Una startup descarada tiene una oportunidad real de terminar con el duopolio mundial de los smartphones.

 

Por Miguel Helft 

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Kirt McMas­ter tiende a ir a su propio ritmo. Trabaja en el local gris y rústico de una tienda de productos para plo­mería convertida en oficina, en cuya placa ubicada en la fachada se lee “John F. Dahl Plomería y Calefacción (desde 1895)”. Nada da indicio alguno de que su startup, Cyanogen, se aloja en el interior de este lugar ubicado en Palo Alto, California. “Estamos metiéndole una bala en la cabeza a Google”, resume su misión McMaster.

El momento es propicio para que alguien lo intente. La revo­lución móvil empezada por el iPhone comienza a estancarse en momentos en los que se acerca a un nuevo punto de inflexión. Se espera que el número de teléfonos inteligentes en el planeta crezca de aproximadamente 2,500 millones a casi 6,000 millones en 2020. Sin embargo, el iOS de Apple y el Android de Google controlan 96% del mercado de sistemas operativos móviles, y McMaster no quiere hacerse un espacio entre Apple y Google, quiere ofrecer al mundo una tercera opción, Cya­nogen, un sistema operativo para móviles de seis años de edad, que es esencialmente una versión mejo­rada de Android y está disponible lejos del control de Google.

McMaster, quien reveló sus pla­nes a detalle en una serie de entre­vistas con Forbes, está amasando los recursos necesarios y poderosos aliados para ir a la batalla. Cyano­gen acaba de levantar 80 millones de dólares (mdd) de inversionistas que incluyen a Twitter, al desa­rrollador de chips para móviles Qualcomm, al operador Telefónica y al titán de los medios Rupert Murdoch.

La ronda, que valúa a Cyanogen en cerca de 1,000 mdd, está siendo liderada por PremjiInvest, el brazo inversionista del multimillonario fundador de Wipro, Azim Premji, el tercer hombre más rico de la India. Otros inversionistas habían inyec­tado anteriormente 30 millones adicionales a Cyanogen, entre ellos Benchmark, Andreessen Horowitz, Redpoint Ventures, y Tencent. Mi­crosoft, que consideró invertir en Cyanogen, no participa en la ronda actual, según personas familiari­zadas con su decisión. Pero, dicen esas mismas fuentes, Microsoft y Cyanogen están a punto de concluir una alianza de amplio alcance para incorporar en los dispositivos de Cyanogen varios de los servicios móviles de Microsoft, incluyendo Bing, el asistente digital Cortana, el sistema de almacenamiento en la nube OneDrive, Skype y Outlook.

“Los vendedores de apps y los proveedores de chips están muy preocupados porque Google controla toda la experiencia”, dice Peter Levine, socio en Andreessen Horowitz. Eso es particularmente cierto para las empresas que compi­ten con Apple o Google, entre ellas Box y Dropbox en almacenamiento en la nube; Spotify en la música; Facebook, Twitter, WhatsApp y Snapchat en mensajería; Amazon en comercio, y Microsoft en una amplia franja de sectores.

Cyanogen tiene la oportunidad de meterse en 1,000 millones de teléfonos, más que el número total de iPhones vendidos a la fecha, según algunos analistas. Cincuen­ta millones de personas ya usan Cyanogen en sus teléfonos, según la compañía. La mayoría pasó por el largo proceso de formatear un teléfono Android y reiniciarlo con Cyanogen, lo que puede tomar horas. McMaster está persuadiendo a una creciente lista de fabricantes de teléfonos para fabricar disposi­tivos que corran sobre Cyanogen, en lugar de Android. Sus teléfonos se están vendiendo en un tiempo récord. Los analistas dicen que cada teléfono podría darle a Cyanogen ingresos mínimos de 10 dólares y tal vez mucho más.

Por supuesto, otros jugadores mucho más poderosos han tratado infructuosamente de establecer un tercer sistema operativo móvil. McMaster es muy consciente de esta historia, por lo que, según él, la cooptación de Android es el único camino para lograrlo. Entonces, mediante la apertura del código de Cyanogen en formas que ni iOS ni Android han hecho, McMaster espera atraer a los desarrolladores de apps que se sien­ten limitados por Apple y Google.

Una empresa como Visa o PayPal sería capaz de construir un sistema de pago sin contacto que funcione igual de bien o mejor que Google Wallet. Skype podría ser incorpora­do en el marcador del teléfono. Un servicio como Spotify podría con­vertirse en el reproductor de música por defecto en un smartphone.

“En un mundo perfecto, el siste­ma operativo debería saber que uso Spotify para escuchar música. Yo debería ser capaz de hablarle a mi teléfono y decir: ‘Toca esta canción’, y Spotify tocaría la p**a canción. Hoy no es así”, dice McMaster.

 

Todo nació de un juego

Cyanogen nació mucho antes que McMaster se ungiera como el David del Goliat de Google. Su origen se remonta a 2009, cuando Steve Kondik, un empresario y programador vete­rano de 40 años de edad, comenzó a jugar con Android en su casa de Pittsburgh durante sus sesiones nocturnas de hacking. (Android es de código abierto, por lo que cual­quiera puede descargar el código y modificarlo. Mientras la gente no rompa cosas, las apps de Android, incluyendo las de Google —Gmail, Maps, Drive, Play Store y otras—, correrán sin problemas. Y Google, que regala Android, hace dinero de los anuncios en las apps y los datos que recoge de los teléfonos.)

Kondik comenzó haciendo algunos cambios en la interfaz de usuario de Android, y luego trabajó en mejorar el rendimiento y extender la vida de la batería. Muy pronto una comunidad de cientos de desarrolladores se unió en torno de él y comenzó a contribuir a sus habilidades de programación para su esfuerzo de Cyanogen, en ese entonces llamado CyanogenMod. “Fue totalmente inesperado”, dice Kondik. “No había una gran visión.”

Los foros en línea empezaron a hablar sobre la versión de An­droid altamente personalizable de Kondik, y para octubre de 2011 un millón de personas había instalado Cyanogen en sus teléfonos. Ocho meses más tarde, esa cifra había explotado a ocho millones. Eventualmente, Samsung lo notó y contrató a Kondik. La compañía le otorgó permiso para continuar con su experimentación noctur­na con Android. “Rápidamente absorbió mi vida”, dice Kondik, quien permanece en Seattle, donde trabaja la mayoría de los ingenieros de Cyanogen. (La empresa tiene menos de 90 empleados, pero re­cibe contribuciones de hasta 9,000 programadores de código abierto.)

Mientras Kondik hackeaba con su banda de programadores, McMaster fue rechazado de varias empresas de alta tecnología.

Este canadiense compró en 2012 un Sam­sung Galaxy 3, el primer teléfono Android que sentía estaba a la par del iPhone, pero de inmediato se frustró porque la última versión de Android conocida como Jelly Bean no estaba disponible para su equipo. Así que McMaster formateó su Galaxy e instaló CyanogenMod, que, gracias a su ejército de pro­gramadores, ya había incorporado la actualización de Jelly Bean. Esto, dice McMaster, lo llevó a una especie de epifanía mientras hacía ejercicio una tarde en un gimnasio en Venice, California. “Si pudie­ras resetear tu dispositivo con un sistema operativo abierto, podrías personalizarlo tanto como quisie­ras. Eso significa que podrías hacer con el dispositivo lo que te venga en gana”, dice McMaster.

Esa noche encontró a Kondik a través de LinkedIn, y hablaron por teléfono. McMaster acaparó la mayor parte de la conversación, presentando a Kondik un plan para convertir su proyecto de código abierto en una empresa. “Yo seré CEO, tú podrías ser CTO. Conseguiré algo de dinero. Vamos”, recuerda haber dicho en esa ocasión McMaster.

Kondik invitó a McMaster a Seattle y ambos se reunieron al día siguiente en una cervecería donde chocaron el gran entusiasmo de McMaster y la cautela de Kondik.

“Yo era muy escéptico al prin­cipio”, dice Kondik. Sin embargo, en menos de 48 horas la pareja había acordado formar un equipo, y Cyanogen, el proyecto de código abierto, engendró Cyanogen, la compañía. Aunque algunos vete­ranos miembros de la comunidad de Cyanogen se lamentaron por la idea de convertir el proyecto en algo corporativo, McMaster los tranquilizó explicando el potencial del proyecto.

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La evolución

Cyanogen ha pasado de ser un kit de juegos para aficionados a incorporar su OS en smartphones queda claro en el interior del Toyo­ta Prius que Joseph Reid conduce por San Francisco.

Al igual que muchos otros con­ductores del servicio de chofer pri­vado Lyft, Reid obtiene sus clientes y las indicaciones de cómo llevarlos a través de un smartphone montado en su tablero de instrumentos. El suyo es uno que llama la atención: delgado y elegante, con una llama­tiva pantalla de 5.5 pulgadas. Es un OnePlus One, de fabricación china, un teléfono Cyanogen lanzado el año pasado que el blog especiali­zado en tecnología Gizmodo llamó un “smartphone increíblemente fantástico”.

El dispositivo supera a muchos de sus competidores, incluyendo, en diversas pruebas, al iPhone 6. Su precio comienza en 300 dólares, sin subsidio. El Google Nexus 6, que cuenta con especificaciones simila­res y se considera la parte superior de la línea Android, cuesta el doble.

El OnePlus One es el segundo teléfono Cyanogen de Reid. Él se enganchó con el software hace un año después de comprar un Samsung Galaxy S4. A Reid no le importaban las apps que Samsung y Sprint habían puesto en él, y la experiencia en general no cumplió sus expectativas, así que le instaló Cyanogen.

“Las personas se sorprendían de cuán rápido era”, dice. El OnePlus One es aún más rápido. Hasta aho­ra, la compañía ha vendido cerca de un millón de ellos.

McMaster y su equipo están ocupados cortejando a otros fabri­cantes de teléfonos. El año pasado, Micromax, el líder del mercado en la India, comenzó a vender telé­fonos Cyanogen bajo su marca de gama alta Yu. (El acuerdo, que hizo de Micromax el vendedor exclusivo de Cyanogen en la India, motivó el divorcio definitivo entre Cyanogen y OnePlus, que ahora desarrolla su propio sistema operativo).

La compañía ha lanzado los telé­fonos en lotes a través de su tienda en línea, mismos que se agotan en cuestión de segundos.

“La gente lo está recibiendo excelentemente bien”, dice Rahul Sharma, director general de Micro­max. “Cada semana aumentamos la producción.”

Sharma dice que eligió a Cyano­gen para satisfacer la demanda de sus clientes de teléfonos persona­lizables. En muchos sentidos, Mi­cromax está siguiendo los pasos de Xiaomi, el gigante chino de 46,000 mdd, que construyó una marca po­pular y un público fiel creando telé­fonos altamente personalizables.

Pero en lugar de contratar a un ejército de programadores para de­sarrollar el software, como lo hizo Xiaomi, Micromax ha subcontrata­do a Cyanogen.

Otras marcas en los merca­dos emergentes seguramente se subirán al mismo tren, dice Horace Dediu, de Asymco, un influyente analista de la industria. “Cyanogen es ahora un facilitador para los próximos Xiaomis.”

Aun así, es poco probable que sean muchos. En marzo, Alcatel, el séptimo fabricante de teléfonos móviles del mundo, dijo que llevará a EU el Hero 2+, su teléfono de 6 pulgadas que corre Cyanogen, a sólo 299 dólares. Mientras, la potencia de los procesadores móviles Qualcomm dijo que in­cluirá a Cyanogen en su “diseño de referencia”, una especie de plantilla técnica que los fabricantes de teléfonos más pequeños en todo el mundo usan para crear dispositivos con sus propias marcas.

La primera expresión verdadera de la visión de McMaster saldrá a finales de este año en un teléfono fabricado por Blu. La compañía con sede en Miami se ha convertido en uno de los fabricantes de teléfonos más populares en América Latina; sus teléfonos se venden en EU a través de Walmart y Best Buy, y es­tán entre los teléfonos desbloquea­dos más vendidos en Amazon.

Blu dice que lanzará el primer teléfono con Cyanogen sin apps móviles de Google. Aunque Samuel Ohev-Zion, ceo de Blu, dice que aún no están resueltos todos los detalles, él imagina un teléfono que usará la tienda de apps de Amazon, el navegador web Opera, los mapas HERE de Nokia, Dropbox y Micro­soft OneDrive para el almacena­miento en la nube y Spotify para la música. También tendría Bing para la búsqueda y Microsoft Cortana como un reemplazo para el asisten­te de voz de Google. “Cuando estas otras aplicaciones están profunda­mente integradas en el teléfono, la mayoría de las veces se desempe­ñan mejor que las apps de Google”, dice Ohev-Zion.

Teléfonos como estos son con los que Cyanogen hará su dinero de verdad. Actualmente, la empresa obtiene ingresos mínimos ven­diendo “temas” que los usuarios pueden aplicar para personalizar el look and feel de sus teléfonos. (En la actualidad, depende de Google Play Store para la facturación, pero con el tiempo planea construir su propia tienda).

La oportunidad más grande surgirá de acuerdos para compartir ingresos con los desarrolladores de aplicaciones que integren sus servicios profundamente en los teléfonos basados en Cyanogen. En algunos casos, la empresa comparti­rá los ingresos de esos acuerdos con fabricantes de teléfonos que están luchando con estrechos márgenes de ganancias. “Les daremos ingre­sos durante la vida útil del teléfo­no”, dice Natarajan.

A pesar del tono beligerante de McMaster, Cyanogen puede tener éxito sin hacer daño real a Google, que no quiso hacer comentarios para este artículo. Durante una entrevista en el escenario en el Mo­bile World Congress en Barcelona, Sundar Pichai, jefe de producto de la compañía y líder de Android, dijo que no está seguro de cuál es el verdadero atractivo de Cyanogen.

Lo más probable es que el éxito de Cyanogen equivaldría a la pér­dida de una enorme oportunidad para Android y la oportunidad de colocarse entre Apple todos los demás niveles, lo que complica las perspectivas de Google en un mo­mento en que los inversionistas es­tán preocupados de que la empresa nunca pueda hacer tanto dinero en móvil como lo hizo en el escritorio. Aun así, incluso algunos aliados de Cyanogen no son fans de las decla­raciones en contra de Google.

“Kirt es agresivo y muy bravu­cón, y no creo que la compañía existiera sin ellos”, dice Sandesh Patnam, de PremjiInvest. “Me gus­taría que no los hubiera provocado tanto y tan fuerte”. Dicho esto, las abiertas agresiones de McMaster en contra de Google pueden tener beneficios adicionales más allá de acaparar los titulares: Hacen a Cyanogen suficientemente visible como para que Google, que opera bajo el resplandor de los regula­dores antimonopolio, piense dos veces antes de hacer algo que pudiera interpretarse como el debilitamiento de un rival poten­cial. Es también lo que alimenta a McMaster. “Como con cualquier gran mito, se necesita un enemigo común”, dice. “En este momento, ese enemigo común es Google”.

 

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