Muchas hojas han sido escritas para abordar, desde diferentes perspectivas, las limitaciones de desarrollo profesional entre hombres y mujeres. Las múltiples variables, que siempre derivan en un resultado similar, en la actualidad se enmarcan en el paradigma del “Techo de Cristal”.

Ya el simple hecho de colocarle un término finito, y, por si fuera poco, de una fragilidad excesiva, hizo que al escucharlo por primera vez hace algunos años evocara en mi mente la terrible historia de la Cenicienta, quien calzaba zapatillas de cristal en pleno baile. Recuerdo discutir con mis padres que la pobre no tenía mamá, pues ponerle unos zapatos tan incómodos a una princesa, y además para bailar, no era razonable.

Y hoy, tras algunos años de experiencia laboral, debo confesar que me sigue generando cierta intranquilidad pensar en el cristal como mi techo y más al recordar los zapatos de la pobre Cenicienta.

Partiendo de la frase “Techo de Cristal”, e intentando darle un sentido menos infantil al tema, pienso en el cubismo, donde las formas geométricas son las protagonistas, a través de las que el artista, aun cuando rompe con la estética tradicional, limita la perspectiva y genera un efecto visual fragmentado que dificulta la interpretación.

Así que, ¿por qué visualizamos la carrera profesional de una mujer en función de un espacio cerrado limitado por un techo? Y, además, ¿de cristal?

La mujer profesional de hoy no es igual a la de ayer. Ésta es otra frase que puede parecer trillada, punto que no discuto, pero que sin duda es así, y ¿lo mejor de todo? Es que la mujer de hoy tampoco se parece a la que viene caminando al mejor estilo Millennial. Y ¿por qué? Porque el mundo laboral al que nos enfrentamos en la actualidad, se parece cada vez más a esas obras del cinetismo en las que quien las aprecia deja de ser un espectador para convertirse, con su participación activa y su aporte personal, en parte fundamental de la obra.

Los que en el pasado eran puntos de honor de expertos en Recursos Humanos y que todavía hoy son temas de discusión como la equidad de género y los derechos de la mujer, para quienes rondamos los cuarenta, es sólo un aspecto más del día a día. Ya no creemos en la lucha de género por la igualdad de oportunidades de desarrollo, nuestra meta es brillar con luz propia en espacios en los que hombres y mujeres, indistintamente, demuestran sus potencialidades y capacidades en un medio cada vez más competitivo y exigente.

Y, ¿dónde están las Millennials en toda esta historia? Sólo a unos pasos de las X, ellas vienen con una fuerza aguerrida por alcanzar metas personales, a través de las profesionales, y donde el “cristal”, créanme, no está en sus mapas. Sus límites pudieran estar definidos de izquierda o derecha, pero muy alejados de algo relacionado a un techo.

Con mis párrafos previos, estimado lector, no espero piense que desconozco el impacto que ha tenido y que, muy a mi pesar, todavía tiene en el mundo laboral las barreras y limitantes que las mujeres enfrentamos, pero el punto de inflexión para superar estos prejuicios que en algunos ambientes todavía podemos encontrar, será cuando eliminemos de nuestro pensamiento la existencia de un techo que pueda limitar nuestras capacidades.

Hombre o mujer, padres o sin hijos, casados, solteros o divorciados, extranjero o nacido en esta tierra, cada etiqueta fortalece el cristal y lo va transformando, en contra de todas las teorías de la geofísica, en diamante, que ni con la zapatilla de la Cenicienta podría ser superado.

Dar valor a lo humano, sin distinción de género, dar oportunidades sin distinción de colores de piel, depositar absoluta confianza en la gente sin distinción de credo, brindar una remuneración justa sin distinción de nacionalidad, otorgar una oportunidad a la emoción sin distinción generacional, son sólo muestras de una justicia sin «Techos de Cristal».

En la medida en que las organizaciones incorporen prácticas más enfocadas en la justicia, la igualdad y la imparcialidad, será menos complejo cambiar el cubismo del pensamiento de las princesas de zapatillas de cristal, para dar paso a cinetistas constructores de un arte transformacional.

Ya no hay tiempo para seguir discutiendo si hombres y mujeres merecen el mismo trato, ya es hora de transformar las culturas organizacionales para que sean capaces de ser las mejores versiones de sí mismas, basadas en la justicia, la imparcialidad y el trato digno, sin imponer límites de cristal a las Cenicientas del siglo XXI.

 

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