Existen películas que dejan un sabor de déjà vu. En algún punto es posible saber cuándo el fantasma aparecerá o el momento exacto en que los muebles se van a mover. Incluso cómo es que los expertos/víctimas/observadores van a sortear sus problemas. Las vueltas del guión son una carretera tan conocida que es posible evitar todos los baches. Hola, dulce monotonía.

En los primeros minutos de El conjuro 2 (The Conjuring 2: The Enfield Case, 2016), vemos a Lorraine y Ed Warren (Vera Farmiga y Patrick Wilson) intentando resolver el caso de Amityville (donde un joven asesinó a toda su familia y después acusó al diablo de incitarlo). Ahí Lorraine tiene una extraña visión sobre su pareja y decide que lo mejor es colgar las vibraciones psíquicas por un rato, aun cuando la gente ponga en tela de juicio los resultados de sus investigaciones.

Al otro lado del mar, Peggy Hodgson (Frances O’Connor) es una madre soltera que intenta criar a sus cuatro hijos con unos pocos centavos. Corren tiempos de Margaret Thatcher, la cosa no va a mejorar pronto. Una noche la más pequeña de sus hijas juega con una ouija casera, parece no funcionar y el pecadillo queda ahí. Tiempo después extraños sucesos comienzan a apoderarse del hogar de los Hodgson. Es inevitable que la narrativa de los Warren choque de frente con este caso.

El conjuro 2 sufre de las mismas dolencias que otras franquicias, su director James Wan lo sabe porque en los últimos años se ha especializado en ellas (Saw, Rápido y furioso, La noche del demonio). Buscando amplificar los aciertos de la primera parte, evita salirse de la línea pintada anteriormente.

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Estamos, de nuevo, ante una película de terror que se significa por la relación de sus mujeres. Desde Lorraine temiendo por la vida de su marido, a la presencia demoníaca disfrazada de monja, sin olvidar a las chicas Hodgson. Son ellas quienes dan voz, forma a la manera en que el terror se representa. Hasta la psicóloga encargada de desacreditar el caso teme encontrar respuestas más allá de la ciencia, aunque lo enmascara con agresividad.

Asimismo ahí están las citas de estilo a las películas de William Friedkin o a clásicos como Amityville y The Entity, como marcas en un mapa que se nota gastado por el uso. Quizá lo soso de repetir la receta se deba a la injerencia de más manos en el guión. A los dos guionistas originales (Chad y Carey Hayes) se suman par de manos más (David Leslie Johnson y el propio Wan).

Tantos involucrados parecen haber difuminado el “punch” en la historia y los diálogos en general. Basta escuchar a Ed Warren decir “Sé que te lo prometí cariño, pero tengo que hacer esto” para comprobar el nulo despegue de la secuela.

Un cita para reflexionar desde el Hindustan Times (de la India), cortesía de Rohan Naahar: “Tal vez la mejor metáfora para esta película sea su propio antagonista: un jubilado cascarrabias de 72 años llamado Bill que murió viendo televisión en su antiguo sofá.”

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