Conoce mucho más de Toronto de lo que cualquier turista puede conocer. Camina sin rumbo fijo con el autor de este blog por una ciudad que se resiste a ser sólo un atractivo para turistas.

 

 

Debido a mi trabajo, la gente a veces me pregunta cuáles son las 5, 10 o 20 cosas que no pueden perderse de una ciudad. La verdad es que nunca sé qué contestar. A veces hago listas porque una revista me paga por ello y en ocasiones me piden que limite la experiencia de un viaje a un “36 horas en…”, e incluso a un directorio lleno de teléfonos y páginas web —que acabo sacando de Internet. Pero si tuviera que recomendar lo que más me gusta de una ciudad, sólo escribiría: “Camínala, piérdete y trata de ver todo lo que puedas”.

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Toronto es un buen ejemplo: es una ciudad que nunca sé describir y que se resiste a entrar en el cajón de las recomendaciones fáciles. Claro que tiene la altísima torre CN y que se pueden decir decenas de adjetivos sobre sus encantos, barrios pintorescos, hoteles de lujo, su multiculturalidad y su deliciosa comida. Pero eso lo tienen muchas otras ciudades.

 

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La parte de Toronto que recuerdo es la gente corriendo desde muy temprano, atravesando la avenida con su café en mano, esquivando los autos y saltando las obras públicas —en Toronto siempre se está construyendo un nuevo edificio o remozando una calle. Las vialidades como Front St están llenas de rascacielos, con fachadas de todas la décadas. Los edificios más nuevos son de cristal y acero, los más antiguos tienen hermosas fachadas de cantera, remates y adornos —y hay una franja de edificios impersonales de los años 70, que tienen sus días contados frente a los nuevos rascacielos “de diseño”.

Muchos de estos edificios están conectados por pasajes subterráneos, especialmente útiles en invierno, donde los ejecutivos van en patines, sosteniendo hábilmente el teléfono con la cabeza mientras hablan, cargando un maletín en una mano y una charola con cafés en la otra.

Cuando todos están en el trabajo el centro de la ciudad cambia, algunos salen a correr por el hermoso malecón que da al Lago Ontario, las señoras pasean en carriolas a sus hijos y los cafés se llenan de freelancers trabajando en sus computadoras. Aquí la ciudad parece tranquilizarse, pero no por mucho tiempo, a las 5 de la tarde los edificios corporativos se vuelven a vaciar, a esa misma hora el sol va dejando de iluminar los edificios, recorriendo calle por calle e iluminando con una luz dorada los techos y fachadas de los rascacielos.

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Más tarde —si el visitante tiene suerte— comienza el partido de béisbol del equipo local de los Blue Jays. Como en una peregrinación, los fanáticos caminan la misma avenida Front para subir las rampas y llenar el Rogers Center con sus playeras azules y sus vasos enormes de cerveza. ¿Qué ha pasado en la cuarta entrada? ¡Qué importa! Si en las gradas los niños iniciaron una guerra de palomitas de maíz y la cámara del estadio está mostrando a la gente que haga el baile más gracioso.

Toronto tiene restaurantes increíbles, para gourmets, gourmands, conocedores, sibaritas, exquisitos… pero de nuevo, eso también existe en otras ciudades. Por otro lado, los Hot Dogs que venden a la salida del estadio si son algo único. Los carritos se disputan a los clientes ofreciendo diferentes tipos de salchichas: vegetarianas, de res, de cerdo, de ave o con aderezos de la casa, mostaza artesanal y diferentes salsas.

¿Qué se puede hacer en Toronto? Un sinfín de actividades muy bien enlistadas en sus sitios de turismos como www.seetorontonow.es, pero me quedo con las caminatas sin rumbo fijo por una ciudad que se resiste a ser sólo un atractivo para turistas.

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