Dentro del universo fílmico creado por Marvel pocos personajes han tenido un arco narrativo tan satisfactorio como el Capitán América, al menos en sus películas en solitario, las de equipo son de chocolate para todos los involucrados.

La primera aparición de Chris Evans en el traje de látex rojo, azul y blanco allá por el 2011, apropiadamente titulada El primer vengador, ponía a Steve Rodgers en su punto de inicio: como un ferviente norteamericano deseoso de luchar por su país en la Segunda Guerra Mundial. Una vez ahí se vuelve parte importante de la propaganda (fuera y dentro del campo de batalla) de su país, hasta que queda congelado después de salvar al mundo de un gran mal.

Para El soldado del invierno (2014), la confianza del Capitán en las instituciones de su país, centralizadas en S.H.I.E.L.D., había comenzado a erosionarse. Lo vimos cuestionando a los altos mandos, algo que inicia al final de Los vengadores (2012) cuando los líderes del mundo libre reflexionan sobre bombardear Nueva York. Así al final cuando la agencia se descubre sucursal de Hydra, su contraparte malvada, se vuelve lógico que Rodgers ayude a derrumbarla desde los cimientos (de manera literal y filosófica).

La acción en Civil War arranca con un nuevo grupo de Vengadores comandados por el Capitán en medio de una misión en Lagos, Nigeria. Un traspié durante ella provoca un accidente y la ira del mundo, ya bastante cabreado gracias a la desorbitante destrucción de Nueva York (por una flota extraterrestre) y Sokovia (por un ejército de robots).

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La ONU ve en la necesidad de intervenir, mezclada en partes iguales con la culpa de Iron Man, proponiendo un tratado que pondrá a los superhéroes bajo su supervisión y dirección. Aquellos que no acepten deberán retirarse o ser considerados parias, casi criminales. Nada como un poco de vieja “desobediencia civil” para hacer avanzar una película.

A lo largo de tres películas vemos como una de las figuras más americanas del canon lleva la penitencia en el nombre, se aleja del “establishment” hasta rechazarlo y combatirlo abiertamente. El hijo de las ideas norteamericanas más patrioteras, se aleja de su centro para analizar y juzgar a su país con un poco de perspectiva. Una separación que ayuda a valorarlo como individuo, más allá de los colores de su escudo, porque hace mucho que los enemigos

Por eso resultan adecuadas las lecturas sobre la forma en que el Universo Marvel juzga y lee (al menos por momentos) los ocho años de gobierno bajo la tutela de Barack Obama, donde el ejército (a ras de tierra o a distancia) desaparece a los enemigos del gobierno. Debe o no haber supervisión externa en ese tipo de decisiones.

Ése es el meollo del asunto, representado en esta ocasión por un choque de hombres con habilidades especiales. Las decisiones propias de un blockbuster, legendarias desde que George Lucas se negó a matar a Han Solo en los 80 porque los niños no compran figuras de muertos, hacen mella en los alcances finales de la película. Sumado a que se trata sólo de un episodio más.

El sufrimiento no lo es tanto, aunque el subtexto siga presente.

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