Por Diego Echegoyen Rivera*

Variedad de puntos de vista aparte, observamos en la vertiginosa actualidad que se hizo fácil poner la verdad en duda. Desde las declaraciones de “hechos alternativos” hasta la práctica de las fake news, la manera de exteriorizar la opinión o informar sobre un determinado punto de vista, ya no se busca develar la realidad de los hechos, sino defender una versión a cualquier costo.

Siempre ha existido una fuerza compuesta por la avanzada intelectual que ha tenido el privilegio para escribir y leer la historia; además de acceder a los círculos de poder y decisión, esta fuerza pudo haber transformado la percepción de la realidad de cada época. Siempre hubo una realidad aplastante, con poca interconexión digital pero mucha rigurosidad; hubo pocos medios de comunicación, pero menos versiones digitales tergiversadas de la realidad.

Existen diversos intereses opacos y grupos sin nombre que son determinantes para deformar la opinión pública; grupos poco intelectuales, pero con suficiente técnica gestionan la desinformación y manejan los flujos de comunicación, desinformación y contra-comunicación. Construyen campañas, crean candidatos y sostienen tendencias con la misma espontaneidad que funciona el humor de las redes sociales. Los hechos han sido reducidos a “opiniones” y se ha aumentado el poder del rumor como arma mediática y política.

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La posverdad encuentra cabida en la versatilidad confusa de la red. Su brevedad depende de qué tan emotiva sea la mentira que enarbola. Esta moda se expande rápidamente, tan ligera conforme la distorsión deliberada aumenta; la brecha entre ficción y realidad se desvanece. Desde la destrucción de un personaje hasta la creación de los bulos sociales: todo cabe en el obscuro objetivo de moldear la opinión pública para objetivos particulares.

La defensa de un objetivo en particular nunca fue ilegítima, pero las nuevas formas distorsionan la verdad apelando al sesgo, a los prejuicios personales y a las emociones. El discurso político pasó del uso de los eufemismos a la práctica descarada de la “reconstrucción de la verdad” como el peligroso inicio para defender la mentira.

Por supuesto que la manipulación colectiva es resultado de la fuerza con la que actúa la desinformación, pero en esencia su origen es el poco espíritu crítico que impregna en nuestra sociedad. Una sociedad de personas hiperconectadas y al parecer muy informadas, como nunca antes en la historia. Hay una aceptación generalizada del suave esfuerzo por aprender, por informarse y por hacer uso de la revolución digital para una tarea productiva: estimular el conocimiento. Antes era la falta de lectura, ahora es la falta de reflexión de los hechos lo que determina el analfabetismo.

Si revisamos el relato político de la actualidad, es muy valorado sostener un argumento con la suficiente fuerza para que sea creíble y contundente; sustentar una postura con hechos se volvió secundario. Esta crisis monumental no es cuestión de retórica o de técnica discursiva, sino de la importancia que ahora le damos a las formas sobre el fondo.

El descontento popular y la opinión pública son usados a favor de causas que esconden las verdaderas motivaciones; las instituciones, la democracia, pero sobre todo la veracidad está perdiendo validez. La posverdad no es cuestión de construcción de una percepción paralela, en realidad se trata de la destrucción de los bastiones que sostuvieron siempre el papel social del hombre y su repercusión en el tejido social: huir del oscurantismo y llegar hacia la verdad.

Esta abrumadora realidad está creando condiciones en las cuales la prensa deberá transitar por una época de veracidad e imparcialidad versus aceptación popular, en donde los políticos deberán escoger entre principios y votos, en donde las personas debemos adivinar las diferencias casi imperceptibles de una verdad frente a una mentira.

*Consultor en Asuntos Públicos y Comunicación Política.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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