Por Nora Méndez*

 

El reconocimiento de que el capitalismo, tal como lo hemos conocido durante el siglo XX y lo que va del XXI, no ha dado los resultados esperados y ha acrecentado los niveles de desigualdad en la mayor parte del mundo, ha ido ganando terreno.

Frente a esto, distintos organismos financieros y de cooperación internacional han aceptado crecientemente la necesidad de impulsar iniciativas orientadas a cerrar brechas sociales que incorporen la participación de todos los sectores: público, social y privado.

El establecimiento de la red del Pacto Mundial en torno a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) es quizá el ejemplo más claro de esta búsqueda por incorporar de lleno a nuevos actores en el cumplimiento de las metas compartidas y determinadas para el 2030.

Sin embargo, es de destacarse el hecho de que esta idea haya llegado hace unos días incluso al Foro Económico Mundial de Davos, que convoca a líderes económicos y políticos de todo el mundo, y que ha sido criticado por muchos al considerarlo como un espacio de élites, alejado de la realidad de la mayoría.

Si bien es cierto que ya desde los años setenta su fundador, Klaus Schwab, había desarrollado el concepto de stakeholders capitalism, donde expone la necesidad de dirigir la atención de las empresas privadas no sólo hacia los intereses de los accionistas, sino de las diferentes partes involucradas (colaboradores, proveedores, clientes…), es hasta ahora que se publica el nuevo Manifiesto de Davos, que asume con mucha mayor contundencia el papel fundamental del sector privado en el desarrollo de los países y la conservación del planeta.

Al leer este nuevo Manifiesto, publicado en el 50º aniversario del Foro Económico Mundial y que propugna justamente por ese capitalismo de partes interesadas, uno no puede evitar evocar los principios impulsados por el Sistema B, pues introduce compromisos explícitos de trabajo conjunto con los diferentes stakeholders en la creación de valor compartido y sostenible, luchando por el establecimiento de parámetros que permitan medirlo, a la par de las métricas tradicionales de las organizaciones.

Por supuesto, afirma, es justo que los accionistas reciban una retribución adecuada a su inversión y los riesgos que corren, pero no puede ser ya el único objetivo que persiga la compañía, que debe comprometerse también a pagar un porcentaje justo de impuestos y a competir en igualdad de condiciones.

Asimismo, se reconoce la necesidad de comprometerse con un respeto irrestricto a los derechos humanos a lo largo de sus cadenas de suministro mundiales, tolerancia cero a la corrupción, así como su decidida participación en la resolución de problemas como la desigualdad y el cambio climático.

Así, aún sin mencionarlos de manera explícita, desde el mismo Manifiesto de Davos se retoman los ODS y se reafirma la propuesta de que las firmas deben asumir un papel mucho más relevante en la atención de los problemas sociales y ambientales, reconociendo el impacto de su actuar y asumiendo su parte, desde su propia cadena de valor.

Esto marca un punto de quiebre, pues se alinea con aquellas corrientes que conminan a las corporaciones a ir mucho más allá de una óptica tradicional de filantropía o de responsabilidad social —en la que sus intervenciones podían correr en paralelo al core de la asociación—, para desarrollar nuevas propuestas, aventurándose en el ámbito de la innovación social.  Solo así, y en corresponsabilidad con los sectores público y social, será posible diseñar soluciones a los enormes y complejos problemas que enfrentamos.

Una empresa –afirma el nuevo Manifiesto de Davos– es algo más que una unidad económica generadora de riqueza. Atiende a las aspiraciones humanas y sociales en el marco del sistema social en su conjunto. El rendimiento no debe medirse tan solo como los beneficios de los accionistas, sino también en relación con el cumplimiento de los objetivos ambientales y sociales”.

Sería muy inocente pensar que un mero manifiesto pudiera producir mágicamente esa forma de organización económica y social más justa e incluyente a la que aspiramos, pero sí es al menos esperanzador pensar que, hasta las alturas de los Alpes suizos, ha calado ya la inquietud por trabajar en ello.

 

Contacto: 

 

Nora Méndez es directora de la Fundación Aliat

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

 

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