello es preciso entender la naturaleza del tema, darle un propósito y plantear una meta común superior. Lo que queremos lograr es fomentar el desarrollo y la implementación de prácticas responsables que se apliquen a la brevedad para que todos sepamos qué es lo que es considerado correcto y qué es lo que no.
Parece muy complicado y tal vez no lo sea. Un código de buenas prácticas puede ser la solución para los modelos de negocios de inteligencia artificial. Un instrumento que nos dé claridad sobre lo que está bien y está mal hacer con esta herramienta tan poderosa.
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