Entramos en la parte final del año y del sexenio, y además nos encontramos en el preámbulo de una campaña electoral de épicas magnitudes. Nunca México había enfrentado una situación como ahora.

Primero, una serie de reformas en curso muy importantes que cambiaron tanto la administración pública como la forma de hacer negocios en el país, reformas que además están implementándose poco a poco y que representan un reto sobre una nueva administración pública para los candidatos de las elecciones, que creo que no se están dimensionando adecuadamente.

Segundo, la elección más grande en cuestión de número de puestos a elegir, más de 3,400 cargos públicos se votarán y, en su momento, serán puestos que cambiarán de manos, el mismo número de funcionarios públicos se quedarán sin trabajo o cambiarán de posición dentro del gobierno del país.

Tercero, hasta ahora, ya tenemos a tres candidatos presidenciales de los partidos mayoritarios, y estos son de diferentes características; tenemos de chile, de dulce y de mole, y nos faltan dos o tres independientes, por lo que, desde la lógica democrática, los mexicanos tendremos como en verdulería, harto donde escoger. Por otra parte, tenemos una serie de alianzas de partidos políticos nunca visto. Se están juntando, por un lado, supuestamente el agua con el aceite; por otro, todas las Iglesias contrarias a la grey católica más la izquierda radical; y, finalmente, por otro lado, todos los criterios centrales y oficialistas. Todo esto presenta escenarios que serán muy interesantes para que los ciudadanos traten de tomar decisiones cruzando las propuestas ideológicas con propuestas y perfiles de candidatos, si es que hay y se puede.

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Finalmente, nos enfrentaremos a dos grandes efectos de comunicación política: un bombardeo insufrible de anuncios de los partidos y los candidatos, con propuestas fáciles y promesas que quién sabe si se puedan cumplir; y una indiscriminada guerra sucia llena de “fake news”, mentiras y desacreditaciones en medios y redes sociales.

Todo esto en un ambiente muy complejo de nuestra relación con nuestros vecinos americanos, que insisten con su amenaza del muro, cambio de impuestos y cancelación del Tratado de Libre Comercio, más lo que se acumule por los odios de su presidente.

El panorama para el fin de año no es alentador, el espíritu navideño está perdido y quién sabe que nos depare el 2018, pero dentro de todo esto debemos de sacar fuerzas para enfrentar nuestro futuro. Confío en que a pesar de esto podamos encontrar un buen camino para dirigir nuestras vidas y actividades empresariales.

Aprovecho para agradecer a mis lectores su compañía y desearles que se cumplan sus deseos para este futuro 2018. Tomaremos unos días de descanso y estaremos de nuevo en enero enfrentando las vicisitudes que nos plantea el gran reto democrático de México.

 

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