En la literatura clásica marxista, los elementos de la producción son la tierra, el trabajo y el capital y, paulatinamente, se agregaría la tecnología como otro factor más; la suma y combinación de ellos da por resultado la producción de bienes y servicios, que servirán para el consumo y la generación de riqueza, piedra angular en el modo de producción capitalista.

Sin embargo, ¿qué sucede cuando la tierra deja de ser un elemento y se convierte en un territorio digital donde anida una nueva clase trabajadora, que, además, no tiene sueldo?

La tierra en el sentido marxista abrió pasó a un nuevo generador de riqueza: los datos. Así, la producción de bienes y servicios utilizan la información que obtienen de los usuarios de las plataformas digitales no sólo para colocarlos de una manera más competitiva en el mercado, sino para definirlos, diseñarlos y lanzarlos de acuerdo con segmentaciones de mercado muy específicas.

Estamos entonces ante una nueva etapa del capitalismo, donde uno de los bienes más valiosos es la generación de información digital, un bien, por cierto, no remunerado y en el que una nueva clase trabajadora, los usuarios de las redes sociales, trabajan sin descanso.

Esta es la tesis que sostiene Timo Daum en su más reciente libro “El capital somos nosotros. Crítica a la economía digital” (Uruk Editores, 2019). La aparición del capitalismo de datos es un concepto que ya ha sido estudiado anteriormente, por ejemplo, con la sociedad de la información de Manuel Castells, que planteaba toda una reestructuración del trabajo a partir de la introducción de las tecnologías de información y comunicación de forma masiva; sin embargo, el gran mérito de Daum es plantear el cambio desde la socialización digital que plantean plataformas como redes sociales y los datos personales y la big data que de ahí se genera.

La transformación del capitalismo es constante, es un sistema de producción que ha sabido transformarse a lo largo de los siglos y hoy parece más vivo. Las empresas no sólo necesitan datos para construir y vender sus productos y servicios, sino que estos son obtenidos a través del surgimiento de una nueva clase trabajadora. Si las redes sociales son gratuitas es porque los usuarios somos trabajadores sin sueldo en una especie de mina digital que es altamente rentable para sus dueños.

Así, Daum apunta al surgimiento de una oligarquía digital, cuyos intereses parecen dirigir el movimiento económico a nivel mundial. Los individuos no pueden permanecer inmunes a la creciente digitalización y, estén no conectados, viven dentro de las esferas de una economía que se rige a partir de clics e interacciones.

Este puñado de empresas que han creado nuevos modelos de negocio a partir de los datos y los likes, están redefiniendo las relaciones sociales y reorganizando el conocimiento a través de algoritmos que no necesariamente buscan el bien común, sino basados más bien en principios comerciales.

“El capital somos nosotros” se convierte en una lectura que más allá de señalar o reprobar, ayuda a comprender el fenómeno de la digitalización de la economía y a sensibilizarnos sobre los efectos que tiene en nosotros como usuarios y consumidores de la tecnología, ayudándonos a plantear nuevos objetivos como sociedad y también como usuarios de las redes.

 

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