Mantener un buen prestigio y que las fuentes de financiamiento te tengan confianza te genera una “reserva” financiera gratuita. Entre mayor sea tu prestigio, más confianza te tendrán los que te pueden prestar y más amplias serán tus líneas de crédito que puedas usar en una contingencia.

 

 

 

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Resulta en ocasiones muy curiosa la forma en que surgen las transacciones financieras que ahora utilizamos cotidianamente. Para muchos, éstas resultan muy intimidantes por los nombres que han tomado a lo largo del tiempo y porque ciertamente requiere de un nivel de abstracción para entenderlas.

Sin embargo, para aquellos que tenemos la tarea de difundir el conocimiento, la mayoría de las veces, nos resulta un deleite el dimensionar el nivel ilimitado de creatividad del ser humano cuando se trata de resolver problemas cotidianos.

Se sabe que, hace aproximadamente 5,000 años, en Mesopotamia (más o menos donde hoy se localizan Iraq, Siria y Líbano), los comerciantes se otorgaban préstamos entre ellos, dando origen a la transacción financiera que muchos siglos después tomó el nombre de crédito comercial.

Tablillas hechas de arcilla servían para registrar el monto del préstamo, además de la identidad y el sello del deudor. La tablilla se rompía en el momento en que la deuda quedaba saldada. A su vez, el monto del préstamo estaba referenciado a un “peso”. Por ejemplo, cien gramos (naturalmente con el estándar de aquel entonces) de cereal, oro, plata o cobre.

Una de las cosas más interesantes de este esquema de financiamiento resulta del hecho de que estas tablillas podían ser utilizadas como medio de pago entre los comerciantes. Dado que eran sociedades pequeñas, y aún mucho más pequeño el número de comerciantes, la reputación de todos era bien conocida. Así, un comerciante sin una buena reputación era, en esencia, un comerciante que pronto agotaría sus fuentes de financiamiento y saldría del negocio.

El monto de interés que se cobraba por el préstamo tenía la finalidad de compensar al que lo otorgaba por la pérdida de la oportunidad de comerciar durante el período de espera.

Así, en Mesopotamia, la civilización más antigua que se conoce, el dinero tenía sólo un propósito contable, no cambiaba de manos. No había monedas. La acuñación de las monedas es relativamente reciente comparada con el uso del crédito. Las primeras monedas aparecen en la zona que hoy ocupa Turquía, aproximadamente 600 años antes de Cristo. Así, durante siglos lo que sustentó el intercambio fue el prestigio de cada comerciante y el conducto fue el préstamo formalizado en la tablilla, que pasaba de una mano a otra.

Pero ¿por qué se le llama crédito? Durante el renacimiento, en las ciudades–estado de la Península Itálica, como Venecia o Florencia, existía una actividad comercial muy dinámica y, en consecuencia había una necesidad importante por préstamos a los comerciantes que muchas veces necesitaban liquidez ya que embarcaban sus mercancías a otras regiones teniendo que esperar por los pagos de ellas. La palabra crédito tiene raíces italianas, credi puede interpretarse en castellano como creer o confiar. Así, el crédito comercial puede interpretarse como otorgarle confianza al comerciante que va a cumplir con su compromiso de reembolsar la suma que se le prestó.

A propósito, el término “banca comercial” surge también de las actividades comerciales italianas en el renacimiento. Cada ciudad–estado tenía su propia moneda, por lo que era necesaria la existencia de cambistas que realizaban sus actividades en las plazas de la ciudad sentados en bancos. Eventualmente muchos de estos cambistas se convirtieron en una fuente muy importante de préstamos para los comerciantes, dando origen a los bancos comerciales.

Los fundamentos de las transacciones comerciales entre las personas no cambiaron en siglos y no son distintos ahora. La base de una economía moderna es el crédito. Sin crédito no hay economía. Un ejemplo sencillo: sin crédito una persona no tiene para comprar su auto, la distribuidora no pide el auto a la armadora y la armadora no pide las piezas a los fabricantes, los cuales a su vez despiden gente y hay descontento. Sin embargo, sin confianza no hay crédito; naturalmente, sin confianza no hay economía.

Conserva tu prestigio con respecto a cómo usas el crédito. En la antigüedad era posible que la gente conociera personalmente a las personas con buena o mala reputación y quienes eran sujetos de crédito. Hoy tu reputación queda asentada en tu calificación crediticia. Un buen prestigio te da acceso a recursos cuando realmente sea necesario: gastos médicos, casa, auto, desempleo súbito y, ¿por qué no?, bien usado es un vehículo para no portar dinero y pagar tus vacaciones o darte un pequeño lujo, como una televisión a tu gusto.

Naturalmente, desde una visión empresarial, un buen prestigio le otorga a tu empresa acceso a fuentes de financiamiento más competitivas, lo cual la dinamiza.

Desde el punto de vista de las emergencias el mantener un buen prestigio y el que las fuentes de financiamiento te tengan confianza te genera una “reserva” financiera gratuita. Esto es, entre mayor sea tu prestigio más confianza te tendrán los que te pueden prestar y más amplias serán tus líneas de crédito que puedes usar en una contingencia. Por esta reserva no pagas, mientras no la uses, es tuya…Una medida de tu reputación.

 

 

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