Tal vez la cumbia sea la música que muchas veces han elegido, desde que ésta se inventó, los sectores populares para olvidarse del ajetreo diario, para olvidar penas y deudas, para vivir y armar su propia fiesta. Lo dice un cumbiambero.

 

 

Parece inaudito: estamos en pleno siglo XXI y, aún hoy, hay fundamentalistas, o, más bien, obtusos, que siguen viendo a la música folclórica o tradicional con menosprecio.

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Hablo de esos músicos (y críticos) que reniegan de su tradición, de sus raíces, que piensan en la academia como un todo; músicos (o críticos) que, incluso provenientes del pop o del rock, ignoran los vasos comunicantes entre lo que (neciamente) ha querido dividirse en dos mundos: la música culta y la música popular.

Y ni hablar de la sociedad en su conjunto, influida ésta por los gustos radiales y las listas chabacanas que, muchas veces, llegan desde las propias corporaciones —como si las ventas fueran sinónimo de calidad—, dejando en el olvido la música tradicional o folclórica que más bien tiende a ventas humildes.

Desde luego, escribo esto pensando en la riqueza musical de África; en el bastión que sigue siendo Brasil; o en el gran paisaje musical que muchos descubrimos (sobre todo durante la pasada década) en Europa del Este. También en el calypso proveniente de la zona caribeña. En Cuba con su son, su timba o su charanga. En Puerto Rico —con el añadido de Nueva York— y ese gran invento llamado salsa. En Colombia —la siempre Colombia— con su cumbia y vallenato… Aquí me detengo.

 

Desde hace algunos años, y sobre todo desembarcados del viejo continente, críticos y músicos han descubierto en la América marginal, en la América exótica, la riqueza musical que se esconde. Más que etnomusicólogos, arqueólogos de los sonidos que —sorprendidos por el desinterés y la indiferencia de las instituciones oficiales, así como por el menosprecio y el desdén muchas veces de la propia sociedad hacia este tipo de música— empiezan a escarbar en el pasado.

El resultado de esas aventuras no siempre es satisfactorio: compendios carentes de rigor; antologías complacientes para el consumidor casual; compilaciones para curiosos de la moda y lo kitsch. Vaya, recopilaciones que buscan satisfacer y complacer el mercado (global) actual.

Sin embargo, de vez en vez aparecen joyas musicales de esta índole; recopilaciones que, de verdad, no tienen parangón ni desperdicio. Pienso, por ejemplo, en el sensacional Colombia! The Golden Age of Discos Fuentes / The Powerhouse of Colombian Music 1960-1976, que Roberto Ernesto Gyemant elaboró para el sello Soundway Records. Aclaro: la oleada de estupendas compilaciones empezó con este disco, editado en 2007.

A éste le han seguido otros —igual de atractivos—, también en el mismo sello discográfico —propiedad éste, por cierto, del dj inglés Miles Cleret—; entre ellos están el excelente Palenque Palenque! Champeta Criolla and Afroroots in Colombia 1975-1991 (2010); el extraordinario Cartagena! Curro Fuentes & the Big Band Cumbia and Descarga Sound of Colombia 1962-1972 (2011); y, por supuesto, el impresionante The Original Sound of Cumbia. The History of Colombian Cumbia & Porro as told by the Phonograph 1948-1979 (2011).

Hablo, en fin, de compilaciones imperdibles, sumamente atractivas, que ayudan a dibujar y trazar una cartografía de la riqueza de esta música.

Por supuesto, a estas recopilaciones se suman también el sobresaliente The Afrosound of Colombia (Vampisoul, 2010), o el volcánico e incendiario Diablos del Ritmo: The Colombian Melting Pot 1960-1985 (de la discográfica Analog África). Abro paréntesis: incluso un proyecto como “Rough Guide” ha editado, y reconozco que con buenos resultados, su Rough Guide To Cumbia, publicado en febrero del año pasado. Cierro paréntesis.

Sí, se trata de compilados puntuales que asombran por sus repertorios inéditos, pero, también, por la seriedad y rigurosidad de sus contenidos. Investigaciones solventes que reivindican a la desairada (y menospreciada) historia de la música tropical colombiana.

Compilados, a fin de cuentas, bailables, dancísticos, de pulso apabullante, en los que queda algo evidente: el encuentro entre sonidos y ritmos de nuestra América Latina que nacieron con África en la memoria (ahí está la puya, el porro, la gaita, también el cumbiambe, el mapelé, el chandé). Por supuesto, se filtran asimismo los pulsos negros con caché (con el funk a la cabeza, el jazz, o la psicodelia) ajustados, todos, al molde colombiano.

¿Nombres? Mejor evitarlo: se cuelan aquí músicos conocidos como músicos que, en su momento, pasaron inadvertidos. Suelto algunos cuantos: Peyo Torres y sus Diablos del Ritmo; Andrés Landero; Alejandro Durán; Aniceto Molina y su Conjunto; Alfredo Gutiérrez; Juan Piña y su Muchachos; Lucho Yépez; Aníbal Velásquez y su Conjunto; incluso, ¡en uno de ellos se cuela la Sonora Dinamita!

Aquí abro otro paréntesis: Soundway Records ha dedicado, asimismo, discos completos a algunos músicos: imperdible es el de Lucho Bermudez y su Orquesta, o el fantástico Aquí los Bravos! The Best of Michi Sarmiento y su Combo Bravo 1967-1977 (ambos publicados en 2011). Por su parte, Analog África le dedicó un disco a don Aníbal Velásquez y su Conjunto, llamado Mambo Loco, en el que el maestro del acordeón muestra sus poderes. Cierro el paréntesis.

Lo dicho: compilaciones con ritmo pegadizo que invita al baile, con letras a veces insinuantes, otras divertidas; en todas, proximidad corporal, cachondería. Aquí está todo: instrumentación correcta y solvente; con célula rítmica de dos golpes y medio por tiempo; sexualidad flotante en cada canción. Y, por qué no, pasitos de caderas voluptuosas. Yeah.

Tal vez por eso —sólo tal vez—, la cumbia sea la música que muchas veces han elegido, desde que ésta se inventó, los sectores populares para olvidarse del ajetreo diario, para olvidar penas y deudas, para vivir y armar su propia fiesta. Como ahora, por cierto, lo hacen también las clases pudientes. Sólo mire a su alrededor.

Y pensar que aquí tenemos a los (endebles de sonido) Ángeles Azules, y ese griterio que ahora ocasionan. Ay, México…

 

 

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