Urge cosechar mexicanos innovadores que aprovechen las ventajas competitivas de nuestro territorio, pero a fin de lograrlo ¿qué semilla debemos sembrar?

 

 

Se espera que el PIB de México dé un salto de 3 o 4 puntos el próximo año, en gran parte por la inversión que llegaría del extranjero motivada por los permisos y oportunidades contemplados en la reforma energética. Esta inversión, a través de grandes multinacionales, no vendrá en maletas repletas de dólares y euros, sino de tecnología, conocimiento, talento humano que cobra mucho dinero y de procesos exitosos aplicados en otros países. La inversión llegará, en su gran mayoría, en formato de innovación.

Los extranjeros que operan en México importarán innovación, algo que los mexicanos no hemos podido desarrollar. Empresas extranjeras han podido desarrollar innovaciones que, en concreto, ni Pemex ni sus proveedores, tampoco los centros de investigación vinculados a ésta, han podido generar en décadas.

Por décadas hemos sabido que ciertas innovaciones serían eventualmente necesarias –como son los nuevos y sofisticados métodos de extracción de gases del subsuelo, a lo que se le llama fracking, o bien métodos de exploración y extracción de petróleo de altas profundidades en el mar–, pero nosotros sólo nos hemos quedado inmóviles.

Por décadas hemos estado completamente distraídos por temas políticos, laborales y sindicales, robos de ductos, construcciones fallidas de refinerías, y no hemos puesto nuestra atención, recursos, capacidades y conocimiento en lo que sabíamos que se requeriría en esta industria. Claro que somos capaces de innovar, pero no hemos tenido el enfoque, visión, dedicación e inversión puestos en ello. Y otros sí.

Llegó la hora de que el mundo aproveche sus esfuerzos innovadores en nuestro país y obtenga rentabilidad de las oportunidades en nuestro subsuelo; llegó la hora de arrepentirnos de no haber innovado aun sabiendo que era necesario. Algunos me dirán: “Cada país tiene que buscar su vocación e innovar en lo que puede y debe.” Mi pregunta es: ¿si no innovamos o no lo hemos hecho en lo que más tenemos (recursos naturales), entonces en qué sí vamos a enfocarnos a innovar?

No hemos innovado en el campo de tal manera que seamos punta de lanza en el mundo; tampoco lo hemos hecho en tecnologías de producción; menos en lo automotriz, donde somos simplemente el espacio geográfico para aprovechar por empresas extranjeras; no innovamos en educación ni somos pioneros; la mayor innovación en la industria de productos de consumo la hacen empresas extranjeras. ¿Cuáles son nuestros enfoques de innovación y qué le aportaremos al mundo en las próximas décadas?

Lo ideal de un país es que los aumentos en el PIB se registren por la aplicación de innovaciones, y no sólo en aprovechar lo que las empresas extranjeras aplican en ese país. Cuando el aumento en el PIB se da por desarrollar y aplicar innovaciones propias, hay un aumento en las percepciones per cápita; de lo contrario, lo único que aumenta es el envío de utilidades a corporativos en el extranjero.

No tengo nada en contra de la inversión extranjera; al contrario, le doy la bienvenida y creo que en un mundo globalizado es necesaria la apertura. Pero soy un ferviente defensor de que los países tienen que encontrar vocaciones de innovación vinculadas a sus ventajas competitivas, como las que nos aportan la geografía y los recursos naturales. Cuando seamos innovadores podremos ser los que invirtamos en otros países y aprovechemos sus recursos. Mientras, sólo nos quedaremos mirando.

No nos demos por vencidos en cuanto a innovación nacional; invirtamos en educación que nos permita cosechar mexicanos innovadores que aprovechen las ventajas competitivas de este territorio, en incubadoras y aceleradoras verdaderamente eficientes y no decorativas. Enfoquémonos en invertir en centros de investigación que investiguen y desarrollen lo que realmente ofrezca valor agregado para la sociedad, y que otros estén dispuestos a pagar por éste. Hagamos leyes que les permitan a las universidades ser partícipes de la riqueza generada por la investigación.

Nos consuela escuchar una que otra historia como la de Jordi Muñoz, un joven mexicano que obtuvo apoyo de inversionistas estadounidenses para fundar una empresa de partes electrónicas para la construcción de drones. Nos debería apenar que él no encontró los foros y oportunidades acá en México, y tuvo que mudarse a Estados Unidos. Necesitamos muchos más Jordis, pero que obtengan apoyos acá y encuentren ambientes idóneos para desarrollar innovaciones en México, para que luego vayan a otros países como inversionistas.

 

 

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