Una de las primeras escuelas de pensamiento que estudió a los medios de comunicación y los efectos sobre la conducta de la población fue el funcionalismo, un conjunto de teorías cuyo fundamento principal eran las hipótesis psicológicas de la conducta y que, en esencia, explicaban que, si los medios de comunicación enviaban un mensaje, este podría cambiar la conducta de los receptores. Si hubiera necesidad de ubicarla en una zona geográfica, claramente podría ser Estados Unidos.

En aquel entonces, los medios de comunicación como la prensa impresa, la incipiente televisión y la radio, principalmente, eran los medios de comunicación masiva más importantes de la época.

Dos grandes acontecimientos impulsaron el desarrollo de la investigación en medios: el ascenso del régimen nazi en Alemania y los procesos electorales en Estados Unidos.

A los estadounidenses les preocupaba la forma en la que el 3er Reich se había levantado tan rápidamente y la forma en la que se había construido la figura de un líder tan carismático como Hitler. Detrás de ello, estaba Joseph Goebbels, un estratega de los medios que utilizó todos los recursos a su alcance para construir un discurso sobre la grandeza el pueblo alemán y el destino que estaban cumpliendo.

Y, por otra parte, intuían que una campaña adecuada con mensajes mucho más complejos y segmentados, podrían cambiar el rumbo de las elecciones, haciendo candidatos mediáticamente atractivos y populares y con grandes posibilidades de ganar.

Hoy sabemos que eso es verdad, no importa que 80 años hubieran pasado, el principio sigue siendo el mismo.

Un efecto similar sucede con las redes sociales: una buena estrategia puede colocar no sólo un producto o servicio en la conversación pública digital de las personas, también puede hacer lo propio con un candidato, una iniciativa de ley, un funcionario público o un tema cuyo interés se mantuviera sólo en un segmento.

Las estrategias de posicionamiento digital requieren un conocimiento profundo de los algoritmos de distribución de contenidos, de los formatos permitidos, de la segmentación de públicos, de las pautas comerciales, de SEO y de calendarios de contenido.

Pero también requiere un conocimiento especializado del lenguaje de las redes sociales, de la discursividad digital y de sus propias maneras de expresarse, de entender a las audiencias y de conocer las reglas no escritas de la comunicación mediada a través de las redes sociales.

La combinación de ambos elementos, la parte técnica y la discursiva, han posicionado cientos de temas en la agenda pública, en muchas ocasiones de forma artificial, gracias a bots, cuentas semiautomatizadas, pautas con medios inexistentes y mucho más. En muchas ocasiones con dinero público.

Por ello, cada vez que sospechosamente aparecen temas en tendencia en la agenda pública sin que existiera un antecedente mediático o sin que las personas estuvieran hablando o mencionándolo, es muy probable que se encuentre impulsado de forma artificial.

La comunicación pública y política en las redes sociales cada día resulta más sospechosa, puesto que aparecen y desaparecen temas de forma continua, lo que representa también un atentado contra la libertad de expresión y de acceso a la información. De repente, la clase política convirtió un espacio de expresión y discusión en un campo minado, donde cada vez es más difícil encontrar información confiable y opinar sin que esto detone una serie de polarizaciones que, en la práctica, de nada sirven.

 

Contacto:

Correo: [email protected]

Twitter: @sincreatividad

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

Siguientes artículos

Adultos mayores y el momento de la covivienda
Por

El “cohousing” demanda importantes cambios como una mayor apertura a nuevos modelos urbanos y arquitectónicos, con un én...