La primera vez que escuche el término ‘inversión térmica’ fue en 1977. El doctor Enrique Tolivia, entonces director general de Saneamiento Atmosférico de la Secretaría de Patrimonio y Fomento Industrial, era nuestro maestro titular y dos veces a la semana teníamos asignatura con él. Dos horas que aprovechaba para hablarnos de la vida, de cultura general, y de su pasión por el medio ambiente.

En una sesión de estas dos que teníamos a la semana, nos platicó de la Inversión Térmica. Un concepto que estaba ya comenzando a manifestarse en la Ciudad de México. Por sus condiciones orográficas, ubicada en el centro de un valle que prácticamente la rodea por completo, y con una altura de 2,240 metros sobre el nivel del mar -en donde el oxígeno es escaso-, la Ciudad de México era el espacio ideal para que el fenómeno en el que el aire frío de la parte alta de la atmósfera impide la salida del aire caliente que se forma a nivel de suelo atrapándolo en la hendidura natural que forman las cordilleras al poniente, al sur y al oriente del Valle de Anáhuac, se diera con peligrosa frecuencia, sobre todo en épocas invernales. Nunca antes había escuchado el concepto de contaminación desde una perspectiva académica que la hiciera sonar peligrosa para la salud. Habíamos, hasta entonces escuchado el concepto de smog, el humo que salía de los escapes de los coches y camiones, que entonces abundaba y era muy común verlo en todas las calles de la ciudad provocando tos, gestos y manoteos que pretendían limpiar el aire cercano al rostro, pero nada más. Era una molestia ‘costumbrista’ pero nada más.

La explicación de Tolivia venía al caso porque funcionarios y académicos habían ya recibido señales de alerta de los niveles de contaminación peligrosa en el Valle de México provocados por vehículos automotores, industrias sin control, polvo y numerosas fuentes de ruido que era entonces también considerado como un factor estridente para la salud de los habitantes de la Ciudad. Simultáneamente con la construcción de los ejes viales, la Ciudad de México reconocía, por primera vez, que el inventario de automóviles y camiones era excesiva para la cohabitación saludable del DF: La contaminación atmosférica en el Valle de México es potencialmente una de las más críticas en el mundo por la ubicación geográfica, las condiciones climatológicas, la tasa de crecimiento de la población, las actividades socioeconómicas que se llevan a cabo en el valle y en particular por el rápido aumento del uso de vehículos de motor y la expansión industrial contaminante (ACUERDO por el que se aprueba el Programa Coordinado para mejorar la calidad del aire en el Valle de México, formulado por la Comisión Intersecretarial de Saneamiento Ambiental, 7 de diciembre de 1979).

En el acuerdo intersecretarial de 1979, como primer antecedente del reconocimiento de la contaminación como peligrosa, y como primer manual de ‘acciones’ e ‘intenciones’ de control y prevención, prácticamente todo el Gobierno Federal, incluyendo la entonces Jefatura de Gobierno del DF a cargo de Carlos Hank González, se comprometían a observar, recomendar y diseñar medidas que contuvieran el creciente problema en un ‘plan de trabajo’ a plazos corto -seis meses-, medio -tres años-, y largo -quince años- en los que el Índice Mexicano de la Calidad del Aire (IMECA) no debería nunca llegar a niveles malos de calidad de aire, y solo llegar al 10% anual de nivel no satisfactorio. (En el plazo de tres años se fijaba la meta de contener el nivel de ruido en 85dbs día y noche, y en el de 15 años en 75dbs). Para el alcance de sus metas, el Acuerdo instruía que los objetivos se lograrían adoptando o intensificando las medidas de fondo necesarias cuyos resultados aseguren la solución definitiva y permanente del problema (idem).

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38 años después, el problema no sólo no se contuvo con cualesquiera que hayan sido las ‘medidas de fondo’ tomadas en aquel acuerdo firmado por 49 personas -encabezadas por el presidente José López Portillo al frente, incluyendo a los secretarios de la Defensa Nacional, Marina, Gobernación, Hacienda y Crédito Publico, Programación y Presupuesto, Patrimonio y Fomento Industrial, Comercio, Agricultura y Recursos Hidráulicos, Comunicaciones y Transporte, Asentamientos Humanos y Obras Públicas, Educación Publica, Trabajo y Previsión Social, Salubridad y el ya mencionado jefe de Gobierno del DF-, sino se agravo al grado de encontrarnos hoy, 38 años después en una situación en la que las enfermedades crónicas cardiorrespiratorias y cutáneas, conjuntivitis, piel grasa, así como la afectación a los procesos mentales y anímicos de la sociedad van en aumento. Las famosas contingencias, que primero fueron consecuencia de Inversiones Térmicas en épocas de frio, ahora son producto de otros factores menos consecuencia de los fenómenos naturales y más consecuencia de la falta de acciones preventivas que modifiquen nuestros estilos de vida en función de una convivencia más eficiente en términos de limpieza atmosférica. Si bien el problema se enfoca en los automóviles, ciertamente nuestros patrones de vida y conducta generan problemas en los niveles de basura ambiental que arrojamos a la atmosfera.

Obras públicas en total anarquía -basta darse una vuelta por la Condesa para ver el nivel de destrucción ambiental que provocan las repavimentaciones en calles necesarias para el flujo vehicular eficiente, como Alfonso Reyes, Atlixco, Nuevo León- en las que el tiempo de ejecución de la obra no tiene ninguna presión en tiempo y forma; servicios de mantenimiento de alumbrado y señalización que se realizan en medio del tráfico de horas pico; construcción de edificios y plazas comerciales en zonas de alta densidad ya rebasada; servicios de recolección de basura que operan en horas diurnas, algunas veces también coincidiendo con el tráfico de horas pico; exceso de manifestaciones que más bien responden a mensajes políticos de los grupos en la lucha por el poder, más que genuinas protestas o llamadas de atención de la sociedad civil. Todas, distintas formas del equivocado y no comprometido ejercicio del poder. Todas, distintas formas de negociaciones corruptas con poderes facciosos que se presentan como necesarios para el mantenimiento de la estructura de poder delegacional, regional, estatal.

Con poderes públicos distraídos de su responsabilidad, o abusando de la misma, atendiendo sus intereses personales de negocios, de atención a sus camarillas, desde ese 1979 queda claro que la creación de documentos, acuerdos, pactos, reuniones, ‘cumbres’, para atender y buscar soluciones a problemas sociales reales, son solo ejercicios de demagogia irresponsable en donde los funcionarios se sienten satisfechos con firmar su participación, asistir a una reunión, dar dos o tres entrevistas a modo, para programas que nunca se ejecutaran, a los que nadie dará seguimiento, y, lo más importante, de los que nadie asumirá responsabilidad sobre logros medibles, evaluables, del desempeño del servidor público.

Aquí, una serie de ideas, la mayoría de ellas ya aplicadas, y en uso común desde hace ya muchos años en otros Países y en otras ciudades que tuvieron problemas de contaminación similares al nuestro y que lograron controlar a tiempo sus niveles tóxicos de aire:

  • El transporte de carga en la Ciudad solo circula entre las cero horas y las 5 de la mañana, incluyendo reparto de suministros y servicios para la industria y el comercio.
  • Los servicios del Gobierno de la Ciudad se dan entre las 22 horas de un día, y las 5 horas del día siguiente: mantenimiento de jardineras, luminarias, señalizaciones, recolección de basura, limpieza, etc.
  • Los taxis deberán estacionarse en sitios designados cuando no estén realizando un traslado, evitando circular vacíos -con el consiguiente apoyo a la supervisión y seguridad del usuario-.
  • Los horarios de trabajo son escalonados, evitando aglomeraciones y congestionamientos en horas pico insuficientes para el desplazamiento ágil de vehículos.
  • Incentivos fiscales en los pagos de colegiaturas para padres que inscriban a sus hijos en escuelas que se encuentran a distancia caminable de sus casas.
  • Incentivos fiscales a las empresas que fomenten el trabajo ‘in house’ de sus empleados, evitando el traslado diario, liberando espacios en transporte público y disminuyendo el inventario vehicular en circulación.
  • Incentivos fiscales a los usuarios de transporte alternativo no contaminante: bicicleta, vehículos eléctricos, híbridos, etc.
  • Eliminación de todos los topes, en todas las calles.
  • Suspensión de todo tipo de manifestación que estorbe e interrumpa la circulación vehicular
  • Hacer públicos los planes de obras públicas, especificando temporalidad de cada una.

Desafortunadamente, cuando la discusión sobre el problema ambiental de la Ciudad entra en el terreno político -hoy más que nunca-, las medidas aquí propuestas, así como cualquier otra, se convierten en rehenes de uso para acuerdos de camarillas, utilizando su posible aplicación como amenazas y materia de chantajes para negociaciones corruptas con sindicatos, delegados, partidos políticos, etc. Todos ellos cómplices del lento asesinato que la falta de oficio político real en el poder está ejecutando en 20 millones de personas.

Llevamos 38 años en este proceso de destrucción.

Aquí el acuerdo mencionado.

 

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