Se estima que el cuerpo humano contiene alrededor de 30 billones -millones de millones- de células. A esa cifra hay que agregar 40 billones más de bacterias -sin tomar en cuenta hongos, arqueas y virus- que también cooperan para que usted esté sano. 

Es un equilibrio muy fino y muy dinámico de un sistema complejo, que nada tiene que ver con la antigua concepción lineal, mecánica y paranoica de que los microbios son el enemigo a vencer.

Todas estas partes compiten, quizá, entre sí y tengan que sacrificarse, pero finalmente el objetivo común es que el cuerpo trabaje en armonía en aras de un bien superior, que es la salud.

¿Qué o quién controla todo esto? Pues nada ni nadie. No hay jerarquía. Es un auto-control o mejor dicho un auto-ordenamiento. Reglas sencillas que al combinarse e iterar en el tiempo crean un orden complejo. Es una organización holoárquica (de niveles de complejidad) y no jerárquica (de niveles de poder).

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¿Qué contribuye al auto-ordenamiento? La información. Si el flujo de la información se  interrumpe o se afecta, el equilibrio se desmorona. La genética es un código de información, pero es sólo una pequeña parte. También hay epigenética (adaptación de la información genética al medio ambiente), intercambio continuo e instantáneo de información y quizá algo más misterioso que la ciencia materialista no termina de aceptar, los campos de información.

Las emociones son información y también afectan la salud del cuerpo, tal como lo pueden afectar los campos gravitacionales, electromagnéticos o radioactivos. Las emociones negativas y positivas afectan al ecosistema del cuerpo como siempre lo han sabido los médicos, aunque no siempre lo han querido aceptar los teóricos materialistas.  Las emociones propias y ajenas  crean un campo de información: Mente sana en cuerpo sano y cuerpo sano en mente sana.

¿Qué podemos aprender de todos estos conceptos biológicos para poder aplicarlo en lo social?

Que los viejos conceptos del siglo XVIII de política administrativa patriarcal no funcionan. Que nos haría bien si fortalecemos el auto-ordenamiento y debilitamos el control jerárquico del sistema. ¿Qué acaso no es ese el malestar del mundo y el origen del desmoronamiento de los gobiernos?

Lo único que puede controlarse son los sistemas mecánicos, no los orgánicos. El control jerárquico es caro, ineficaz e inadecuado. No funciona, el sistema es demasiado complejo como para pretender controlarlo. Es mucho más efectivo pensar en esquemas de auto-control de las partes porque eso es lo que en verdad sucede.

Si el sistema político-social se ha vuelto corrupto, violento o ha dejado de satisfacer necesidades individuales y comunitarias, algún incentivo está mal puesto. Y algo más importante: no por agregarle controles jerárquicos e imponerlos por la fuerza,  se va a corregir el mal, por el contrario.

Los políticos, los analistas, los medios y la misma población insisten por lo general en el control jerárquico y en la fuerza para regular al sistema. Exigimos organizaciones piramidales y soluciones lineales y simplistas a problemas complejos.

Detrás de esta equivocación hay un supuesto oscuro: Los seres humanos y las comunidades son incapaces de auto-regularse. No son adultos, no son responsables y requieren de un padre, una madre, un policía, un político, un grupo de notables o un rey que los cuide, los vigile y les obligue a hacer la tarea. No son capaces de aprender y desarrollarse por sí mismos. No son capaces cooperar. Este es un campo de información negativo; una idea equivocada que crea resultados perjudiciales.

Si aprendemos de la biología podremos crear mejores sistemas político-sociales basados en el fortalecimiento del bien común, la cooperación, la convivencia, el aprendizaje continuo, el intercambio libre de información, el auto-control de las partes y el auto-ordenamiento del todo. Si así se ordena el Universo ¿por qué pelarnos con él?

 

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