Más allá del perímetro del fast-fashion en España se encuentra la alta moda independiente, y dentro de ella está el diseñador barcelonés Manuel Fernández, cuyas colecciones han recorrido las pasarelas de Cibeles, Gaudí y la Semana de la Moda de Nueva York.

 

Por Rab Messina

 

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Tras una primera iteración como diseñador puro y duro,  Manuel Fernández apuesta por la moda independiente con vestidos inspirados en las estrellas del viejo Ho­llywood; la crisis española, los ataques al World Trade Center y la madurez misma lo han llevado a repensar su carrera y usar la moda como vehículo emotivo. A través de Fashion Art, un proyecto itinerante en donde sus vesti­dos son un lienzo para artistas visuales de varios continentes, ha facilitado la autoexpresión tanto de creadores emergentes como de poblaciones marginadas. En 2015 la exposición tocará suelo dominicano. Como calentamiento, conversamos sobre Zara versus la realidad, el colador que ha representado la crisis para la moda y su relación con Latinoamérica.

A juzgar por las cifras, de forma aérea, la moda española está pasando un buen momento… Pero Adolfo Domínguez y David Delfín tuvieron que cerrar tiendas.

Aquí nunca cierran del todo; igual cierras la tienda, pero no cancelas la posibilidad de seguir desfilando. David desfiló en septiembre en la Madrid Fashion Week, lo que no tiene abierto es el taller con las modistas, pero quizá se las busca para tener talleres satélites. No conozco el caso exacto de cada diseñador, sé que usan fórmulas para seguir estando en el candelero.

 

–Entonces, ¿cómo distingues el ‘efecto Inditex’ versus la ‘moda de autor’?

–Todos lo hemos vivido. Justo cuando Zara empezaba a emerger, yo estaba en Barcelona y tenía dos tiendas en el centro de la ciudad. Ahí sus referencias éramos los jóvenes diseñado­res que luchábamos por buscarnos un hueco. En esos momentos, ya nos pasaba eso de ver que lo que había sacado yo lo tenían en el escaparate de Zara por cinco veces menos. Ahora, los fenómenos Zara, Mango y Desigual han socializado la moda, porque antes era para un grupo limitado de gente afortunada que podía gastar dinero, viajar y ser fashion. Ahora fashion puede ser cualquiera.

 

–En EU, cuando explotó la crisis, la clase alta limitó la ostentación en señal de empatía. ¿Qué sucedió en España?

–Aquí ha sido algo parecido, pero que se reco­nozca un poquito les molesta menos. Igual no es tan obvio como antes, que tenías que llevar todos los letreros de la marca por fuera. La gente presume de lo barato que le ha salido todo, pero luego no revela el precio del bolso o del coche. Está cambiando la sociedad.

 

─¿Por qué lo ves como algo positivo?

–Recuerdo que hace 15 años la meta era amasar cosas continuamente, por capricho. Ahora me he vuelto más sensible por el tema de Fashion Art, por estar más cercano a mujeres en Lati­noamérica que están al borde de la pobreza. Te das cuenta de que con mucho menos se vive mejor. Mucha gente empieza a sentirse así, a ver que el mundo no es tan frívolo. ¡O tal vez es la edad, que me estoy haciendo mayor!

 

─¿Por qué trabajas con Latinoamérica?

–En principio, el destino de Fashion Art era Nueva York, Bryant Park, en la Fashion Week, donde estuve de 2000 a 2005. Y bueno, justo en 2001… pasó lo que pasó con las Torres Gemelas. Yo había desfilado el nueve de septiembre, y el día 11 a las 11:00 de la mañana tenía cita con el Guggenheim de Nueva York. Claro que después del lío, ¿para qué hablar de eso? Nueva York sufrió un cambio radical y se fue todo al garete. Pensé que era un tipo de señal y me dije: “No es el momento de Nueva York, así que buscaré otro espacio”. Surgió entonces la posibilidad de hacerlo en Argentina, en el Museo Nacional de Bellas Artes. Fue un exitazo, tuvo unos 400,000 visitantes; iba a estar tres meses y me quedé seis. En 2013 eran 50 trajes, hoy ya son 250. La última exposición ha sido en Puerto Rico y ahora estamos preparando Bruselas. Estamos pensando llevar Fashion Art a Santo Domingo en 2015, al Museo de Arte Moderno, trabajando algo como Puerto Rico, con una mezcla de artistas veteranos y grafiteros, algo que hace unos años no me habría planteado. Pero, en general, mi concepto de vida cambió a través de Fashion Art.

 

─¿Aun siendo diseñador y lo que eso acarrea?

–Yo formaba parte de un grupo de diseñadores españoles de élite, privi­legiados por poder desfilar en Nueva York. Después de vivir caídas de torres, crisis y demás, decidí cambiar el rumbo de mi vida e irme hacia los museos. Viajar por Latinoamérica y trabajar con organizaciones no guber­namentales, haciendo obra social con ellas, me ha cambiado. Mis valores han cambiado mucho de cuando solo pen­saba en “qué delgada es aquella mujer”. Son fases; no quiere decir que no vaya a hacer colecciones prêt-à-porter, pero ahora el cuerpo no me lo pide.

“Un cliché que aplica mucho local­mente: El diseñador de moda no tiene un cúmulo de conocimien­tos que respalde sus creaciones. En Europa, sin embargo, ser este referente requiere pasar páginas para la izquierda.

“Latinoamérica está un poco más atrasada que Europa no en cuanto a diseño, sino en cuanto a concepto. Es un poco absurdo que haya tanta pasarela llamada Fas­hion Week; antes era más auténtica la moda cuando se llamaba qué se yo, Pasarela de Bahía. Eso está perjudicando la esencia de los diseñadores. Me parece correcto que mucha gente tenga oportunidad de hacer cosas, pero no se puede meter todo en el mismo saco, pues eso desprestigia lo que antes solo era para gente que tenía vocación. Ya en España ha habido una limpieza bastante importante con la crisis, porque diseñar es una voca­ción tremenda. Yo lo he vivido con mucha intensidad, y da rabia que venga un niñito que diga que hace collarcitos y ya es diseñador. Le pone un flequito a una camisa y ya se siente Galliano.”

 

–Pero hablando de las pasarelas españo­las, ¿por qué dada su calidad, Cibeles no es más popular mundialmente?

–Es un problema de presupuesto. Calidad de diseñadores hay, pero si no pueden pagarse los billetes de la número uno de Francia, de Nueva York, y si no traes prensa internacio­nal de verdad, no tiene repercusión. Si cada temporada los diseñadores españoles tuvieran dos o tres portadas en medios internacionales, tuviésemos un hueco en el mundo.

 

–Ustedes todavía están luchando contra el retraso social y creativo, en compa­ración con otras potencias de la moda europea, que representó el franquismo.

–Totalmente. Nos hemos ido recuperando porque la moda española todavía no está a la misma altura de la moda de París o Italia. Zara es el número uno en moda a nivel mundial, en tiendas y volumen de factura­ción, y es español… pero es anecdótico que sea español.

“No será una portada en Vogue, pero en Dominicana ya tenemos un puñado de diseñadores colo­cando piezas con celebridades estadounidenses como vehículo de promoción.

Si hay esos dos o tres talentos que pueden acceder a celebridades, habría que apostar por ellos y pagar­les una pasarela en Nueva York.”

 

–Para mí esa pasarela puede igual costar 5 dólares que 5 millones de dólares. ¿Cuánto te costaba desfilar en 2005?

–Mínimo 150,000 dólares, pero esos están mejor pagados que todo lo que te gastas en cualquier tontería, porque de alguna manera el mejor escaparate que hay es Nueva York, donde se mueve el prêt-à-porter. Esas son portadas y portadas que no se pagan con dinero. Aunque parezca mucha inversión, esa publici­dad es la más barata.

 

–Fuera de ser un negocio o un habilitador de la frivolidad, la moda puede ser un vehículo de autoexpresión. ¿Cómo has vivido eso con Fashion Art?

–Cuando llega la exposición al país hacemos un estudio con las autoridades pertinentes del tema social y vemos dónde podemos encajar. Durante el tiempo que está la exposición, me suelo quedar un mes en el país, y hacemos talleres con ellos. La mayoría de los colectivos con los que trabaja­mos nunca han ido a un museo y no saben bien lo que sucede ahí. Les explico la exposición, y luego ellos hacen un Fashion Art de alguna ma­nera, pintando un traje, cojines, delantales. Lo que intentamos con ellos es que se sientan ar­tistas y útiles. El que hicimos en Puerto Rico era con reclusas, que hasta llegaron con grilletes; no sabía cómo empezar a hablarles. Después de la jornada hicieron delantales y camisetas, y me decían que era la mejor experiencia que habían tenido en su vida, porque se habían sentido útiles. Las cartas de agradecimiento que he recibido son increíbles.

 

–¿Qué te parece lo que hizo Angelina Jolie con su vestido de bodas?

–Una amiga actriz, Loles León, me ha dicho: “¡Mira, la Jolie ya te está copiando!”.

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