Por: Máximo Santos*

Vengo observando en estos dos últimos meses como los principales bancos de inversión del planeta, centros de estudio y multitud de organismos nacionales e internacionales se afanan en dar una respuesta inmediata acerca de las consecuencias económicas que tendrá la pandemia del coronavirus. Los estudios se suceden y como la realidad es tan cambiante y tan compleja, dichos análisis devienen obsoletos en muy poco tiempo. Sin embargo, a nadie parece importarle que las estimaciones que se dan en un determinado estudio se pongan en cuestión incluso por el mismo organismo que las vaticinó en muy poco tiempo.

Vivimos en una sociedad o mejor dicho en un modelo de consumo de información que lo que persigue es dar respuestas rápidas a cualquier problema que se plantee. El lector quiere respuestas y además las quiere de forma inmediata y eso resulta imposible en fenómenos como el que estoy comentando en estas líneas.

Habitamos en un mundo globalizado, hiperconectado, con unos niveles de digitalización crecientes, con unas relaciones comerciales como nunca han existido en el planeta y nos enfrentamos ante una pandemia de la que desconocemos muchas cosas y que constituye un fenómeno completamente nuevo. No quiero decir que las pandemias no hayan existido con anterioridad, sino que esta pandemia es totalmente diferente a todas las anteriores. Mientras que las pandemias precedentes tardaban varios lustros o incluso siglos en expandirse por amplias áreas geográficas del planeta, esta lo ha hecho a una velocidad nunca vista y además lo ha hecho en un mundo económico que presenta características muy diferentes a las que existían en anteriores pandemias.

Algunos economistas intentan establecer paralelismos entre la situación actual y la Segunda Guerra Mundial para analizar las posibles consecuencias económicas que tendrá esta pandemia. Sin embargo, la situación difiere enormemente entre ambas catástrofes. En primer lugar, la Segunda Guerra Mundial si bien afectó a un buen número de países, lo cierto es que no tenía un carácter tan global como la actual pandemia. Por otro lado, mientras que en la segunda Guerra Mundial la producción industrial funcionaba al máximo de su capacidad, el problema con el que nos enfrentamos es completamente diferente, ya que la producción industrial se está deteniendo en un gran número de países. Igualmente, hay que tener en cuenta que mientras que en la Guerra las infraestructuras de la mayor parte de los países contendientes quedaron arrasadas con los combates, en la actualidad todas las infraestructuras y las fábricas siguen en pie y sin ningún rasguño. Podría seguir enumerando diferencias, pero creo que llegado a este punto resulta ya evidente que el fenómeno actual es totalmente nuevo y diferente a otros vividos con anterioridad.

Desconocemos cuanto tiempo perdurará el problema de salud que provoca el virus. No sabemos cuando llegará la vacuna, cuando tendremos un tratamiento efectivo para que su curación sea rápida ni si el virus mutará para debilitarse o incluso para hacerse mas virulento. A esta incertidumbre se añade la de la propia configuración del sistema económico internacional, ya que aunque a nivel nacional, regional o local se consiguiera controlar la pandemia, mientras que el virus siga azotando a otras economías, los efectos económicos en nuestro país seguirán estando presentes.

Igualmente, el adentrarse en estos momentos en adivinar como será la respuesta del consumidor tras el fuerte impacto psicológico que supone la pandemia es poco menos que ciencia ficción. En estos días he leído ensayos en los que algunos estudiosos sugieren que tras unos días en que las autoridades nos anuncien que todo ha terminado, las estructuras económicas volverán a ser como eran antes de la pandemia. Otros, por el contrario, sostienen que la sociedad de consumo que vendrá será totalmente diferente a la pasada e incluso podemos llegar a pensar en un modelo intermedio entre los dos. Las razones que soportan una y otra teoría pueden parecernos lógicas o previsibles pero lo cierto es que en estos momentos es imposible decantarse por un escenario futuro de consumo con un alto grado de certidumbre.

Estamos ante un fenómeno nuevo y no disponemos de herramientas suficientes para calibrar sus consecuencias. A día de hoy, sin embargo, si que podemos tener clara una cosa y es que el daño a la economía mundial va a ser muy pronunciado y que ese daño será mucho mayor en la medida en la que el miedo y la incertidumbre se prolonguen en el tiempo. Las previsiones económicas que caigan en nuestras manos en los próximos días acerca de las consecuencias de la pandemia las tenemos que tomar con sosiego y debemos ser conscientes de que nos faltan muchos elementos para poder tener un mapa preciso de la senda económica futura.

 

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LinkedIn: Máximo Santos Miranda Ph.D.

 

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