Al igual que en Ant-Man, en Pixeles la trama entiende la ridiculez de alienígenas tomando forma de videojuegos para dominar el planeta. Buscar errores de lógica o disciplina narrativa sería exigirle a la película algo que no es.

Son tiempos de mallas y grandes hazañas. Alienígenas con un martillos salvan la galaxia y super humanos evitan que ciudades caigan del cielo. Pareciera no haber lugar para el hombre común, ese que brinca del anonimato al heroísmo sin pedirlo ni buscarlo. Dos películas de reciente estreno buscan darle oportunidad de brillar: Ant-Man: El hombre hormiga (Ant-Man, 2015) y Pixeles (Pixels, 2015).

El universo de Marvel creció poco a poco, primero como un sueño mercantil que sonaba ambicioso, aunque poco probable, y luego se convirtió en el modelo a imitar por todos los demás estudios. El éxito se convirtió en una desventaja, al aumentar de tamaño el espacio para maniobra se reduce, hay millones de dólares en juego y planeación a futuro que no debe/puede naufragar. El castigo cae en el autor, las visiones personales no tienen lugar, el maquilador por encima del cineasta.

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Es imposible no ver Ant-Man y pensar en Edgar Wright (El desesperar de los muertos, Super policías), el auteur inglés que pasó poco más de una década desarrollando el proyecto sólo para alejarse del mismo por diferencias irreconciliables con la casa productora. En su lugar llegó un buen soldado, obediente, trabajador y genérico: Peyton Reed (¡Sí señor!, Triunfos robados). Con ese antecedente, eliminar toda predisposición hacia el producto es complicado. La sorpresa recae en la manera en que la película las rompe.

Scott Lang (Paul Rudd) es un hombre alejado de su familia, sobre todo, de su pequeña hija. Recién salió de prisión y el panorama luce complicado, ¿cómo conseguir un trabajo honrado con antecedentes penales? Sin dinero, no hay manutención, sin manutención, no hay visitas con su chiquilla. Orillado por las circunstancias, decide regresar a sus antiguos modos y ejecutar un robo en contra de un excéntrico y retirado millonario, Hank Pym (Michael Douglas). Sin embargo el anciano tiene un secreto y planea usar a Scott para detener al conflictuado CEO (Corey Stoll) de una millonaria compañía que planea vender el secreto de la miniaturización a Hydra.

A lo largo de Ant-Man el tema de la paternidad se convierte en el centro emocional de la cinta. Así Scott se ve obligado a aceptar por no fallarle a su hija; además desarrolla una relación similar con su nuevo mentor, Hank; por otra parte el millonario intenta restaurar el contacto con su propio retoño, Hope (Evangeline Lilly); y, para terminar, las motivaciones del villano se fundamentan en querer superar lo hecho por su padre putativo, de nuevo Hank, y los celos que desata la presencia de un nuevo protegido.

Reed y el equipo de guionistas (cuatro listados: Wright, Rudd, Joe Cornish y Adam Mckay) entienden que el concepto de un hombre con la capacidad de hacerse pequeño, golpear como bala y que se entiende con las hormigas es ridículo por ello nunca intentan abordarlo seriamente. Todas las acciones de la cinta están imbuidas por un humor casi absurdo, desde la forma en que un latino (excelente Michael Peña como alivio cómico) cuenta cómo le llegó un chisme, hasta la pelea cumbre con juguetes y un tren miniatura como magno escenario. Incluso se dan tiempo de experimentar un poco cuando el universo se encoge poco a poco, recordando el clásico El increíble hombre menguante (The Incredible Shrinking Man, 1957) o la estética experimental  de las visiones de El hombre con los ojos de rayos x (X, 1963).

Ant-Man/Scott no es un héroe bendecido por los dioses, portador de grandes poderes mutantes o con millones de dólares en el banco y una compañía a su nombre. No, es un tipo deseoso de ser el mejor padre para su hija, es como cualquiera.

Siguiendo la línea de la comicidad que poco se toma en serio y del hombre común enfrentado al destino del mundo, Pixeles propone una comedia ligera con grandes dosis de nostalgia. Uno de los tópicos recurrentes en la filmografía de Adam Sandler es el del niño/adolescente que vivió el mejor momento de su existencia en dicha época y gasta sus días lamentando no poder revivirlo. Es un pobre diablo que mira al pasado con permanente añoranza (su otro tema favorito es el del imbécil que nunca madura, pero ese es asunto de otro texto) y recibe la oportunidad de redimirse.

En esta ocasión el protagonista es Brenner, quien siendo un infante descubrió tener un talento especial cuando se trataba de jugar en las maquinitas. Sin embargo su derrota en las finales del campeonato mundial de la especialidad lo dejaron resentido y temeroso de alcanzar su potencial, como adulto vive soñando con glorias pasadas e instalando equipo de audio. Es un verdadero fracaso. Pero una invasión extraterrestre lo cambiará todo, los conquistadores han tomado la forma y métodos de los videojuegos más populares de los 80, quedará en las manos de unos pocos salvar al mundo.

Los trabajos más recientes de Sandler habían fallado en encontrar apoyo entre el público y la crítica, antes contaba con audiencia así que poco importaba la segunda. No hay necesidad de ser adivino para encontrar las razones de dicho alejamiento: fórmulas repetitivas y genéricas sumadas a un lógico desgaste después de tantos años en la cima cobrando por chistes de pedos. Pixeles se beneficia de reducir las flatulencias al mínimo junto a la efectiva mano de Chris Columbus, quien sabe un poco sobre llevar a buen puerto comedias familiares (Mi pobre angelito, Los Goonies, Papá por siempre).

Al igual que Ant-Man la trama entiende la ridiculez de alienígenas tomando forma de videojuegos para dominar el planeta. Buscar errores de lógica o disciplina narrativa sería exigirle a la película algo que no es.
El hombre común salva a la Tierra… al menos este fin de semana.

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