Este texto fue publicado originalmente el 2 de julio de 2018

José Antonio Meade Kuribreña salió de su casa en la colonia Oxtopulco Universidad para votar. Él «mero» era la última esperanza del Partido Revolucionario Institucional (PRI) para continuar con el gobierno de México, pero fue derrotado indiscutiblemente por Andrés Manuel López Obrador.

Su jornada comenzó a las 9:30 de la mañana del 1 de julio. El candidato llegó a su casilla en la residencia de la Universidad Panamericana entre un remolino de periodistas que trataba de extirparle una declaración. Y la concedió: iría a misa en la capilla de San Sebastián Mártir, en Chimalistac, para rezar por el futuro de México, después comería con sus padres.

Desde la delegación Coyoacán, el candidato del gobierno en turno sonreía al asegurar que los resultados electorales le favorecerían. Esperó a que su esposa Juana Cuevas votara. Antes de salir del recinto, una vecina le pidió una elección sin fraude. Él siguió caminando hacia su domicilio, rodeado por su familia y medios que le pisaban la sombra.

Por la tarde, el candidato con licenciaturas en Economía y Derecho, acudiría al Comité Ejecutivo Nacional (CEN) del PRI para seguir el proceso electoral en el que estaba en juego no solo la presidencia, sino la hegemonía del partido en el Congreso.

 

Candidato ciudadano

Su historia política está vinculada a uno de los partidos más conservadores del país: Acción Nacional. Meade había sido secretario de Energía y Hacienda en la gestión de Felipe Calderón. Sin embargo, se le consideraba un funcionario sin afiliación, pues no militaba en la fuerza política blanquiazul.

Tras la aprobación del paquete de reformas estructurales en diciembre de 2013, que prometían un crecimiento de la economía mexicana de 5% al cierre del sexenio, nuestro país atestiguó una ola de escándalos de corrupción que señalaron, incluso, al presidente Enrique Peña Nieto. Una por una, su administración se encargó de minimizar las acusaciones, enfocándose en los logros de empleo e inversión extranjera que alcanzaba su gobierno, y atribuyendo a problemas de percepción los reclamos de la población. «Lo bueno casi no se cuenta, y eso que casi no se cuenta, cuenta mucho», decía el presidente en uno de sus videos autopromocionales de 2016.

Hoy, la promesa económica del PRI se quedó por debajo del 2.5%, mientras la debilidad del peso, los precios de los combustibles y la violencia han aumentado a doble dígito.

Tras una fallida invitación de Donald Trump a México hecha por Luis Videgaray, el mandatario de origen mexiquense eligió a un egresado del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) para que se encargara de las finanzas públicas, el 7 de septiembre de 2016.

Una semana después, López Obrador, que recorría por tercera ocasión las zonas más escondidas del país para sumar seguidores a su movimiento, criticó al funcionario y a su alma máter.  «Meade, como Videgaray, es egresado del ITAM, la escuela de tecnócratas neoporfiristas que han dañado la economía de la gente y la nación». A pesar de la crítica, varios de sus colaboradores son egresados de dicha institución.

El concepto tecnócrata se refiere a una persona especializada en materia económica y que desempeña un cargo público, al margen de sus consideraciones ideológicas, pero que suele atribuirse a corrientes y escuelas a favor del libre mercado y privatizaciones de recursos públicos.

Con Peña Nieto, Meade se desempeñó como canciller y después se encargó de combatir la pobreza desde la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol). Finalmente, regresó a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público hasta su nombramiento como el primer candidato sin afiliación al PRI, dejando fuera de la carrera a figuras con larga trayectoria priista como Luis Videgaray (quien fuera su amigo y compañero universitario), Miguel Ángel Osorio Chong y Aurelio Nuño. Un candidato ciudadano era la apuesta del partido para diluir la percepción de corrupción que pesa sobre muchos de los militantes. Además, miembros de la  iniciativa privada arropaban a Meade como la mejor opción para el país.

Frente a la continuidad priista, el proyecto de nación de López Obrador, estimulado por su cercanía con las personas de a pie, prometía un modelo basado en la economía interna y producción nacional, visión calificada como populista por analistas y firmas consultoras, pero respaldada por un amplio sector de la sociedad.

 

El discurso de la derrota

En el war room del PRI, los militantes ingresaban al edificio Aldolfo López Mateos sin acercarse a la carpa de prensa, donde amablemente los encargados respondían que no había horario sobre la llegada de Meade a la colonia Buenavista.

Fue hasta las 18:30 cuando sus voceros anunciaron que el presidente del PRI emitiría un mensaje sin espacio para preguntas. Tres hileras de sillas fueron colocadas para que el equipo de la coalición Todos por México observara en primera fila la declaración.

Pausadamente, los lugares fueron ocupados por ex funcionarios convertidos en coordinadores de Meade, además de otras figuras del partido: Luis Madrazo, Javier Lozano, Jaime González Aguadé, Alejandra Lagunes, Virgilio Andrade, Emilio Gamboa, Claudia Ruiz-Massieu, Vanessa Rubio.

El cúmulo de estrellas priistas mostraba optimismo y hacia bromas con sus interlocutores, pero en el resto de los militantes no había sonrisas.  Murmuraban al oído y cerraban los ojos al abrazarlos. La escena era similar a las condolencias que se dan en un funeral.

Meade salió al estrado cerca de las 19:30 de la tarde, acompañado por su esposa, el presidente del PRI y Aurelio Nuño. Leyó un discurso que duró casi nueve minutos. «Con responsabilidad, reconozco que las tendencias no nos favorecen (…)  fue Andrés Manuel López Obrador quien obtuvo la mayoría. Él tendrá la responsabilidad de conducir el Poder Ejecutivo», declaró el candidato.

Tras admitir su derrota, y con una pausa por su voz entrecortada, Meade le deseó «el mayor de los éxitos» al próximo gobierno. El PRI no solo renunciaba al poder Ejecutivo, sino a su fuerza legislativa y estatal con la que disminuyó a las dos administraciones panistas en la primera década del siglo XXI.

Ante la atmósfera de fracaso, los priistas se levantaron de su asiento, elevaron sus puños y exclamaron porras hacia «Pepe». Inmediatamente, René Juárez Cisneros comenzó su discurso, pero los presentes se concentraron en difundir las palabras de Meade desde sus teléfonos móviles.

Después de ambos mensajes, las filas priistas comenzaron a romperse. El partido abandonó la carpa. El resto de los representantes mediáticos caminó hacia las pantallas. Ricardo Anaya también admitiría su derrota minutos más tarde.

Afuera de la sede priista, merodeaba la amenaza de lluvia. Automóviles y tracto-camiones tocaban sus bocinas, ondeaban banderas de México, mientras una decena de militantes del partido vencido permanecía afuera del búnker tricolor. Observaban, mudos, el entusiasmo de los transeúntes y automovilistas a favor del movimiento político que arrasaba con 53% de los votos para presidente de México, respaldado por una mayoría en el Congreso.

Mientras Meade tomará unos días para «reflexionar y valorar» su futuro, el PRI tendrá que mantenerse a flote con los peores resultados de su historia: 16% de los votos para el poder Ejecutivo. Su coalición con el Partido Verde y Nueva Alianza obtuvo 13 escaños en el Senado, 14 en la Cámara de Diputados. Solo mantuvo una demarcación en la Ciudad de México y perdió las ocho gubernaturas en disputa.

 

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