¡Cuidado! Cuando las críticas y los reclamos de tus seres queridos por tu devoción al trabajo son una constante, haz un alto para recobrar la perspectiva. ¿Cómo lograrlo?

 

Si eres de aquellos que de repente se sorprenden a sí mismos trabajando más allá de los horarios establecidos, o de los que van a la oficina los sábados y domingos, o de quienes no saben lo que es un fin de semana largo y casi no logran recordar la última vez que tomaron vacaciones, seguro estás enfrentando las miradas desaprobatorias de amigos y los reclamos de familiares. Por favor, ¿qué puede haber de malo en ser una persona devota al trabajo? ¿Por qué la gente no entiende que estás ocupado? ¿Es tan difícil comprender que debes quedar bien con el jefe, esforzarte por conservar la chamba, forjarte un porvenir?

¡Cuidado! Cuando las críticas y los reclamos de los seres queridos se vuelven una constante, se está encendiendo un foco de alarma. Los signos de cuidado son todavía más terroríficos cuando esas señales son silenciosas. Por ejemplo, si al organizar un evento ya no te toman en cuenta porque dan por descontado que tú estarás encerrado entre las cuatro paredes de la oficina, o cuando las decisiones importantes de la casa se hacen sin pedirte opinión —¿para qué, si siempre estás tan ocupado y está prohibido interrumpirte con las tonterías que conforman la cotidianidad?—, se está detonando una señal de peligro que es muy fácil ignorar.

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No hacemos caso porque es muy fácil justificarnos. Generamos una serie de defensas para convencernos de que estamos en lo correcto y son tan poderosas que logran persuadirnos. Sin embargo, hay algo que nos advierte, en forma sutil, que algo anda mal. No son nada más las voces externas; es un regusto agridulce que poco a poco se vuelve amargo. Claro, sabemos que hay un tema que no queremos digerir y volvemos la mirada al paisaje que nos resulta más agradable.

Lo curioso es que muchos caemos en este patrón: dedicamos más tiempo del necesario al ámbito laboral y al desarrollo profesional, y dejamos de lado el espacio personal. Me refiero a esa etapa en la que nuestra seña de identidad más poderosa la construimos alrededor de una tarjeta de presentación y nos sustentamos en la nomenclatura que dice que ocupamos tal puesto con determinada jerarquía. Es ese momento en el que sentimos que tenemos que estar ahí todo el tiempo y en ausencia es preciso seguir conectados. Según los profesores Bradley Staats, de la Universidad de North Carolina, y Francesca Gino, de la Universidad de Harvard, este tipo de conductas se repiten frecuentemente porque los ejecutivos adoran lo que están haciendo y disfrutan de su desempeño profesional.

La pasión por el trabajo y el goce de una vocación bien desempeñada es una suerte de privilegio que se debe proteger, de eso no hay duda. ¿Quién no ha sentido satisfacción al ver que las cosas van bien? Ser un ejecutivo exitoso y productivo es un rasgo de efectividad y, desde luego, un logro que da mucho gusto y hace sentir bien. Precisamente por ello, porque queremos seguir saboreando las mieles del triunfo, es necesario prestar oídos a esas observaciones y reclamos de la gente que conforma el círculo de gente querida. Hay que estar atento a esas voces que nos advierten que algo está mal equilibrado.

Anclarse a un escenario de vida cuyo paisaje disocia a la persona y su entorno afectivo por privilegiar al profesional, puede marcar un rumbo en sentido contrario al deseado. Sin embargo, es difícil atender las señales de alarma porque el trabajo es una fuente de energía, de creatividad y de realización. En ese sentido, cualquiera puede llegar a preguntarse qué hay de erróneo en dedicar la mayor cantidad de tiempo y esfuerzo a hacer algo que sale bien y además gusta. El riesgo radica en los límites saludables que se transgreden. Entonces, una oficina funciona como un gimnasio: la gente va a hacer ejercicio, y a la vez que se fatiga, encuentra un alto sentido de satisfacción. En las primeras fases, la curva de bienestar tiene una pendiente positiva: a mayor ejercicio, mayor logro, mayor satisfacción.

Como todo en la vida, esta satisfacción tiene un punto de quiebre; si alguien se sobreejercita puede lastimarse. Así, un ejecutivo que exagera la devoción al trabajo pierde perspectiva, comete errores y aumenta la ceguera de taller. En esa condición puede afectar severamente su condición laboral. Según Gino y Staats, el proceso de toma de decisiones se nutre de recursos cognitivos que se van desgastando conforme pasa el tiempo. Es un recipiente que se llena y se vacía constantemente. En un inicio, el recipiente está pleno hasta los bordes, y conforme se toman decisiones se va vaciando. De cuando en cuando hay que tomarse el tiempo para rellenar el recipiente.

Los recursos cognitivos son importantes, ya que son el sustento de las ideas, la creatividad, los comportamientos y las emociones. Se nutren de la diversidad de experiencias que tiene el ser humano. Evidentemente, si se tiene una única fuente de insumos, los recursos cognitivos se empobrecen, y eventualmente se obnubila el juicio y se estrecha la visión. Un ejecutivo que no sale de su oficina limita sus posibilidades. Entonces debemos hacer un alto en el camino y mirar otros escenarios para recobrar la perspectiva.

Momento, no me refiero a esas épocas en las que se carga el trabajo o esas etapas en las que hay que sacrificar tiempo para conseguir un resultado. Hablo de esa costumbre de salir más tarde o de hacer un hábito estar metido en la oficina, tener como monotema de conversación lo concerniente al trabajo, o esa angustia por estar en contacto permanente con lo que sucede en la empresa. Los resultados que arroja una obsesión así son evidentemente inversamente proporcionales a la meta que se busca.

Porque, con honestidad, muchas de esas horas adicionales no se aprovechan eficientemente en la consecución de resultados. Es común ver a estos ejecutivos supercomprometidos atados a su escritorio, conquistando mejores niveles en un videojuego, entrando a redes sociales o subiendo selfies. Al analizar a estas personas también nos damos cuenta de que no son buenas administradoras de su tiempo. Tampoco son buenos líderes, ya que en este afán sacrifican y sobreexigen a sus equipos de trabajo. El círculo vicioso comienza a girar y es preciso detenerlo.

La pasión satisfactoria que entraña el ir a trabajar debe ser compensada con una vida personal igualmente gozosa. Cualquier propósito que exceda estos parámetros se convierte en algo plástico que puede devenir en un atisbo enfermo. Por lo tanto, antes de desestimar esas voces queridas que reclaman nuestro cuidado, sería bueno prestarles atención. Tal vez nos estemos enfrentando a una de esas situaciones en que la familia tiene razón.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

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