En los tiempos actuales, la comunicación ocupa un papel fundamental para escuchar, evaluar, compartir y sentir a las audiencias, así que darle significado a la relación entre el gobierno y los internautas es una prioridad irrenunciable.

 

Internet es, sin duda –hasta ahora–, el medio que más dramáticamente alteró el sentido, alcance, gravedad y ritmo de las crisis en los medios de comunicación para los actores políticos.

Entre los factores más relevantes que demuestran la influencia creciente de la red en política destacan:

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  1. Velocidad. Una pieza de información se convierte en una realidad al ser compartida en tiempo real.
  2. Flujo e impacto. Historias, rumores, chistes, críticas pueden expandir sus efectos de manera ilimitada, incluso a audiencias al otro lado del mundo, completamente ajenas a los lugares y personajes que protagonizaron los hechos.
  3. Atracción. Al ciudadano le interesa compartir vivencias más reales, sin filtros, sin ediciones, sin censura, originadas por sus similares y con la oportunidad, espontaneidad y detalle como valores agregados.
  4. Comunidades activas. Existen grupos de usuarios organizados que regularmente buscan incidir en el flujo de la información, así como fomentar el interés sobre los temas, orientar el debate o simplemente expandir sus efectos.
  5. Credibilidad. Los ciudadanos en la búsqueda de información acceden a fuentes diversas, a las cuales conceden confianza y respeto en automático.

La red ha generado un mayor empoderamiento del ciudadano. Prácticamente cualquier persona es potencialmente un reportero si cuenta con los instrumentos básicos y la cobertura de red para generar información a través del canal más rápido de maneras entretenidas, novedosas, dramáticas e impactantes. Hasta los medios establecidos tuvieron que alterar sus formatos, contenidos y estilos para adaptarse, fusionarse y mantenerse al corriente de tales tendencias.

Ante los eventos desafortunados, incidentes, escándalos de corrupción y frecuentes desaciertos en el manejo de la imagen y protocolos resulta sorprendente la pasividad, desinterés e incapacidad mostrada por diversas áreas del gobierno para atender los efectos negativos de las crisis resultantes.

Aunque los efectos negativos en la percepción ciudadana son evidentes, las respuestas se apegan a los formatos obtusos y tradicionales: silencio e indiferencia, el comunicado o la conferencia de prensa, las explicaciones ridículas e inverosímiles, frases simplistas, el ocultamiento, la distracción y la espera del olvido ciudadano.

Los gobiernos de avanzada saben que responder a una crisis en redes sociales depende de mantener ideas novedosas, contenidos diversos y riqueza de imágenes en blogs, podcats, RSS feeds, fotos, videos y enlaces a recursos significativos. El uso de la red en materia política incluye la conexión, interdependencia y retroalimentación entre ideas, políticas públicas, posiciones, nuevas formas de expresión y las personas concebidas como usuarios de servicios públicos, electores, simpatizantes, opositores y/o críticos.

En los tiempos actuales, el liderazgo político debe coincidir, o al menos acercarse, al liderazgo comunitario en redes; las cualidades de dirección, capacidad de influencia, reputación, cercanía y fortaleza deben mostrarse efectiva, mediática y virtualmente.

Perder la batalla en redes sociales es consecuencia de la insistencia, oblicuidad y amaurosis de quienes desarrollaron un personaje en lugar de potenciar la personalidad y carácter de un actor político; de quienes no informan a detalle y de manera imparcial y autocrítica a sus clientes; aplicando principios de telenovela que nunca podrán imponerse a una realidad cotidiana.

El poder político es contundente: no admite ensayos; aplasta a quienes no lo merecen; consume la energía y vitalidad del actor cuando no puede ejercerlo; la expectativa ciudadana desgasta y reduce el margen de maniobra del líder si éste no da muestras de su vigencia.

Si el poder no puede comunicar con contundencia, merma, reduce y finalmente se vuelve en tu contra o se extingue. Es un absoluto: se tiene o no se tiene; no admite mediocridad ni conformidad. Es soberano, nadie igual a ti en lo interno y nadie superior en lo externo. Como en la física, si pierdes tu espacio en medios, otro actor lo ocupará desplazándote; tus silencios y ausencias los llenarán otros en tu nombre.

El celo del poder requiere de permanente atención; no cuenta ni con escenarios, risas o aplausos grabados; no es un formato de pantalla que puede dejar de lado el contexto ni la coyuntura; no se ajusta a un script; es imprescindible contar con habilidades y capacidades, y demostrarlas diariamente; la realidad política la ven todos, no sólo los que prefieren un canal o una serie, por lo que sus reacciones no pueden ser controladas, y si tienen coraje e ira, nadie puede pedirles que se lo guarden.

La red es caótica, multidireccional, libre, independiente e informal, y como una moderna hidra, hay que saber entenderla. La expectativa ciudadana no es de un final feliz, sino de resultados concretos, tangibles, sostenibles. La política pública no es una ocurrencia; el impacto de un programa social no se mide en rating sino en estadísticas claras y precisas. El respeto del ciudadano hay que ganarlo, merecerlo y mantenerlo; hace falta autoridad moral para ejercer influencia, tener credibilidad y sumar voluntades. El líder político es un motivador; su estado de ánimo, sus actitudes, sus comportamientos y el respeto a las normas influyen en los atributos que la gente le concede y en las reacciones que genera.

Las instituciones de la República se sostienen por la vigencia de sus principios, la legitimidad de quienes las encabezan, y por el ejercicio democrático de los derechos y obligaciones incorporadas en ellas. En una democracia moderna, la comunicación ocupa un papel fundamental para escuchar, evaluar, compartir y sentir a las audiencias; darle significado a la relación entre el gobierno y los internautas es una prioridad irrenunciable.

 

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Página web: Capitol Consulting & Communication

 

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