Un estudiante de preparatoria comparte su experiencia sobre sus cuatro semanas alejado de las redes sociales y lo que aprendió de ellas.

 

Por Kai Falkenberg*

 

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La batalla constante entre padres e hijos adolescentes en estos días no se debe al uso del auto o por no regresar a una hora decente, ni siquiera es por hablar largas horas por teléfono. Se debe al tiempo que pasan en línea. Y aquí está la cosa, como adolescente, me he dado cuenta de que esta vez los padres están realmente en lo correcto. ¿Cómo llego a esta conclusión? ¿Recibí amenazas? No. Cuatro semanas sin internet. Pasé el mes pasado como consejero en un campamento de verano en zonas rurales de Nueva Hampshire. Completamente fuera de la red. Y ¿adivinen qué? Me encantó.

 

Todo el mundo lo hace, todo el tiempo

Un estudio realizado por Pew en 2012 concluyó que el 94% de los adolescentes utiliza Facebook, 31% utiliza Twitter, y 28% usa Instagram. Y estamos utilizando estas redes sociales un promedio de 1.6 horas al día. En mi escuela preparatoria en Nueva York, la mayoría de mis compañeros de clase, en vez de hablar cara a cara en el pasillo entre clase y clase, están absortos en sus teléfonos, enviando mensajes de texto, chateando o publicando fotos en Instagram. Obsesionados con su vida social en línea, evitan las interacciones del mundo real con sus compañeros incluso si están parados, literalmente, a un metro de distancia.

 

Es muy fácil, y muy satisfactorio

¿Por qué los adolescentes están tan obsesionados con sus perfiles virtuales? Ofrecen una recompensa inmediata. A los pocos minutos de publicar una foto en Instagram, un usuario puede obtener fácilmente más de 20 “me gusta”. Esto se ha convertido en un sustituto para el tipo de retroalimentación real que se utiliza para hacer que un adolescente se sienta popular. Sitios como Facebook e Instagram funcionan como una cafetería virtual en la preparatoria. En mi escuela, hablé con un par de estudiantes sobre el uso de redes sociales. Algunos tenían Facebook, muchos tenían Snapchat, y casi todos estaban en Instagram. Cuando le pregunté a una chica cuántos Snapchats envía al día en promedio, pensé, “veinte o treinta máximo”. Pero wow, desde que se unió a Snapchat siete meses antes, había enviado 24,000 mensajes, un promedio de 114 por día. Se comunica mucho más con la gente por esa vía que cara a cara.

 

Somos literalmente adictos

Los estudios demuestran que pasar tiempo en las redes sociales puede ser tan adictivo como las drogas,  y yo lo creo. Según una investigación realizada por el Dr. Delinah Hurwitz, profesor de la psicología de la Universidad Estatal de California en Northridge: “La gente se enganchó [a las redes sociales], debido a las endorfinas, una sustancia química producida por el cuerpo que actúa como un sedante, fluye a través del cerebro y el cuerpo de una persona cada vez que alguien responde a su post.”

 

Yo, desconectado

Este verano, me fui de Nueva York para ser consejero en un campamento de verano en las afueras. El lugar está ubicado en medio de blancas montañas, a veinte minutos de la recepción de telefonía celular más cercana y sin Internet. ¿Mi reacción inicial? ¡Maldición! Nada de mensajes de texto ni de correo electrónico. Sin Facebook.

Pero ¿adivinen qué? Me encantó. Fue lo mejor de la historia. Empecé a darme cuenta de que no extrañaba ver imágenes al azar y las estúpidas publicaciones (sin ánimo de ofender, pero lo son) de personas que sólo conocí una vez en una fiesta. O los días absorbidos por el Internet en donde de alguna manera tres horas simplemente desaparecen y todo lo que hice fue mirar en Facebook e inútiles videos en YouTube.

¿Qué hice en vez de pasar horas en Internet? Jugué Ultimate Frisbee e intercambié historias con mis amigos. Propuse hace parodias ridículas en el comedor, enseñé a los niños cómo navegar, escalamos, asusté mis campistas con historias de fantasmas, jugué dardos hasta bien entrada la noche e inventé nuevos juegos. Todo esto, sin redes sociales. No era virtual, era real. Y fue impresionante.

¿Mi consejo a los padres? No regañen a sus hijos por el tiempo que pasan en Twitter o Facebook. No se limite a decirles que se salgan de Internet. Eso no funcionará. ¿Qué sí lo hará? Denles ideas sobre lo que deben hacer en su lugar. Andar en bicicleta, ir de campamento, rentar un bote, vivir el mundo. Y que no lo pongan en Facebook o Instagram. Que les cuenten a sus amigos en persona, cuando vuelvan.

*Éste es un post invitado de Ethan Rosenberg,  un estudiante de segundo año de preparatoria en la Abraham Joshua Heschel School, en Nueva York.

 

 

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