México –al igual que el resto del mundo emergente– tendrá que despertar pronto y empezar a vivir la nueva realidad de condiciones monetarias normales. La aprobación de las reformas, por sí sola, es insuficiente para poner a la economía en una trayectoria de mayor crecimiento.

 

Las ya tradicionales y continuas revisiones a la baja de los estimados oficiales de crecimiento tienen que ver con las expectativas optimistas generadas por el mismo gobierno y el banco central, y en parte también se deben al cambiante entorno internacional.

Sin embargo, el optimismo original en las expectativas oficiales es el resultado directo de una sobrestimación del impacto de las reformas y una subestimación de la debilidad estructural de la economía. De hecho, el diagnóstico oficial no reconoce que la economía mexicana continúa sufriendo de debilidades estructurales e ineficiencias acumuladas en el pasado.

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Los estimados optimistas dan la impresión de que se tuvo la creencia de que la aprobación de las reformas, por sí sola, era suficiente para poner a la economía en una trayectoria de mayor crecimiento. Al parecer, inicialmente se olvidó que los cambios estructurales toman tiempo para incrementar la capacidad productiva de la economía, hasta que la realidad reciente obligó a cambiar el discurso para demandar paciencia.

Definitivamente, el entorno internacional también ha jugado en contra de la tan proclamada “alineación de las estrellas” que se escuchó repetidamente al inicio del gobierno. En particular, la recuperación de la economía estadounidense ha sido más lenta de lo esperado, la recesión europea se ha prolongado y la desaceleración china se ha complicado. A ello hay que agregarle que la baja en el precio de las materias primas está confirmando que es un evento más permanente que transitorio.

Hay que recordar que hasta el año pasado las autoridades mexicanas todavía veían que el ajuste en el precio del petróleo era temporal, por lo que se resistían a implementar ajustes fiscales preventivos. Fue a principios de este año cuando la cruda realidad forzó a aceptar que la tijera presupuestal tenía que ser desempolvada por el presente gobierno.

Desafortunadamente, dado que la reforma fiscal en marcha no redujo la dependencia de las finanzas públicas con respecto al petróleo, la economía continúa sujeta a los vaivenes del precio del petróleo. Precios bajos del petróleo son la nueva norma que obligará al gobierno a aprender a vivir con austeridad, si y sólo si se asume el compromiso de responsabilidad fiscal. De lo contrario, la prolongación de la indisciplina fiscal va a poner en riesgo la estabilidad macroeocnómica.

Ciertamente, México está un paso adelante con respecto a otros países latinoamericanos, ya que cuenta con reformas aprobadas y puestas en marcha. Esto será de ayuda para la economía en el mediano y largo plazo. Sin embargo, el impacto económico de las reformas será menor al esperado, y mucho menor al proclamado originalmente por el gobierno, dadas las modificaciones y reducciones que se hicieron para poder sacar el producto final.

México cuenta con 11 reformas estructurales, dice el discurso oficial. Sin embargo, lo que cuenta no es la cantidad sino la calidad de las reformas. En este sentido, el impacto económico de dichas reformas va a depender de la profundidad de los cambios que produzcan en la estructura de la economía y de las instituciones. Hay que recordar que no sólo la economía necesita reformas; también el sistema político, el social, de justicia y seguridad, las instituciones y la política macroeconómica.

Finalmente, México –al igual que el resto del mundo emergente–tendrá que despertar pronto y empezar a vivir la nueva realidad de condiciones monetarias normales. De la misma forma que el país disfrutó del exceso de liquidez global en los últimos años, ahora tendrá que empezar a vivir el comienzo del fin de la era del dinero barato y abundante.

 

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Página web: Alfredo Coutino

 

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