Crónica de una charla con el luchador ‘El Satánico’, cuya personalidad no resultó ser tan temible.

 

Era un día bastante soleado, no recuerdo con exactitud la fecha, pero sí el miedo que tenía porque en mi cabeza resonaban las recomendaciones de mis amigos: “No, no vayas sola, esa zona es bastante peligrosa”. “Por no dejarse arrebatar la bolsa, mataron a una señora”… Por un momento temí que por conseguir esa entrevista me fueran a robar más de los 150 pesos que me iban a pagar en la revista para la que colaboraba en aquel momento.

Salí del Metro Allende y eché a andar por las calles equivocadas, con el miedo de que me robaran la cámara y la grabadora que me habían prestado en lo que lograba ahorrar para mis propias herramientas de trabajo. Llegué al inmueble de Perú 77, de la Arena Coliseo. La cortina de metal estaba levantada, pero unas vallas improvisadas me impedían el paso al ring.

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Toqué fuerte, muy fuerte, hasta que uno de los empleados de seguridad salió y, con mirada arrogante, dijo: “¿Qué quiere?”. Respondí: “Vengo a ver a El Satánico, acordamos una entrevista aquí”. Me dio la espalda y, después de unos minutos, volvió: “¡Qué le pase, señorita!”. Bajé una ligera rampa, hasta casi llegar al ring. Allí me esperaba el hombre más odiado durante muchos años en la lucha libre mexicana: Daniel López, El Satánico.

Su frente estaba ya bastante lastimada: cicatriz sobre cicatriz, ocultando el sufrimiento, las alegrías, el dolor y la gloria de ser luchador. Ya de cerca no se veía tan malo; es más, me dio mucha confianza.

No me atreví a iniciar la charla con una serie de adulaciones; siempre he estado en contra de que un periodista se gane un lugar por actos meramente protocolarios, como hablar bien de algo que no le gusta o pensar que por decirle a alguien que eres su fan, el trabajo quedará mejor de lo que realmente puedes hacer. Así que solamente le di la mano, correspondí a su sonrisa y le expliqué: “Estoy comenzando como periodista, de hecho, quisiera proponer esta entrevista para las páginas centrales de la revista en la que colaboro, pero no sé si sea posible, así que no quiero prometerle nada y…” Me interrumpió: “No te preocupes, mi´ja, yo entiendo que cuesta ganarse el pan. Tú dime qué quieres saber y yo te digo”.

Fue así que comenzó a contarme anécdotas sobre sus primeros años como luchador; un luchador en todos los sentidos: “Recuerdo que varias veces no tenía ni para comer. Una vez andaba en Garibaldi con la cabeza abajo, y no porque anduviera borracho, sino porque estaba buscando una moneda para completar un plato de comida. Estas experiencias me ayudaron a no perder el suelo cuando estaba en la lucha estrella, y parte de eso se lo debo a mi amigo el Güero Rangel, quien una vez me dijo: ‘Antes de ser estrella, comías frijolitos, ¿no? Ahora comes pollito y carnita, ¿no? ¿Quieres seguir comiendo eso? Pues entonces, no te fíes porque puedes perderlo todo más rápido de lo que lo ganaste’”.

Además de eso, El Satánico tuvo que dormir muchas veces debajo de un ring porque la paga de las luchas preliminares era muy poca o simplemente no existía. El dolor y el sufrimiento se hicieron fuerza, y después se convirtieron en fama.

Saqué de mi famosa mochila roja un cuaderno con una guía de las preguntas básicas que había contemplado realizarle, la seguí al pie de la letra hasta que la misma entrevista me llevó de la mano a conocer una faceta del luchador que muy pocos sabían.

“Esto que te voy a contar nunca antes lo había dicho: yo quise estudiar más allá de la secundaria, entonces mi tía le dijo a mi mamá que me mandara con ella para ayudarle en el negocio. Mi tía tenía un negocio en una tienda de modas y ahí comencé como mozo: barría, limpiaba, atendía a las quinceañeras y bordaba los vestidos y terminé como gerente. Ahora te cuento esto, y con orgullo, porque ya no me afectan los comentarios que puedan surgir de ello: nunca falta el que te hace burla y dice que eres ‘del otro bando’ por saber bordar o realizar actividades socialmente atribuidas a las mujeres, o también llegas a escuchar comentarios de los que creen que cuentas lo que te costó llegar a ser una estrella para causar lástima o esas cosas.”

Su sueño de ser luchador comenzó desde que era pequeño y asistió a una función en la cual piensa que El Santo estrechó su mano entre la multitud. Su mote proviene de la película James Bond, el agente 007, contra el satánico doctor No. Su debut por poco fue su despedida: acostumbrado a la lucha grecorromana, casi rompe el brazo del Saeta Negro. La máscara la perdió en 1974, mismo año en el que debutó contra Black Killer. El diseño de su atuendo fue boceto y bordado propio.

A fin de cuentas llegué, de nuevo, al metro Allende. Me fui a casa y redacté mi entrevista. Al paso de dos días, la llevé a la revista y me prometieron las páginas centrales. Cuando llegó la semana compré un ejemplar y me di cuenta que no apareció allí, sino como segunda entrevista relevante; las páginas centrales fueron para otra personalidad, donde la pregunta de oro fue: “¿Cómo cuidas tu figura?”.

No pasó nada, sólo un poco de tristeza. Me quedé con la enorme satisfacción de haber platicado con el hombre al que muchos temían, pero que conmigo fue toda bondad.

 

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