La violencia se manifiesta en nuestra vida cotidiana de muy diversas maneras, tantas que nos hemos vuelto insensibles para captarlas, asumiendo como ‘normales’ las muchas formas en que somos violentados, y violentamos a quienes nos rodean.

Pero también se hacen grandes esfuerzos para desarrollar acciones ante las diversas manifestaciones de violencia, sin que como ciudadanas y ciudadanos logremos sentir que nuestras familias están seguras y protegidas y sin que podamos abandonar esa sensación entre inquietud y miedo que acompaña a una parte importante de la población.

La realidad es que a pesar de los incrementos en la inversión pública y personal para procurarnos mayor protección, no logramos sentirnos seguros. Y nos hemos acostumbrado a esa sensación a tal grado que nos parece normal.

La violencia en nuestra cultura es algo estructural, es producto de la inequidad, la exclusión, el individualismo, la competencia, la parcialización del ser humano y la apropiación; es el resultado de las necesidades no resueltas, el modelaje que transmitimos en lo individual y como sociedad, y el nivel de estrés al que estamos expuestos.

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Para estar en condiciones de revertir ese impacto y de sentar las bases para generar formas de relación libres de violencia, es fundamental reconocerla y asumir la responsabilidad que nos corresponde en su reproducción.

No basta con desarrollar acciones orientadas a modificar la conducta y a disminuir la violencia directa. Estas acciones, como la prohibición, la represión y el encarcelamiento, si bien pueden cambiar la situación inmediata, lo que generan a mediano plazo es un incremento de la presión, que lleva a elevar los índices de violencia y a manifestaciones cada vez más radicales y con mayores impactos.

Se trata, entonces, de generar cambios profundos de conciencia que nos orienten hacia un cambio cultural en la manera en la que concebimos la vida, un cambio que nos permita retomar el cuidado y la protección como formas básicas para manifestar nuestro interés por quienes nos rodean y por la naturaleza; un cambio que promueva relaciones cada vez más respetuosas, cada vez más colaborativas, cada vez más equitativas y cada vez más incluyentes; un cambio que, mucho más allá de la tolerancia, fomente la pertenencia sin condiciones y valore las diferencias para el enriquecimiento de los espacios comunes.

Esto nos implica revisar los patrones de crianza y socialización que hemos legitimado y resignificar lo humano desde la ternura, la empatía y la compasión, desarrollando un profundo respeto por nuestra integridad y por la integridad y la legitimidad del otro, en donde lo normal sean las posibilidades para crecer y ampliar nuestra perspectiva y para relacionarnos con respeto y atención.

Significa admitir los conflictos y aprender a resolverlos desde la consideración y el cuidado. Involucra concebirnos de manera holística, valorando, ejerciendo y disfrutando de nuestras capacidades físicas, intelectuales, emocionales y espirituales. Comprende una acción decidida en la búsqueda de una sociedad más justa que reconoce los derechos humanos y las libertades fundamentales y que promueva una interacción que es válida para todos.

Lograr la construcción de espacios cada vez más libres de violencia a través de este cambio cultural y de conciencia será el resultado de una acción articulada entre todos los actores sociales, en donde el gobierno, las empresas, las organizaciones de la sociedad civil, las organizaciones sociales y los distintos sectores de la población asumen su responsabilidad sobre las condiciones que hemos construido en conjunto, contribuyendo en concordancia a generar esos espacios equitativos e incluyentes que se requieren para mantener nuestra vigencia como especie en el planeta.


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