Aunque para muchos soñar sea una pérdida de tiempo, en realidad, si no hacemos caso a esa imaginación estamos dañando nuestra capacidad creativa e innovadora. Deja entrar la imaginación en tu vida cotidiana.

 

 

Dicen que soñar despierto es una actividad reservada para las mentes románticas y que nos aleja del mundo pragmático. Para muchos es una pérdida de tiempo y como sabemos que el tiempo es oro, no lo debemos perder ni mucho menos desperdiciar. Tal vez por eso no nos permitimos darle vuelo a la imaginación y reprimimos esa actividad que obnubila la mente. Si nos descubrimos en un viaje al universo de los sueños, rápidamente nos alejamos de ahí y nos precipitamos al mundo de lo real y concreto. Es posible que esa sea la razón por la cual no ponemos atención a esos mundos imaginarios. ¿Qué pasaría si pusiéramos atención?

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De la misma forma en la que un niño anhelante mira los juguetes desde la vitrina y por medio de la fantasía se ve interactuando con el carrito o la muñeca, los adultos podríamos emprender el vuelo y dejar la mente suelta para ver a dónde nos lleva. Es una especie de ejercicio que nos revela cuáles son las grandes esperanzas y posibilidades que nos gustaría alcanzar. Si ponemos atención es posible que en ese viaje fantástico se descubran caminos para llegar a soluciones concretas.

Esto que suena tan fantasioso, rayano en lo infantil, ha sido fuente de estudio en la Universidad de Stanford, específicamente por la profesora Tina Seeling, quien afirma que hemos estado tan acostumbrados a inhibir los procesos creativos de la mente que anulamos posibilidades reales y concretas que emanan de la imaginación.

El reto de la creatividad y la innovación reside en encontrar el conocimiento, las actitudes, desempeños y habilidades para resolver grandes problemas a partir del mejor recurso renovable y que está al alcance de cualquiera: la imaginación.

Cuando somos niños accedemos de forma natural al mundo de la imaginación en un intento por entender al mundo que nos rodea. Con un gran sentido de curiosidad jugamos y resolvemos los acertijos que nos plantea el entorno ayudados por la fantasía. Así, tiramos objetos de diferentes dimensiones para ver si caen al suelo al mismo tiempo, lanzamos pelotas para ver como suenan cuando se impactan con el muro, tocamos las superficies para verificar las texturas y combinamos de forma aleatoria diferentes ingredientes para comprobar a lo que saben esas mezclas ingeniosas. Inventamos juegos en los que vivimos en otros planetas con nuestros amigos o en los que conquistamos fronteras o avanzamos en territorios novedosos. Confiábamos en nuestros talentos creativos y nos animaban esos juegos. Nos divertían.

Sin embargo, al llegar a la edad adulta dejamos de lado esas valiosas herramientas y las cambiamos por la seriedad, el buen juicio, el trabajo duro y la productividad. Hacemos énfasis en nuestra capacidad de planeación y control para minimizar el riesgo que plantean los escenarios futuros y nos aseguramos de implementar los planes con las menores desviaciones posibles. Como adultos inmersos en la vida laboral, nos centramos en lo concreto y la aptitud creativa cede terreno. Aprendemos a juzgar, a valorar y a desechar nuevas ideas. Estrechamos la visión y empequeñecemos el horizonte.

Por suerte, el cerebro humano está diseñado para funcionar en forma creativa y es muy fácil desempolvar esta máquina de creatividad que tenemos alojada en el cráneo. La capacidad imaginativa es inherente al ser humano. Algunos, como los griegos, la llaman inspiración y la representan por medio de musas; otros como Shakespeare le llaman talento. Sea que las ideas provengan del Olimpo o que se enciendan en el cerebro a partir de nuestros propios recursos, la imaginación es una herramienta poderosa que debemos alentar en vez de inhibir.

La creatividad se estimula por medio de la imaginación y, aunque trae resultados fantásticos, no es un elemento mágico; existe un método para encenderla, cultivarla e intensificarla. Así como los científicos usan el sistema de prueba y error, para descubrir la forma en la que funcionan las cosas, la creatividad se recrea a partir de métodos inquisitivos: de preguntas. Las herramientas creativas, a diferencia de las científicas, ayudan a inventar, no a descubrir.

Estas herramientas están integradas al cerebro humano y las utilizamos todos los días para resolver los retos de la vida diaria. Por el uso de estos utensilios a alguien se le ocurrió doblar la hoja como marcador de lectura o los relojes despertadores o los teléfonos celulares, o los anteojos o los papalotes o los cepillos de dientes o cualquier cosa que nos hace la vida más fácil y disfrutable. Por eso a alguien se le ocurrió que sí se puede hacer un viaje de la tierra a la luna o de veinte mil leguas de viaje submarino.

El uso de estas herramientas es tan cotidiano que lo pasamos por alto. En la caja de la creatividad se encuentran el conocimiento, la experiencia y la actitud. El conocimiento es el combustible de la imaginación. La experiencia catapulta la transformación del conocimiento en ideas nuevas y la actitud es la chispa que enciende la maquinaria de la creatividad y la innovación.

Siempre hay retos que resolver y problemas que enfrentar. Siempre habrá mejoras que llevar a cabo y fronteras que traspasar. No hay nada que esté totalmente acabado. Cada nuevo reto inicia con un sueño consciente que vuela desde una situación concreta y fantasea en las posibles soluciones. El primer paso es darle oportunidad a la fantasía para que vuele y a las tendencias creativas para que maduren. Entonces, elaborando las preguntas adecuadas y en el ejercicio de la imaginación se llega a soluciones extraordinarias y concretas. Albert Einstein dijo que si tuviera que resolver el problema del mundo en una hora, pasaría 55 minutos buscando la pregunta adecuada y una vez que la hubiera encontrado, tardaría cinco  minutos en dar con la solución correcta.

La creatividad se debe ejercitar, mientras más entrenada, más eficiente será y, al igual que un músculo, si no se usa, se atrofia.  El punto central es que la creatividad no es algo en lo que se piensa, es algo que se hace, que se pone en práctica. Por ello grandes empresas trasnacionales están poniendo en marcha talleres de creatividad como parte del entrenamiento de sus ejecutivos de alta dirección.  Corporaciones del ramo financiero, farmacéutico, tecnológico impulsan a sus directores a participar en círculos de lectura y actividades artísticas. Invitan a sus directivos a convocar a las musas para despertar ese aspecto imaginativo que los puede ayudar a destrabar, en forma innovadora, problemas concretos de sus áreas de responsabilidad. Los impulsan a soñar despiertos y los entrenan a no inhibir ese proceso creativo que es un aliado estupendo.

Las nuevas tendencias administrativas sostienen que soñar despiertos nos mantiene más cerca del mundo pragmático y nos ayuda en el mundo real y concreto. Así como un niño sueña con los juguetes de la vitrina, así un ejecutivo puede diseñar hipótesis que lo lleven a alcanzar grandes soluciones que lo lleven a rentabilizar sus planes. O, tal vez, dejándose llevar por la imaginación, logre despejar la mente y encuentre caminos que de otra forma, no se le hubieran ocurrido.

 

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

 

 

 

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