El 2016 fue verdaderamente convulso y no pretendo ponerle palabras a un periodo que nos mostró una realidad innegable: hace muchos años, me atrevo a afirmar incluso que hace una década, que dejamos de entender un aspecto ordinario, pero tremendamente fundamental para la construcción de nuestra sociedad y del órgano de las naciones: lo que la gente realmente quiere.

Y no he escuchado a un solo analista en temas económicos, políticos y/o sociales que no señale que el 2017 será un año complicado y que sin duda se ve cuesta arriba: Donald Trump asumirá la presidencia de su país el 20 de enero; el panorama económico para México será complicado; la gasolina aumentará de precio sin que entendamos muy bien a qué se debe y cómo es que va a funcionar el libre mercado de los energéticos en nuestro país; las posturas de Rusia y de Estados Unidos sobre la proliferación nuclear y una nueva carrera armamentista (lo que ha dicho China también al respecto); el terrorismo que sigue azotando con violencia absurda muchos países del primer mundo y otros muchos casos que pocas veces nos enteramos; la crisis humanitaria en Siria; la inmigración que seguimos sin entender y por lo tanto sin trazar una ruta de solución integral; el descontento social y político en México, la desigualdad y la corrupción que son cosas de todos los días en nuestro país.

Y ante este panorama la realidad es que, como las tortugas, dan ganas de esconder la cabeza dentro de un caparazón, o quizá quedarnos en el letargo de los días de descanso que vienen con las fiestas de fin de año. Pero las cosas no son así y el 2 de enero llegará inevitablemente para nosotros, como para todo este mundo que ha decidido meterse en una vorágine que bien a bien no entiendo, pero que no parece que nos vaya a llevar a una evolución positiva como seres humanos.

Porque lo que no podemos hacer es pensar desde hoy que nos espera un panorama negro y crudo, horrible y desolador. No podemos pensar eso porque no tendríamos entonces lo que se requiere para construir, lo que sea que queramos construir íntima y personalmente en cada una de nuestras vidas, y tampoco edificar nada que sea ejemplo y legado para nuestros hijos. Y para eso se necesita inspiración y se necesita esperanza.

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La inspiración es aquello que logra tirar los hilos de nuestras emociones y por lo tanto impacta en nuestro actuar. Es lo que permite que las ideas lleguen a nuestra cabeza y se transformen en planes, estrategias, rutas de acción. La inspiración es lo que se requiere para leer, para escribir, para hacer cálculos matemáticos, para enseñar y para estudiar. La inspiración es necesaria en la cocina, y en el taller, en el campo y en las fábricas, en los estudios de arte y en los de música. La inspiración como base para la toma de decisiones, para la cimentación del quehacer público y político. Somos una generación muy poco inspirada porque todo lo tenemos a la mano, a nuestro alcance, porque hemos sometido un bloqueo a nuestra creatividad, porque muchas veces acusamos de sensiblería todo aquello que, según nosotros, no provenga de un análisis crudo y sistémico de la realidad.

La inspiración como punto de partida para darle un enfoque distinto a nuestras vidas y a nuestras decisiones. Inspiración que encontraremos todos los días en hallar alegría en nuestro trabajo, en procurar a nuestras familias, en acercarnos a nuestros amigos, en atender la alarma del despertador a la primera, en dejar de criticar todo el tiempo y leer un poco más, en sacar de los cajones del escritorio, o de los compartimentos de nuestra mente, aquel proyecto que por desidia, miedo o pereza no hemos podido o querido concretar. Inspiración que solo llegará a nosotros a través de la toma de decisiones que se han postergado. Inspirar a través de saber lo que es necesario hacer y simplemente hacerlo.

Y con la inspiración vendrá la esperanza. La esperanza de saber que se pueden llevar a cabo cambios sustanciales que tengan impacto en nuestras vidas y en la de los demás. Porque por más complicado que pinte el próximo año, es el año que está tocando a nuestras puertas y el que nos tocará vivir. Ninguno de nosotros puede eludir eso. Recibamos al 2017 con inspiración y esperanza. Dejemos que, por esta ocasión y a diferencia del 2016, seamos nosotros los que con nuestros pensamientos y acciones lo sorprendamos a él.

Feliz Año Nuevo a todos y hasta el próximo martes…

 

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