Gutenberg le dio acceso a la gente de escasos recursos a memorias semi-permanentes por un costo accesible, y así inició la época de culturización editorial.

 

 

Hace unos 500 años, antes de que Johannes Gutenberg inventara la imprenta y popularizara los textos impresos, tener libros era un lujo reservado a la clase alta de la sociedad, ya que la única forma de producirlos era escribiendo cada copia a mano, un proceso lento y caro que sólo podía producir unas cuantas copias al año de textos selectos.

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La gente pobre no tenía acceso a libros impresos, y por lo mismo era raro que nunca aprendieran a leer; sólo tenían la opción de aprenderse las cosas de memoria y pasarlas a su familia y conocidos por medio de la tradición oral. En este proceso, las historias cambiaban y se reinventaban mientras la gente las contaba, de generación en generación y de lugar en lugar. Con la imprenta, Gutenberg le dio acceso a la gente de escasos recursos a memorias semi-permanentes por un costo accesible, y así inició la época de culturización editorial en que los libros son los cuidadores y custodios del conocimiento y de la memoria colectiva de la humanidad hasta nuestros días.

En el siglo XXI vivimos en un mundo conectado con más de 1,000 millones de computadoras y un número creciente de dispositivos móviles con conexión a Internet. Estamos experimentando un abandono de los libros impresos, porque si bien aún son un vehículo de cultura y conocimiento, el mundo cambia y avanza más rápido que los libros. El papel es bueno, pero ya no es suficiente en un mundo en el que producimos tanta información en dos días como lo hacíamos antes en 2,000 años.

Esta situación ha hecho que en los últimos años, folkloristas, historiadores, literatos y antropólogos comenzaran a estudiar una nueva tendencia en que las personas ya no se educan usando libros, sino que recurren, como antes de la imprenta, a la voz de su comunidad y la promoción de boca en boca a través de las redes sociales. A este fenómeno le llaman el “paréntesis de Gutenberg”, que fue abierto con la creación de la imprenta y que en las primeras décadas del siglo XXI parece empezar a cerrarse dejando atrás la época de la producción editorial y borrando la línea entre escritor y lector, poniendo la creación cultural en manos de todo el mundo, literalmente.

El cierre del paréntesis de la industria editorial del papel viene de la mano con una enorme resistencia por parte de las personas que viven de ella y que no han sabido adaptarse a las nuevas dinámicas de creación, distribución y venta. Las bibliotecas son una de las principales víctimas de este fenómeno, pero ése es un tema para otro día.

Los libros impresos ya no tienen el monopolio del entretenimiento o la educación; es posible encontrar contenido útil e interesante en todas partes, incluyendo en nuestras conversaciones en redes sociales. La imprenta ha muerto, ¡viva la imprenta!

 

 

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