Invocar a al Benemérito de las Américas en su frase más conocida es un lugar tan común que ya hemos dejado de apreciar la profundidad de expresar con sinceridad que “el respeto al derecho ajeno es la paz”. Por eso, cuando surgen cuestiones que rayan entre los límites de la libertad y la provocación, se me pone la piel de gallina y me da por mover la cabeza de un lado para el otro.

Me parece que hay conductas que por más ambiguas que parezcan, basta revisar y echarnos un clavado al fondo de nuestra conciencia para encontrar las respuestas correctas, tal como lo aconsejaba Aristóteles. Hay terrenos que uno no debe pisar porque son sagrados. El que traspasa esa frontera, sabe que está en terrenos peligrosos. Sin embargo, muchos de los que ven el letrero que dice: no pasar, empujan la puerta con alegría. Luego, lloran porque un perro las mordió. Es el eterno juego infantil de quien lanza una piedra y esconde la mano. Sabemos que al pisar suelo jabonoso corremos el riesgo de resbalarnos. Cada uno debe justipreciar el riesgo de caer y las consecuencias de la caída: unos conseguirán un golpazo, otros se romperán el fémur; los peores son los que quieren echarle la culpa a alguien más, los que demandan al lavador del piso y le quieren endilgar la culpa de la consecuencia de sus actos.

Con flores a María es un cuadro de la pintora Charo Corrales que formaba parte de la exposición Maculadas sin remedio que se expone en la ciudad de Córdoba en Andalucía. La imagen presenta a la autora tocándose la entrepierna. Sin embargo, es una clara intervención a la pintura de Murillo La Inmaculada Concepción de Aranjuez que representa a la Virgen María en su asunción al cielo. Por supuesto, Charo Corrales entiende que la importancia de la figura religiosa y la utiliza para su propia creación. Los elementos del cuadro de Murillo que aparecen en el de Corrales son los ángeles a los pies del personaje central, el manto azul, la cabellera, la túnica que le cubre los hombros, la corona de flores en la cabeza. Las diferencias son la cara del personaje, es la autora que fija la mirada al cielo con la clara intención de causar una impresión estética en el que observa el cuadro. Y, la causó. El cuadro que se exponía en la diputación de Córdoba apareció con una rajadura que cruza casi todo el lienzo.

Evidentemente, por un lado salen los defensores del arte y de las libertades de expresión a calificar de beligerante el acto de destrucción, se rasgan las vestiduras al hablar de intolerancia y las condenas por el atentado se dejan escuchar. Eso es cierto y válido. Sin embargo, el otro lado de la moneda, el que sostiene que la exposición ofende el sentimiento religioso de los católicos, es igual de válido. Puedo entender la desesperación de la autora al ver su cuadro destruido, sin embargo, lo que no entiendo es la intención de hacerse pasar por una inocente palomita que dice: no es una burla a la Virgen María, no es la Inmaculada tocándose, soy yo.

Las razones que se esgriman no justifican la destrucción de una pintura, no obstante, los terrenos al respeto de las creencias de las personas y de lo que consideran sagrado debiera tomarse en cuenta y cuidarse. Si yo lanzo un ladrillo contra una vitrina, claramente sé que voy a romper un vidrio. Puede ser que el dueño de lo que rompí salga con un tono atento y me pida civilizadamente que repare el daño y no lo vuelva a hacer —poco probable, pero en alguna medida factible— y puede ser que el hombre salga furioso y me tunda a garrotazos —queda claro que las posibilidades de la segunda opción son más altas—, ¿es válido que me muelan a golpes? No, desde luego. Pero no se puede desestimar que hubo una afectación que provoqué.

El altercado me lleva a reflexionar sobre la pregunta que plantean las creadoras que también exponen en esta muestra: ¿Qué sociedad estamos creando para que esto pase? La pregunta es pertinente en más sentidos de lo que ellas mismas pretenden. En la muestra, se exponen textos que simulan una oración a la Virgen, pero con insultos. Me pregunto si ellas vieran que un grupo de católicos o musulmanes o budistas hicieran lo mismo con su manifiesto creativo. Estoy segura de que no les gustaría. Me gustaría contestarles que estamos creando una sociedad de respeto y queda evidencia de que no es así, por todas las perspectivas que se consideren.

El gran cuestionamiento que aflora es en torno a los límites de la libertad de expresión. Por supuesto que el cauce que se debe dar a los dictados de las musas debe contar con autonomía. La censura es abominable. La inspiración no debe usar bozal. Aunque, no sé si la prudencia es una mordaza para la belleza. Lo que molesta es la estridencia de esos grupos —de cualquier bando al que pertenezcan— que se enrollan en la bandera de la verdad, que se creen los dueños de la razón y se avientan del quicio de la banqueta.

No podemos llamarnos inocentes. Claramente, el que provoca, sabe lo que está haciendo. De hecho, está buscando una reacción y no puede sorprenderse al lograr su cometido. El arte es sinónimo de capacidad, habilidad, talento, experiencia. Más comúnmente se suele considerar al arte como una actividad creadora del ser humano, por la cual produce una serie de objetos que son singulares, y cuya finalidad es principalmente estética. Aristóteles asumió la idea de arte de la que se servían los griegos de modo intuitivo, pero estableció una definición, convirtiéndola en verdadero concepto. Para Aristóteles el arte es una actividad humana que reside en el proceso de producción, los productos del arte pueden ser o no ser. Luego entonces, cada arte es una producción, pero no cada producción es un arte. Hace hincapié en su factor intelectual, en los conocimientos indispensables para crear una obra, porque no hay arte sin reglas generales.

Por esta razón, para Aristóteles, no importan los objetos particulares que el artista imita, sino el nuevo conjunto que con ellos crea. Ese conjunto no se evalúa comparándolo con la realidad, sino tomando en cuenta su estructura interna y su resultado. Si dibujamos un arco entre la obra de Murillo y la pintura de Corrales, los resultados nos llevan a justipreciar cada uno de los cuadros. Me refiero a que, si como dijo Aristóteles: El arte es capaz y digno de ocupar el ocio y ofrecer felicidad, uno lo logró y el otro no. Es bello lo que es valioso por sí mismo y a la vez nos agrada, lo que es apreciado por sí mismo.

En esta condición no hay belleza en el insulto, no hay placer estético en la burla: hay provocación. Pero, para los que crean que la versión aristotélica de la belleza está pasada de moda, les dejo la frase obtenida de una intervención urbana anónima: El arte no se crea, se participa. Si esto es así, la rasgadura que sufrió este cuadro es una participación, por lo tanto, un acto artístico del que la propia autora debiera sentirse complacida: logró llegar al culmen de su intención estética.

O, recuperando a Mikel Iriondo, en torno a la estética de la provocación: El esfuerzo provocador queda anulado por la desproporción existente entre el exasperado histrionismo de su pequeño espectáculo sinestésico y la fría rasgadura que quedó sobre el lienzo. La realidad, exhiben con impudicia, que sabemos, trivializa y desarma los esfuerzos bienintencionados de representar el horror y llamar al escándalo y la solidaridad moral; la ficción propia de las propuestas artísticas queda anegada en el horror de una realidad que supera cualquier representación por provocadora que sea.

 

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