Una de las tantas cenas programadas por Cofradía 19, que involucran a diversos artistas bajo temáticas diferentes en sitios distintos.

 

 

La comida es un recurso literario que en instantáneas nos conduce a diversas atmósferas, a entrar en empatía con los personajes creados por los escritores. Pero esto no sólo ocurre sobre papel; los autores comparten con sus lectores algunas aficiones y su amor por la comida. ¿Qué sería de Jorge Amado sin las plantaciones de cacao o de Proust sin las madalenas? Bajo esta idea, Cofradía 19 realizó una cena en colaboración con el chef Francisco Ocaña, la curadora Daniela Edburg y Tatiana Lipkes, editora de Mangos de Hacha, en donde el menú fue guiado por una selección de once personajes acompañados de mezcal.

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“Siempre haz sobrio lo que harías ebrio…”

Estar en el jardín de la casa de Alumnos 47 fue el primer momento; siete gatos corrían por nuestros pies mientras inauguramos el primer caballito de mezcal de Espíritu Lauro a media luz, la suficiente que escapaba por las ventanas. En ese momento, Allen Ginsberg llegó para compartir aquel Borsch que tomaba en los veranos de Nueva York. Nos llaman a cenar, vamos entrando al salón: una imprenta móvil, Edith Piaf, olores de tinta nos recibieron para tomar asiento.

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La fascinación de Hemingway por la trucha frita se trasladó a un pedazo de salmón envuelto en tocino crujiente, a lo cual Ernest suplica que esta fascinante combinación debe ser “crujiente por fuera y firme y rosa por dentro”. En un segundo momento, la dinámica fue taparnos los ojos con terciopelo negro; los cubiertos se volvieron inútiles, fue preciso llegar al plato con las manos extendidas palpando poco a poco la superficie. ¿Provolone?, ¿camarones?, y esa salsa ¿de qué es? Comer con las manos, sin ser observado, fue la oportunidad de pasear los dedos por la boca, hablar estando a la mesa aun con los desconocidos, para después darse cuenta que lo comido eran berenjenas con camarones y bechamel, una visita de Manuel Vázquez Montealbán que nos hizo interactuar y tener una introspección.

Era un día amenazado de lluvia. John Steinbeck y su fascinación por los hongos llegaron a la mesa a manera de un risotto; “lo que parecía un montón de cortezas de árbol ahora tiene el color de una deliciosa carne cocida, el café morado de la tierra mojada…”. Y las sorpresas continuaron en Academia 47. Llegó el gusto por los regalos, el rasgar las envolturas mientras se adivina el contenido… Para ese momento, F. Scott Fitzgerald obsequió lajas de pavo con paté como refrigerio.

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La interpretación de los platillos no puede ser tan obvia, mencionó Lipkes. El trasladar una imagen poética al plato, seguro no fue tarea fácil; “se procuró ser sutil y no tener una obviedad, el no explicar”, comentó la escritora. Mientras la portada de Sal y Papel, Antología de Recetas era impresa a un costado de las mesas, Ronald Johnson hizo una breve aparición con helado de curry, además de Emily Dickinson con un panqué de coco, para después dejar la ventila abierta, escuchar estruendos mientras campanas de vidrio humeantes encerraban panquecitos de limón, minicupcakes dulces, el espíritu de Silvia Plath, una poetisa y novelista que después de llevarle a sus hijos el desayuno decidió cruzar a otra vida con la cabeza dentro del horno de casa, mientras el gas ala arrullaba, “Morir es un arte, como todo. Yo lo hago excepcionalmente bien”.

Ésta fue una de las tantas cenas programadas por Cofradía 19, quienes deciden involucrar a diversos artistas bajo temáticas diferentes en sitios distintos. “Decidimos hacer esto porque el comer es un ritual social muy establecido. Lo que buscamos es romper con las expectativas del comensal. Comer algo distinto abre posibilidades inimaginables. A través de la comida, uno se puede cuestionar el entorno y a uno mismo”, finalizó Edburg.

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Para saber más de estas experiencias itinerantes visita Cofradía 19.

 

 

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Blog: GastronAutas

 

 

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