La coinversión propicia la competencia equitativa y tiene la virtud de que fomenta la transferencia de tecnología y las sociedades de conocimiento.

 

 

La implementación de contenido nacional en las leyes secundarias y el incremento de la meta de 25 a 35% es un paso en la dirección correcta, que demuestra que las preocupaciones de los empresarios mexicanos del sector hidrocarburos están siendo escuchadas.

De aprobarse las modificaciones, la nueva ley obligaría a que los proyectos que se detonen a raíz de la reforma energética, exceptuando aquellos de aguas profundas, se lleven a cabo utilizando insumos de origen local, lo que sin duda beneficia las cadenas de valor conformadas por las empresa mexicanas.

No obstante, dichas medidas no son suficientes si se pretende desarrollar empresas fuertes, que eventualmente tengan la capacidad de llevar sus productos y servicios a otras latitudes. Implementar cláusulas de contenido nacional es un primer paso, pero no evita que las empresas mexicanas sean relegadas a simples subcontratistas. Por ello resulta pertinente que las leyes secundarias sean complementadas con mecanismos que aseguren la coinversión nacional-extranjera.

Como su nombre lo indica, la coinversión nacional es un esquema que asegura que las empresas locales participen en los proyectos como inversionistas, es decir, como ‘partners’ o socios. Esa medida parte de la idea de que históricamente las empresas mexicanas se han enfrentado a condiciones muy distintas de las experimentadas por las empresas extranjeras. Estas últimas, por ejemplo, cuentan con activos y colaterales que les permiten obtener líneas de crédito, que en un principio no serán accesibles para las empresas mexicanas, ya que estas últimas han vivido en una industria hermética.

Como medida compensatoria, la coinversión nacional fija un porcentaje de participación mínimo de las empresas nacionales en los proyectos, buscando que éstas formen activos propios, que a la postre les permitan acceder a productos financieros, entre otro beneficios. Además de propiciar la competencia equitativa, otra virtud de la coinversión radica en que fomenta la transferencia de tecnología y las sociedades de conocimiento.

En una economía en que las empresas con presencia global marcan la pauta, resulta indispensable que los países huéspedes aprovechen la inversión extrajera de modo que ésta se traduzca en desarrollo tecnológico. Para ello se sugiere promover “participaciones minoritarias en el capital u otro tipo de participaciones distintas del capital social en las empresas locales”.

El modelo de la industria petrolera noruega, sin embargo, demuestra que la captación de inversión extranjera no está peleada con el desarrollo tecnológico. Durante la apertura de su sector energético, Noruega se enfocó en implementar acuerdos tecnológicos e intercambios de personal con las empresas trasnacionales, al tiempo que las instituciones y los proveedores de la industria local establecían acuerdos de cooperación. Hoy, la industria de exportación de servicios y productos de la industria petrolera del país nórdico supera el consumo doméstico que de por sí es elevado. Por ésta y otras razones, el modelo noruego de apertura debe ser estudiado. Aún es tiempo.

Si la reforma energética, cuyas leyes secundarias están en discusión, busca hacer de la industria petrolera una palanca de desarrollo de la economía, es indispensable establecer esquemas de coinversión que, como en el modelo noruego, incentiven la participación de los empresarios locales que pongan en marcha un proceso de industrialización que sea capaz de producir bienes y servicios con alto valor agregado.

 

 

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