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El banco FAMSA vs. Bankaool, vaya experiencia

Hay algo en la comedia clasista que le encanta al público mexicano. Quizá sea el resentimiento social. Si en la vida diaria tenemos que aguantar a los de arriba, en la ficción podemos tomar revancha y emparejar el terreno. Enseñarles que, aunque humildes, valen lo mismo. Una catarsis que la audiencia busca cada ocho días en el cine, basta ver los resultados en taquilla para comprobarlo, evasión antes de realidad, potenciada por los padecimientos de un sistema injusto.

Nosotros los nobles (2013), de Gary Alazraki, triunfó por eso. La fórmula era sencilla y por lo mismo funcionaba. Hacer pasar a tres riquillos por el cotidiano de cualquier hijo de vecino. El público respondió positivamente porque cierta fantasía se cumplía, aunque fuera de manera inconsciente. Al parecer es un tema que se repite en otras partes de América Latina, porque alguien se aventó la punta de adaptarla en Colombia y ponerle Malcriados.

Sobre un carretera similar camina ¿Qué culpa tiene el niño? (2016), el nuevo trabajo detrás de la cámara de Gustavo Loza (La otra familia, Paradas continuas). En una boda acapulqueña de exuberante organización, tres solteras cuentan sus penas y males de amores: Maru (Karla Souza), Paulina (Rocío García) y Daniela (Fabiola Guajardo). Viendo que la velada sólo promete más depresiones, le agarran amor al cristal. Al otro lado de la fiesta, El Cadáver (Biassini Segura) y Renato (Ricardo Abarca), logran colarse al festejo.

Es así como el alcohol fluye y todos los presentes comienzan a perder la decencia poco a poco. Al otro día, Maru despierta cruda y desnuda en una cama. Sin necesidad de pedir muchas explicaciones sigue con su vida… al menos hasta un mes después en que debe buscar quién le ponga nombre a la cruda dentro de nueve meses.

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La comedia (producida por Souza) se inscribe de esta manera en la veta de producciones como Ligeramente embarazada (Knocked Up, 2007), Mira quién habla (Look Who’s Talking, 1989) o Juno – Crecer, correr y tropezar (Juno, 2007). Aunque mezclados con apuntes de colorido “mexicano”. Por eso tenemos a Jesús Ochoa canalizando a su mejor Manlio Fabio Beltrones (“es tiempo de elecciones hija […] piensa en el bien común”) o a la mamá del novio haciendo lo propio con la estética kitsch de Laura León.

Esos serán los dos extremos que estarán en constante choque a lo largo de la película. El político aprovechado, de valores quesque tradicionales, padre de la chica con la fundación para ayudar a los más pobres; conviviendo de manera obligada con la madre soltera, de estrafalaria vestimenta y adicta a las novelas, con un hijo que está estudiando la prepa abierta porque “el profe tuvo la culpa, se lo juro, por ésta.”

No es la propuesta más revolucionaria, pero funciona dentro de su cancha. Esperar una comedia diferente o más arriesgada sería un despropósito, Loza y su equipo saben que vinieron a ejecutar una fórmula bastante tradicional en todos los frentes (el aborto parece ser todavía un tabú, al menos en la comedia) ya vista otras tantas veces, aunque efectiva para su público objetivo.

La industria parece estarle agarrando la formulita al asunto.

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